La estaca
Los 40 grados se notan en el suelo: no hay pasto, hay una tierra que es polvo. Gris. Con viento no se vería ni a medio metro. Pero todo es quietud. Un perro, el perro, corre desbocado por el campo. Que es la vida, pero es el campo. Hasta que una estaca atraviesa su pata derecha. Aúlla. Se desploma. Parece vencido. Pasan unos segundos. O minutos. Para él no es nada o es un montón, todo junto. Todavía respira. Agitado. Asustado. Desconcertado. Se arrastra y se desmaya bajo la abrazadora sombra de un algarrobo. Ahí, la temperatura desciende. Está a salvo aunque no tanto: no puede caminar y está solo. ¿Y sus dueños? Ocupados con lo suyo. Al final, casi siempre solo. Nacer, soñar y morir, solo. El descanso y el aire fresco lo ayudan a recomponerse. ¿O es el tiempo? Los frutos que caen del algarrobo, la algarroba: su dieta en los días siguientes. Mejora. Empieza a caminar. La herida cicatriza. Se siente mejor. Modifica su lectura de la realidad: fue importante tener agua y comida. Estar herido fue circunstancial, ¿y necesario? Toleró el dolor. Convivió con el sufrimiento: lo que no te mata, te hace más fuerte. Aprendió a sobrevivir con lo mínimo. Qué afortunado era y no lo sabía. *** Siempre había estado con otros perros, como un perro más. Sin necesidades ni privaciones. Che, los perros no se hacen preguntas. Éste sí. Y se da cuenta de que podría vivir solo. De que (casi) siempre es “solos”. Al principio sintió angustia. Después fue conciencia. Lo invadió una tristeza visceral. La compañía –todos esos perros que siempre andaban a su alrededor– era ficticia. Sus tardes debajo del algarrobo, lo más real. En la sombra no tenía nada, y no lo necesitaba. Tenía todo. Pero no lo sabía. Hasta ese momento. Tan solo y tan acompañado, por un tremendo árbol que la naturaleza dejó crecer ahí. Pasa el tiempo. La herida es una cicatriz. Es el punto de quiebre. Los recuerdos llegan al presente pero el tiempo no vuelve atrás. La estaca. La fatalidad. Los problemas que surgen nunca son más grandes que los que se está preparado para enfrentar. El miedo, una construcción de la mente: enemigo si paraliza, aliado si estimula. Recuperado, el perro vuelve con sus dueños y retoma su vida habitual: comida y agua todos los días. Sale de paseo: ¿quién saca a pasear a quién? Los otros perros siguen igual que antes. Todo es como siempre, pero ya no es igual. Algo se modificó en su interior.
Juan Ignacio Pereyra