La enojada

La columna semanal

Redacción

Por Redacción

El disparador

Dos señoras toman el té en una confitería de Recoleta, pero podría ser en cualquier otro acomodado rincón de Buenos Aires. La ventana por dentro está empañada y por fuera salpicada de la lluvia que hace días no para.

Una de ellas discute con la moza, que suspira y se va arrastrando los pies. La otra se para y, antes de enfundarse en su tapado de piel, le acaricia la cabeza a su amiga: “Así, vas a envejecer más rápido”, le advierte, con tono de chicana.

Un rato antes habían estado hablando de sus nietos, que “están grandes, divinos”. Y se habían quejado: de sus maridos, “que no sé qué le pasa a Roberto, que casi no habla”; de la economía, “así no se puede más, este país está cada vez peor”; y del gobierno, “los políticos de antes eran más honestos”.

Ahora protestan porque llueve, “y me voy a arruinar el peinado, con lo caro que está la peluquería”. Y la enojada critica a los jóvenes: “No les interesa nada, ¿viste? Entiendo que pasaron 50 años, pero nosotras éramos distintas ”.

-Mirá, la verdad, antes no era mejor -la contradice su amiga, que sigue parada-. Había cosas distintas, es cierto, pero no digamos que era mejor… Justo, porque las cosas siempre pasan justo, leí una nota sobre Mafalda en “La Nación”. Y decía que las tiras de Quino, ya entonces, medio siglo atrás, dejaban en claro que se rezongaba bastante sobre el destino del país. Y es algo que no parece haber cambiado tanto hasta ahora.

-¡¿Cómo que no?! ¡Sí! Mirá a esta moza, ¿no te das cuenta lo insolente que es? -se fastidia la enojada.

-Pero pará un poquito… Solo te dijo que no tenía cambio. Es primero de mayo, está cansada pobre chica.

-Vos decí lo que quieras, pero esta no me va a venir a decir a mí que no tiene cambio, ¿cómo puede ser? -se indigna.

-Bueno, che… No es para tanto -insiste la conciliadora.

A dos metros, desde otra mesa, un señor les dice: “Perdón que me meta, pero no se hagan tanto problema: si quieren, pago yo que tengo tarjeta de crédito”.

La señora conciliadora sonríe. “Sí, dale, gracias”, suelta, seca, la enojada, con sus ojos ocupados en revisar su propia cartera.

La moza vuelve con una media sonrisa: “Bueno, disculpen, acá está su vuelto”.

-No, noooo… -se resiste la enojada-. Ya está, mijita. Acá tengo justo. Conseguí cambio, porque en la cartera de una dama siempre hay de-tooo-do.

-Ah… -susurra la moza, mirándose los pies-. Perdone, pasa que es un día difícil, no hay bancos ni nada abierto.

-Pero no, nena, perdoname vos -dice la enojada, con una tensa mueca de relajo-. Lo que pasa es que estas cosas me ponen muy mal.

La enojada se va. La conciliadora deja 50 pesos de propina, que es la mitad de la cuenta. La moza, que se había quedado muda, agarra el billete y se va masticando palabras que no alcanza a soltar.

-¿Pero vos te das cuenta? ¿Me hiciste pedirle perdón a esta? -le recrimina, ya en la puerta, la enojada a la conciliadora.

-¿Y no te sentís mejor?

-No, no, para nada -farfulla la enojada, y las dos sonríen debajo de un toldo, mientras sigue lloviendo.

Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)


El disparador

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora