La estrategia del desgobierno
A los aficionados a las paradojas, siempre les ha gustado preguntarse: ¿qué pasaría si una fuerza imparable chocara contra un objeto inamovible? Puede que pronto tengamos una respuesta. Es evidente que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se cree una fuerza imparable, una que no se deja intimidar por nada, mientras que el gobernador bonaerense Daniel Scioli ha hecho de su inamovilidad tranquila la base de un proyecto político a largo plazo que, supone, le permitirá trasladarse desde la Casa de Gobierno en La Plata hasta la Casa Rosada. Pues bien, hasta hace poco, los preocupados por las eventuales consecuencias de los esfuerzos de Cristina y su tropa de incondicionales por pulverizar de una vez las aspiraciones políticas de Scioli se consolaban con la idea de que, aunque sólo fuera por motivos mezquinos, los militantes del gobierno nacional no quisieran que cayera en bancarrota la provincia más importante, traspié que con toda seguridad tendría repercusiones nada agradables no sólo para los bonaerenses sino también para los demás habitantes del país. Últimamente, empero, quienes pensaban así han dejado de confiar en que, tarde o temprano, la presidenta aceptara que no sería de su interés correr el riesgo de provocar una catástrofe socioeconómica que no estaría en condiciones de manejar. A pesar de los síntomas de agotamiento de una provincia que se ha visto golpeada por una serie al parecer interminable de paros docentes, delitos salvajes, puebladas, desempleo en aumento y, en algunos ámbitos, la ruptura de la cadena de pagos, los kirchneristas no parecen tener intención alguna de frenar su campaña para desensillar a Scioli o, cuando menos, humillarlo transformándolo de un presidenciable en un diputado oficialista más. Además de negarle los fondos que necesitará para mantener funcionando la administración pública bonaerense, le impiden endeudarse. En opinión de los allegados del gobernador, es como si se hubieran propuesto provocar un estallido social de proporciones, al que los militantes de La Cámpora aportarían una dosis adicional de violencia, por suponer que Scioli sería el único perjudicado y que los bonaerenses festejarían su caída para entonces entregarse al kirchnerismo salvador. Se trata de un juego sumamente peligroso. En vista de las dimensiones demográficas y el peso económico de la provincia, además de la proximidad a la Capital Federal del conurbano depauperado, los efectos de un colapso financiero acompañado por disturbios parecidos a los que se produjeron en los días finales de la gestión del presidente Fernando de la Rúa no podrían sino hacerse sentir enseguida en el resto del país. Por lo demás, la economía nacional ya está en crisis y por lo tanto no estaría en condiciones de amortiguar el impacto de una implosión bonaerense. El congelamiento de precios ordenado por el secretario de Comercio Guillermo Moreno sólo servirá para asegurar que la inflación subyacente cobre más fuerza, la puja salarial tienda a intensificarse, por falta de inversiones productivas la industria tarde en recuperarse del parate que está experimentando y todo hace prever que los problemas energéticos seguirán empeorándose. Así las cosas, el hundimiento de Buenos Aires de resultas de la ofensiva kirchnerista no necesariamente contribuirá a fortalecer el poder de Cristina. Antes bien, podría debilitarlo en un lapso muy pero muy breve. Al iniciarse la gestión kirchnerista hace casi diez años, tanto Néstor Kirchner como Cristina optaron por agravar las divisiones políticas y sociales del país. A su juicio, la conflictividad resultante les brindaría una fuente inagotable de poder. Desde su propio punto de vista, acertaron, ya que en muy poco tiempo el presidente consiguió el respaldo de los muchos que querían castigar a los presuntos responsables de la debacle, pero lo que funcionó muy bien en la Argentina traumatizada de mediados del 2003 no lo hará en el país actual. Lo que quiere la mayoría no es participar de luchas supuestamente épicas entre la presidenta y sus adversarios, sino disfrutar de los beneficios del crecimiento económico y de cierta estabilidad institucional. Hace poco más de un año, muchos creyeron que el país estaba por alcanzar los objetivos modestos así supuestos, pero desde entonces se han alejado cada vez más.
