La crisis municipal deja sin comida a 1.200 chicos
En Bariloche hay varios cerrados por los problemas financieros.
BARILOCHE .- Un drama casi silencioso recorre los barrios más humildes a medida que se prolonga la crisis del municipio. La cesación de pagos y la paralización administrativa no sólo se advierte en las calles sucias y los edificios tomados: también son numerosos los chicos que desde hace meses se quedaron sin asistencia alimentaria.
La municipalidad mantiene siete comedores comunitarios, que según sus responsables estuvieron cerrados desde agosto pasado prácticamente todos los días. Apenas se reactivaron un par de semanas antes de las elecciones pero luego volvieron a suspender toda actividad.
Allí comían cada mediodía unos 1.200 chicos, y también algunos ancianos y madres embarazadas. En realidad, los alimentos deben comprarse con fondos nacionales del programa Pronur, que llegan con un sensible retraso, pero en otros tiempos el municipio los suplía o complementaba con fondos propios.
La directora de Acción Social, Diana Garrafa, reconoció ayer que los comedores no están trabajando desde hace varios días y señaló que tal vez hoy haya novedades sobre un cheque pendiente del Pronur que permitiría reactivarlos. En muchos barrios la provincia está supliendo la provisión de alimentos que en algún momento acaparaba el municipio con la apertura de nuevos comedores y la ayuda a entidades intermedias y grupos religiosos que también se ocupan del tema
Son muchas las familias que padecen las necesidades más elementales sin ayuda alguna. Rubén Curín, de la Junta Vecinal del barrio Eva Perón, dijo que «el abandono del municipio creó problemas terribles» y que la gente «está muy mal, porque la mayoría no tiene trabajo». Una cocinera voluntaria del Arrayanes reconoció que muchas madres la paran por la calle y le preguntan cuando reabre el comedor. «No tengo respuestas y sé que las soluciones no van a aparecer tan fácil», confesó.
Aunque nadie lo admite abiertamente, el hambre campea a la par de la creciente desocupación. Un vecino despedido hace pocos días por una constructora, pone todas sus esperanzas en conseguir alguna changa decorosa, mientras sufre pensando cómo dará de comer mañana a sus cinco hijos chiquitos.
El también está convencido de que con el nuevo gobierno «nada va a cambiar» y con gesto desolado murmura una queja porque «pasan las elecciones y nadie se acuerda de los pobres».
Cuando la ayuda social hace agua el reflejo inmediato es el aumento en el número de niños que piden monedas en el centro. Héctor Calfín, dirigente vecinal del Arrayanes, aseguró que «al que no tiene trabajo no le queda otra que bajar a revolver tachos o a pedir en algún mercado».
Todavía, sin embargo, quedan algunas islas de solidaridad y de buena organización. Por ejemplo en el centro de madres cuidadoras del Malvinas, donde las mujeres -pese a que no cobran hace 3 meses- siguen trabajando en un horario reducido y ofrecen a los chicos un desayuno y un almuerzo con recursos que ellas reúnen mediante donaciones, rifas y venta de empanadas.
El dolor no pide permiso y se instala en cada casilla de chapas de cartón. Pero la gente, en su realismo desesperanzado, no renuncia a ciertos sueños. Como el que dejó entrever una abuela de sólo 37 años mientras acunaba a su nieto: «bueno sería que no se necesiten más comedores y que todos podamos ganar nuestra plata, como se debe».
La provincia extiende sus programas
Parte de las carencias desatendidas por la interrupción de la ayuda municipal, son paliadas por la provincia, que extendió sus programas de distribución de alimentos.
El delegado de Acción Social, Marcelo Cascón, dijo que desde su área se están repartiendo raciones para asistir diariamente a unas 3.000 personas.
En muchos barrios han aparecido nuevos centros comunitarios promovidos por la provincia, que funcionan improvisadamente en viviendas particulares donde se preparan los almuerzos. En algunos pocos casos los beneficiarios comen allí, mientras que lo más común es que concurran con un recipiente para retirar su parte.
No son pocos los vecinos que rechazan esa comida porque se trata de guisos deshidratados que contienen fuertes condimentos. También un abuelo del barrio Arrayanes se mostró incómodo porque el recinto donde reciben el almuerzo «está lleno de carteles partidarios».
En el caso de los comedores municipales, era mayor la proporción de alimentos frescos, pero el resultado del producto final también era objeto de quejas.
Una madre confió ayer que ella no quería mandar a sus hijos porque «daban siempre fideos, polenta, parecía comida para perros. Cuando había carne, o algo mejor, se lo repartían las cocineras».