La corrupción al poder

Redacción

Por Redacción

¿Es posible que sea honesto el presidente de un país tan corrupto como el nuestro? Sólo si por motivos personales o políticos no está en condiciones de tomar las medidas necesarias para que la Justicia pueda funcionar con cierta eficacia. Según parece, fue éste el caso con Fernando de la Rúa: después de todo, nadie lo ha acusado de aprovechar su posición como presidente de la República para enriquecerse. En cambio, la campaña electoral por ahora relativamente exitosa que ha emprendido Carlos Menem se basa por completo en la idea de que sus deficiencias no obstante es un dirigente plenamente capaz de conseguir resultados concretos, o sea, que de habérselo propuesto hubiera podido reducir drásticamente el nivel de corrupción en el país. Huelga decir que no lo hizo. Por el contrario, hay un consenso en el sentido de que su gestión fue extraordinariamente corrupta y, como si esto ya no fuera más que suficiente, tanto él como sus familiares y allegados más íntimos siguen siendo blanco de una serie al parecer interminable de denuncias explosivas.

La más reciente involucra a quien era su secretario general, Alberto Kohan. El financista Eduardo Piana jura que «yo le pagaba personalmente a Kohan» 30.000 dólares mensuales por prestarle el «paraguas político» que protegía a la «mafia del oro» de la Justicia. Puede que Piana haya mentido, pero no sería aventurado decir que la mayoría abrumadora de los habitantes del país consideraría factible la acusación. Asimismo, no es ningún secreto que cuando Kohan, lo mismo que tantos otros integrantes del círculo áulico del ex presidente, dejaron la función pública, poseía un patrimonio privado digno de un multimillonario. Dicho de otro modo, aunque los menemistas más encumbrados han podido cuestionar casi todos los pormenores de las denuncias que se han formulado en su contra, no les ha sido dado modificar el dato central: a fines de 1999 eran incomparablemente más ricos que diez años antes.

Sin embargo, a pesar de que Menem sea el máximo símbolo de la corrupción gubernamental en un país que, conforme a Transparencia Internacional, figura entre los más venales del planeta, muchos piensan que es el político mejor preparado para liderarlo en medio de una crisis gravísima a la que la corrupción ha hecho un aporte nada desdeñable. Es ésta la opinión no sólo de los semianalfabetos que constituyen la base del voto caudillista, sino también de muchas personas de clase media y empresarios acaudalados, todos los cuales afirman que si bien ellos personalmente son contrarios a la corrupción, creen que Menem es el único dirigente con la fortaleza anímica necesaria para impulsar los cambios que juzgan imprescindibles, o sea, que a diferencia de otros aspirantes a trasladarse a la Casa Rosada estaría más que dispuesto a romper con el resto de la clase política. Se trata de un punto de vista que debe mucho a la magia -se dice que con Menem en el poder estábamos mejor, de suerte que si regresara todo volvería a ser como lo era en los años noventa-, y por lo tanto es tan irracional como aquel de los que suponen que el riojano fue el autor exclusivo del colapso que sobrevino casi dos años después de que finalizara su mandato.

Si bien Menem sigue encabezando algunas encuestas -por dudosas que éstas sean-, sólo porque ningún precandidato ha podido merecer la aprobación de más del veinte por ciento de los consultados, aun así nos está ocasionando muchos perjuicios. Dentro del país mismo, el protagonismo de Menem, Adolfo Rodríguez Saá, Elisa Carrió y Luis Zamora ha servido para intensificar la angustia de quienes prevén que la crisis, que es fundamentalmente política, podría prolongarse muchos años más. En el exterior, los efectos han sido todavía más negativos porque hacen sospechar que en el fondo la mayoría de los argentinos se siente conforme con lo peor de las tradiciones del país y que, los gritos contrarios a «los políticos» no obstante, se ha resignado a ser gobernada ya por corruptos que, imagina, roban pero hacen, ya por excéntricos que tal vez no roben nada pero que tampoco sean capaces de hacer nada constructivo, como si le fuera imposible concebir alternativas un tanto menos deprimentes.


¿Es posible que sea honesto el presidente de un país tan corrupto como el nuestro? Sólo si por motivos personales o políticos no está en condiciones de tomar las medidas necesarias para que la Justicia pueda funcionar con cierta eficacia. Según parece, fue éste el caso con Fernando de la Rúa: después de todo, nadie lo ha acusado de aprovechar su posición como presidente de la República para enriquecerse. En cambio, la campaña electoral por ahora relativamente exitosa que ha emprendido Carlos Menem se basa por completo en la idea de que sus deficiencias no obstante es un dirigente plenamente capaz de conseguir resultados concretos, o sea, que de habérselo propuesto hubiera podido reducir drásticamente el nivel de corrupción en el país. Huelga decir que no lo hizo. Por el contrario, hay un consenso en el sentido de que su gestión fue extraordinariamente corrupta y, como si esto ya no fuera más que suficiente, tanto él como sus familiares y allegados más íntimos siguen siendo blanco de una serie al parecer interminable de denuncias explosivas.

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