A los aficionados a las paradojas, siempre les ha gustado preguntarse: ¿qué pasaría si una fuerza imparable chocara contra un objeto inamovible? Puede que pronto tengamos una respuesta. Es evidente que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se cree una fuerza imparable, una que no se deja intimidar por nada, mientras que el gobernador bonaerense Daniel Scioli ha hecho de su inamovilidad tranquila la base de un proyecto político a largo plazo que, supone, le permitirá trasladarse desde la Casa de Gobierno en La Plata hasta la Casa Rosada. Pues bien, hasta hace poco, los preocupados por las eventuales consecuencias de los esfuerzos de Cristina y su tropa de incondicionales por pulverizar de una vez las aspiraciones políticas de Scioli se consolaban con la idea de que, aunque sólo fuera por motivos mezquinos, los militantes del gobierno nacional no quisieran que cayera en bancarrota la provincia más importante, traspié que con toda seguridad tendría repercusiones nada agradables no sólo para los bonaerenses sino también para los demás habitantes del país. Últimamente, empero, quienes pensaban así han dejado de confiar en que, tarde o temprano, la presidenta aceptara que no sería de su interés correr el riesgo de provocar una catástrofe socioeconómica que no estaría en condiciones de manejar. A pesar de los síntomas de agotamiento de una provincia que se ha visto golpeada por una serie al parecer interminable de paros docentes, delitos salvajes, puebladas, desempleo en aumento y, en algunos ámbitos, la ruptura de la cadena de pagos, los kirchneristas no parecen tener intención alguna de frenar su campaña para desensillar a Scioli o, cuando menos, humillarlo transformándolo de un presidenciable en un diputado oficialista más. Además de negarle los fondos que necesitará para mantener funcionando la administración pública bonaerense, le impiden endeudarse. En opinión de los allegados del gobernador, es como si se hubieran propuesto provocar un estallido social de proporciones, al que los militantes de La Cámpora aportarían una dosis adicional de violencia, por suponer que Scioli sería el único perjudicado y que los bonaerenses festejarían su caída para entonces entregarse al kirchnerismo salvador. Se trata de un juego sumamente peligroso. En vista de las dimensiones demográficas y el peso económico de la provincia, además de la proximidad a la Capital Federal del conurbano depauperado, los efectos de un colapso financiero acompañado por disturbios parecidos a los que se produjeron en los días finales de la gestión del presidente Fernando de la Rúa no podrían sino hacerse sentir enseguida en el resto del país. Por lo demás, la economía nacional ya está en crisis y por lo tanto no estaría en condiciones de amortiguar el impacto de una implosión bonaerense. El congelamiento de precios ordenado por el secretario de Comercio Guillermo Moreno sólo servirá para asegurar que la inflación subyacente cobre más fuerza, la puja salarial tienda a intensificarse, por falta de inversiones productivas la industria tarde en recuperarse del parate que está experimentando y todo hace prever que los problemas energéticos seguirán empeorándose. Así las cosas, el hundimiento de Buenos Aires de resultas de la ofensiva kirchnerista no necesariamente contribuirá a fortalecer el poder de Cristina. Antes bien, podría debilitarlo en un lapso muy pero muy breve. Al iniciarse la gestión kirchnerista hace casi diez años, tanto Néstor Kirchner como Cristina optaron por agravar las divisiones políticas y sociales del país. A su juicio, la conflictividad resultante les brindaría una fuente inagotable de poder. Desde su propio punto de vista, acertaron, ya que en muy poco tiempo el presidente consiguió el respaldo de los muchos que querían castigar a los presuntos responsables de la debacle, pero lo que funcionó muy bien en la Argentina traumatizada de mediados del 2003 no lo hará en el país actual. Lo que quiere la mayoría no es participar de luchas supuestamente épicas entre la presidenta y sus adversarios, sino disfrutar de los beneficios del crecimiento económico y de cierta estabilidad institucional. Hace poco más de un año, muchos creyeron que el país estaba por alcanzar los objetivos modestos así supuestos, pero desde entonces se han alejado cada vez más.
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