La esquina de los tres apellidos

La intersección de Avellaneda y Palacios, en Choele Choel, lleva un nombre más: Rabiti, en honor al almacén que está en el mismo lugar desde después de la segunda Guerra Mundial.



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Como en los tangos, como en las letras de las canciones, donde se citan esquinas llenas de historias o de anécdotas, Choele Choel conjuga esas dos aristas que convierten a un lugar en algo más que un simple edificio: es el caso de Avellaneda y Nicólas Palacios, o como todos la conocen, la “esquina de Rabitti”, de “Novedades de Tulio Rabiti”.

La enorme estructura remite a los tiempos en que el Valle Medio era una zona dedicada a la ganadería ovina, con centenares de hectáreas plantadas con alfalfa y con un río indómito.

En una de sus paredes, el edificio aún guarda el testimonio de como el caudaloso río Negro, desbordaba las actuales márgenes. En esa pared, que da a la calle Avellaneda, una antigua placa de metal reza la fecha de colocación -1925-; servía para medir la altura del río: es que las aguas llegaron a sobrepasar lo que ahora es la principal arteria comercial.

La esquina, con su diseño colonial, de altisímas paredes reforzadas y de ladrillo a la vista, contrasta con los locales que se han hecho en la misma propiedad, que si bien han respetado la estructura, tienen un diseño moderno.

Aún en el lateral de la calle Palacios se puede observar sobre el suelo a centímetros del cordón una argolla de metal. Allí ataban sus caballos quienes llegaban de los campos a comprar.

Pero hay lugares que no se pueden describir sin la presencia de sus protagonistas, aquellos que están siempre, aquellos que forman parte del paisaje urbano.

Hugo Rabiti recibe a los que circulan por ese lugar siempre con un chiste. Bajo, con la gorra calzada de manera permanente, y ese aire de tano inconfundible, es desde hace rato uno con esa esquina. “Esa plaqueta – la placa de metal- marca una etapa. Pero es de antes. Esto era un almacén originalmente. El río subía hasta acá -señala la calle- porque no se había hecho El Chocón”.

Después de la segunda guerra mundial, los Rabiti se hacen cargo del lugar. “Esto era de la familia, pero nosotros no lo usábamos hasta que lo agarró mi viejo. Ahí al lado era un casa de artículos del hogar y allí tienda” sostuvo.

En la historia del lugar abrevan anécdotas de paisanos, de amas de casa en busca de telas para coser, de la gente que pasa y recibe con una sonrisa los chistes de Hugo, y de una media docena de perros, que el hombre alimenta metódicamente todos los días.

“Acá venían muchos esquiladores, porque esta zona antes de hacerse El Chocón esto era ovejero. Con el Chocón cambió el clima y la zona se hizo vacuna”.

En las vidrieras de la tienda, se ven madejas de lana de colores, camisetas de niños y telas. Mientras que un par de mujeres entra y saluda a Hugo con afecto. Aunque aún no ha sido nombrada como patrimonio cultural de la ciudad, es de esos sitios que se nombran como referencia, es desde hace tiempo historia imborrable de Choele.

En una de sus paredes, el edificio aún guarda el testimonio de como el caudaloso río Negro, desbordaba las actuales márgenes.

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En una de sus paredes, el edificio aún guarda el testimonio de como el caudaloso río Negro, desbordaba las actuales márgenes.

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