La destrucción del trabajo
TOMÁS BUCH (*)
Se estima que una gran máquina agrotécnica es capaz de realizar el trabajo de 500 peones de campo. Nuestros automóviles están, cada vez en mayor medida, construidos por robots. Hace ya años que una gran fábrica de autos en Japón funciona a oscuras, con un solo técnico supervisor, donde unos años antes habrían trabajado varios cientos de armadores, pintores, mecánicos, torneros, etc. Un torno de control numérico realiza en tres minutos un trabajo de altísima precisión que a un maestro tornero le hubiese llevado seis horas. Se dice que pasamos de la época industrial a la posindustrial, en la que crece el sector terciario a costa del secundario, así como en el siglo XVIII comenzó a emigrar la gente del campo a las ciudades porque la productividad de éste había aumentado al punto de expulsarlos. Ahora, ya hace décadas, están siendo expulsados de las actividades industriales, que están cada vez más computerizadas y automatizadas. Crece el sector terciario a costa del industrial. Claro, no sólo la automatización disminuye los costos de las grandes empresas, que de labor-intensivas se transforman cada vez más rápidamente en capital-intensivas, sino que la exportación de industrias a países de menores salarios y menores exigencias ambientales aumenta las ganancias de las empresas. El fantástico incremento de la productividad la lleva a límites nunca sospechados. Sin embargo, vemos que este aumento de productividad no actúa en beneficio de la inmensa mayoría de los seres humanos, cuyo empleo precariza, sino tan sólo son mayores las ganancias del gran capital, si bien también alimenta el nacimiento de pequeñas empresas cerebro-intensivas, que inventan nuevos modos de hacer funcionar una máquina allí donde antes trabajaban diez trabajadores o cien. Estas miniempresas, creadas y manejadas por dos o tres genios de la informática, luego son compradas por los gigantes. A veces también crecen sobre sus propias raíces. En los países desarrollados –los más afectados por la crisis actual– se dice que los trabajadores pasan del sector industrial (secundario) al terciario, el de servicios. Paro aún allí se ven amenazados por las máquinas –si todavía es adecuado llamar “máquina” a un instrumento electrónico que corrige sus propios errores–. Un cajero automático es más veloz que tres cajeros humanos, no pide aumentos de sueldo y su uso ha conseguido no sólo reducir el tiempo necesario para el cliente en una transacción bancaria sino también ha hecho innecesario el trabajo de varios empleados. En varias ciudades europeas ya corren trenes subterráneos –y tal vez de superficie, también– sin conductor. A veces llevan un ser humano en la cabina de conducción, porque a mucha gente aún le resulta un poco siniestro viajar en un medio enteramente automático. Los drones están modificando la manera de hacer la guerra y pronto llegará el día en que los grandes aviones sean también teleguiados, y sólo harán falta unos técnicos de mantenimiento ya que los aparatos avisarán solos si necesitan el cambio de alguna pieza… Automatizar el estibaje del equipaje es casi trivial… Pero esos empleados no son beneficiados por estos fenómenos. Podrían recibir por lo menos una parte de los beneficios adicionales obtenidos por sus patrones; pero no, en cambio deben temblar por el peligro de ser los próximos despedidos –con la excepción, en varios países, de los empleados estatales, lo que conduce a otras distorsiones–. En épocas de crisis, como actualmente en Europa, el primer ahorro empresario cuando los negocios menguan es despedir trabajadores –de a miles– en las grandes empresas, mientras un directivo de la misma empresa gana en un mes lo que todos esos trabajadores despedidos cobraban en un año, y esas inmoralidades no parecen formar parte de las economías a las que se ven obligadas las empresas cuando los negocios disminuyen un poco debido a una maxicrisis estructural que debe ser sobrellevada por el 90% más pobre de la sociedad. El 10% más rico, en cambio, acumula fortunas absurdas –en el caso de “Forbes”, ese 10% está encabezado por un mexicano que posee 69.000 millones de dólares–. Escandinavia, donde se encuentran los seres humanos más felices, según su propia declaración, es también la región donde la disparidad de ingresos es la menor. Por eso, los indignados en todo el mundo gritan: “Nosotros somos el 99%”. Curiosamente, esos movimientos de indignación no tienen fuerza: llegan a los diarios durante unas semanas, luego son reprimidos y desaparecen, a pesar de que en los países en crisis, como España, la desocupación alcanza a más del 25% de la población activa y se suicidan los más desesperados. Todo este desarrollo, además de la pregunta acerca de la naturaleza del capitalismo y del trabajo, conducirá a los humanos a una crisis espiritual –¿para qué vivimos?– disimulada antiguamente por el agotamiento del trabajo y hoy por las estupideces de la televisión y por las seudoamistades de las redes sociales. Si logramos distribuir el 1% entre todos, cuando nadie deba trabajar más de un par de horas por día, nos veremos ante el problema existencial del hombre, en vivo y en directo. (*) Físico y químico
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora