La democracia echa raíces

Redacción

Por Redacción

Aunque muchos siguen insistiendo en que la decisión del entonces presidente estadounidense George W. Bush de invadir Irak a fin de eliminar la dictadura sanguinaria de Saddam Hussein fue un error estratégico mayúsculo, acaso el peor que se ha cometido a partir de la Segunda Guerra Mundial, además de una manifestación imperdonable de arrogancia imperialista, algunos que se opusieron a la guerra ya han modificado su opinión. Entre ellos está el sucesor de Bush, Barack Obama, que debió su triunfo electoral en parte a su postura pacifista. Según el vicepresidente norteamericano, Joseph Biden, la eventual consolidación de la democracia en Irak sería considerada uno de los principales logros del gobierno de Obama. El 7 de marzo pasado, el optimismo de Biden se vio reforzado por las elecciones legislativas que se celebraron en Irak, ya que a pesar de los brutales ataques de islamistas que dicen creer que la democracia es un invento occidental satánico, el 62,4% de los habilitados para votar concurrió a las urnas, desafiando así a los fanáticos que procuraban intimidarlos. Fue su forma de contestar no sólo a los violentos sino también a aquellos occidentales que, por hostilidad hacia Estados Unidos, afirman que es absurdo, cuando no criminal, tratar de “exportar” la democracia a países de mayoría árabe y musulmana por ser cuestión de una modalidad ajena a su cultura. Irónicamente, los defensores más virulentos de dicha tesis suelen ser izquierdistas que antes de la caída del Muro de Berlín aplaudían los esfuerzos por difundir su credo por medios militares sin preocuparse en absoluto por las particularidades culturales de los presuntamente beneficiados. La todavía embrionaria democracia iraquí dista de ser perfecta. Por cierto, se asemeja mucho más a las versiones practicadas en las zonas menos desarrolladas de nuestra región que a las propias de países como los escandinavos. Incluso puede señalarse que, a diferencia del régimen de Saddam, el encabezado actualmente por el primer ministro Nouri al-Maliki ha hecho muy poco por proteger a las minorías religiosas, especialmente las cristianas, de la intolerancia extrema de la mayoría musulmana tanto sunnita como chiíta. Con todo, la vigorosa campaña electoral que acaba de culminar, la multitud de candidatos representativos que participaron y el coraje evidente de los millones de ciudadanos iraquíes que están hartos de la crueldad de los violentos y entienden que hay que aprovechar el derecho a votar aunque sea peligroso hacerlo, hacen pensar que por lo menos en un país árabe la democracia, y por lo tanto la convivencia política de grupos de etnias, lenguas y tradiciones religiosas muy distintas, es posible. Además de aseverarse convencidos de que Saddam había conseguido “armas de destrucción masiva” con las que se proponía amenazar a sus vecinos y a los países occidentales, los impulsores de la invasión de Irak argüían que en vista del salvajismo de la dictadura una intervención militar se justificaría y que de todas maneras sería del interés estratégico de Estados Unidos ayudar a que hubiera una democracia en el Medio Oriente musulmán, ya que su ejemplo incidiría en la evolución de otros países como Egipto y Siria. Pues bien: no se encontraron las armas de destrucción masiva que según los servicios de inteligencia occidentales estarían en manos de Saddam y después de la invasión Irak se vio convulsionado por una ofensiva, en parte islamista y en parte saddamista, sumamente feroz, lo que dio a los críticos motivos de sobra para pronunciar la intervención un fracaso calamitoso. A pesar de los terribles costos humanos que han sufrido, son muchos los iraquíes que no comparten tal opinión. Ante la opción de resignarse a vivir bajo una tiranía despiadada y pagar un precio muy alto para liberarse de ella, ya soportando una invasión extranjera, ya enfrentando los horrores que con toda seguridad hubiera supuesto una guerra civil de desenlace incierto que bien podría haber dado pie a una nueva dictadura de signo diferente, entienden que fue ingenuo por parte de los norteamericanos y sus aliados suponer que, una vez caído Saddam, su país se transformaría en seguida en una democracia pacífica, pero que así y todo el sistema que está articulándose es mejor que cualquier alternativa.


