La derecha globalizada
Es de prever que, en adelante, toda gran manifestación contra el avance de la globalización sea usurpada por ultraderechistas
De existir una “internacional neoliberal”, una organización mundial conformada por conspiradores resueltos a crear una utopía capitalista perfectamente globalizada dominada por financistas, sus integrantes estarían festejando con champaña la embestida más reciente de los grupos “antiglobalización”, los cuales, luego de haber protagonizado graves disturbios en Seattle, Washington, Londres y Praga, lograron transformar la ciudad francesa de Niza en un campo de batalla en ocasión de la “cumbre” de la Unión Europea. Es que los protagonistas de esta lucha ya no son ecologistas preocupados por el estado del medio ambiente, intelectuales contrarios a la difusión de una cultura popular comercializada y socialistas solidarios, sino una alianza ad hoc de neonazis racistas, terroristas vascos, separatistas corsos y “anarquistas” violentos. Aunque los buscadores de alternativas de ideas menos truculentas quisieran alejarse de estos fascistas, emulando a la izquierda marxista de antes que consiguió convencerse de que la extrema derecha era un fenómeno netamente capitalista, error que muchos demócratas no vacilaron en cohonestar, ya no les será posible hacerlo. Les guste o no -y no les gusta para nada-, es de prever que de ahora en adelante toda gran manifestación contra al avance de la “globalización” sea usurpada por los seguidores de personajes como Jörg Haider o Jean Marie Le Pen y por los asesinos seriales de ETA. Así, pues, está produciéndose en escala mundial la convergencia que ya hemos presenciado aquí de los gravemente perjudicados por la evolución de la economía internacional y los idealistas de origen diverso que quisieran ayudarlos inventando otro “modelo” por un lado con, por el otro, sectas de ideología ultraderechista y metodología salvaje.
Con todo, si bien la participación rutinaria de estos elementos antipáticos y sumamente peligrosos está privando de respetabilidad al “movimiento antiglobalización”, esto no quiere decir que no estén en condiciones de provocar una multitud de problemas. No sólo es cuestión de los destrozos materiales que suelen producirse. En los países democráticos por lo menos, a líderes políticos ya preocupados por su propia imagen colectiva no les causa ninguna gracia verse obligados a reunirse en edificios convertidos en fortalezas defendidos por ejércitos de policías óptimamente armados. Asimismo, les está resultando cada vez más difícil discriminar entre los planteos relativamente razonables de algunos de los manifestantes trashumantes que insisten en seguirlos por todas partes y las consignas a menudo grotescas de los fanatizados. Se trata de un detalle importante: por ser la “globalización” un proceso vertiginoso y multifacético, corresponde a los políticos intentar asegurar que los esfuerzos por minimizar sus aspectos negativos no terminen justificando la autoexclusión xenófoba y a la larga suicida, tentación ésta que ciertos políticos argentinos parecen considerar muy atractiva.
De todos modos, el que la resistencia a la “globalización” esté siendo encabezada por la derecha lumpenesca y por grupos indisimuladamente terroristas, nos dice mucho sobre el desconcierto de sus aliados coyunturales de la izquierda democrática. A diferencia de sus antecesores socialistas, no han conseguido formular una contrapropuesta coherente que les permitiría oponerse con alguna posibilidad de éxito al capitalismo contemporáneo. Mientras que los skinhead neonazis, separatistas xenófobos y otros de la misma calaña no tienen interés alguno en plasmar “alternativas” de validez presuntamente universal, los deseosos de ser a la vez democráticos y solidarios no pueden conformarse con planteos destinados meramente a potenciar a un pequeño grupo en desmedro de todos los demás. Desde luego, los progresistas que no quieren tener nada que ver con los sectarios violentos hablan mucho de la “necesidad” urgente de contar con una “alternativa” al triunfalismo capitalista y se han quedado amargamente por su propia incapacidad para hacer mella en lo que los franceses llaman “el pensamiento único”, pero sucede que las alusiones a la importancia de las “utopías” y los lamentos por la falta de influencia de los comprometidos con la heterodoxia que les parece más estimulante sólo sirven para confirmar su propio fracaso.