Aunque muchos siguen insistiendo en que la decisión del entonces presidente estadounidense George W. Bush de invadir Irak a fin de eliminar la dictadura sanguinaria de Saddam Hussein fue un error estratégico mayúsculo, acaso el peor que se ha cometido a partir de la Segunda Guerra Mundial, además de una manifestación imperdonable de arrogancia imperialista, algunos que se opusieron a la guerra ya han modificado su opinión. Entre ellos está el sucesor de Bush, Barack Obama, que debió su triunfo electoral en parte a su postura pacifista. Según el vicepresidente norteamericano, Joseph Biden, la eventual consolidación de la democracia en Irak sería considerada uno de los principales logros del gobierno de Obama. El 7 de marzo pasado, el optimismo de Biden se vio reforzado por las elecciones legislativas que se celebraron en Irak, ya que a pesar de los brutales ataques de islamistas que dicen creer que la democracia es un invento occidental satánico, el 62,4% de los habilitados para votar concurrió a las urnas, desafiando así a los fanáticos que procuraban intimidarlos. Fue su forma de contestar no sólo a los violentos sino también a aquellos occidentales que, por hostilidad hacia Estados Unidos, afirman que es absurdo, cuando no criminal, tratar de “exportar” la democracia a países de mayoría árabe y musulmana por ser cuestión de una modalidad ajena a su cultura. Irónicamente, los defensores más virulentos de dicha tesis suelen ser izquierdistas que antes de la caída del Muro de Berlín aplaudían los esfuerzos por difundir su credo por medios militares sin preocuparse en absoluto por las particularidades culturales de los presuntamente beneficiados. La todavía embrionaria democracia iraquí dista de ser perfecta. Por cierto, se asemeja mucho más a las versiones practicadas en las zonas menos desarrolladas de nuestra región que a las propias de países como los escandinavos. Incluso puede señalarse que, a diferencia del régimen de Saddam, el encabezado actualmente por el primer ministro Nouri al-Maliki ha hecho muy poco por proteger a las minorías religiosas, especialmente las cristianas, de la intolerancia extrema de la mayoría musulmana tanto sunnita como chiíta. Con todo, la vigorosa campaña electoral que acaba de culminar, la multitud de candidatos representativos que participaron y el coraje evidente de los millones de ciudadanos iraquíes que están hartos de la crueldad de los violentos y entienden que hay que aprovechar el derecho a votar aunque sea peligroso hacerlo, hacen pensar que por lo menos en un país árabe la democracia, y por lo tanto la convivencia política de grupos de etnias, lenguas y tradiciones religiosas muy distintas, es posible. Además de aseverarse convencidos de que Saddam había conseguido “armas de destrucción masiva” con las que se proponía amenazar a sus vecinos y a los países occidentales, los impulsores de la invasión de Irak argüían que en vista del salvajismo de la dictadura una intervención militar se justificaría y que de todas maneras sería del interés estratégico de Estados Unidos ayudar a que hubiera una democracia en el Medio Oriente musulmán, ya que su ejemplo incidiría en la evolución de otros países como Egipto y Siria. Pues bien: no se encontraron las armas de destrucción masiva que según los servicios de inteligencia occidentales estarían en manos de Saddam y después de la invasión Irak se vio convulsionado por una ofensiva, en parte islamista y en parte saddamista, sumamente feroz, lo que dio a los críticos motivos de sobra para pronunciar la intervención un fracaso calamitoso. A pesar de los terribles costos humanos que han sufrido, son muchos los iraquíes que no comparten tal opinión. Ante la opción de resignarse a vivir bajo una tiranía despiadada y pagar un precio muy alto para liberarse de ella, ya soportando una invasión extranjera, ya enfrentando los horrores que con toda seguridad hubiera supuesto una guerra civil de desenlace incierto que bien podría haber dado pie a una nueva dictadura de signo diferente, entienden que fue ingenuo por parte de los norteamericanos y sus aliados suponer que, una vez caído Saddam, su país se transformaría en seguida en una democracia pacífica, pero que así y todo el sistema que está articulándose es mejor que cualquier alternativa.

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