La estrategia del sobreviviente
Si bien las encuestas de opinión ubican al gobernador bonaerense Daniel Scioli por detrás de su comprovinciano Sergio Massa, sigue ocupando un lugar expectante en la carrera presidencial que debería de culminar a finales del año próximo, lo que, en vista de las dificultades que ha enfrentado últimamente, es una hazaña notable. A pesar de la desventaja que le supone gobernar un distrito sumamente complicado dominado por un conurbano mayormente paupérrimo, Scioli suele verse beneficiado por la hostilidad manifiesta de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus incondicionales, que raramente dejan pasar una oportunidad para echarle una zancadilla. Parecería que la mayoría de los bonaerenses cree que la larguísima huelga de docentes con la que la provincia inició el año lectivo fue culpa del gobierno nacional y de sus aliados sindicales, encabezados por Roberto Baradel, no del gobernador que trató de reconciliar las aspiraciones legítimas de los maestros con el hecho desafortunado de que la provincia, como el resto del país, carece de dinero suficiente como para pagarles lo que con toda seguridad merecen. Para los kirchneristas, el que sus intentos repetidos de hundir definitivamente a Scioli hayan servido para ayudarlo a mantenerse a flote es motivo de frustración. Los más lúcidos entenderán que la mejor forma de lograr lo que se han propuesto consistiría en apoyarlo para que compartiera los “costos políticos” de la recesión, el ajuste, los tarifazos y el salvajismo delictivo que tanto malestar está difundiendo en el país, pero por razones evidentes son reacios a reconocer que su propia gestión ha sido tan inenarrablemente mala que respaldar a Scioli equivaldría a atarlo a un salvavidas de plomo. La estrategia adoptada por el gobernador se caracteriza por la ambigüedad. Por un lado, jura lealtad eterna a Cristina; por el otro, se diferencia de ella charlando amablemente con opositores y dando a entender que, si le toca sucederla como presidente de la Nación, emprenderá un rumbo económico radicalmente distinto del favorecido por quienes toman en serio las divagaciones de los ideólogos oficialistas. Miembros del entorno de Scioli dicen que apuesta a que los kirchneristas, luego de probar suerte con precandidatos propios sin ninguna posibilidad de conseguir más del 10% de los votos, personajes como Carlos Zannini, Florencio Randazzo y, según algunos, Aníbal Fernández, lleguen a la conclusión de que de todas las alternativas disponibles la suya sería la menos mala, razón por la que terminarían prestándole el óptimamente financiado aparato político que han construido. Antes de producirse la irrupción de Massa, la estrategia de Scioli funcionaba muy bien; lo ayudaban tanto los aciertos atribuidos al gobierno de Cristina como la convicción generalizada de que casi todos los problemas de la provincia se debieron a las intrigas de los kirchneristas más fanatizados. Puede que lo perjudicara hasta cierto punto la voluntad de soportar el maltrato que recibía de manos de Cristina, su comisario político, el vicegobernador Gabriel Mariotto, y la gente de La Cámpora, pero puesto que la actitud irónica asumida por Scioli hacía pensar que entendía muy bien lo que estaba sucediendo, actuar como “un felpudo” no lo ha privado del respeto del grueso de la ciudadanía, para la cual ha sido cuestión de un juego acaso extraño pero, dadas las circunstancias, comprensible. Así y todo, a juicio de los interesados en las vicisitudes de los diversos integrantes de la clase política nacional, llegará el día en que Scioli se sienta constreñido a romper con Cristina. Según los allegados del gobernador, se resiste a hacerlo porque no quiere correr el riesgo de provocar una gran crisis institucional, ya que, de oponerse abiertamente a la presidenta, la dejaría penosamente aislada. Será por tal motivo que Scioli ha preferido actuar como si fuera una especie de presidente en las sombras, encargándose de encontrar soluciones pasajeras para los problemas planteados por la rebelión policial, la huelga docente y la inseguridad ciudadana que Cristina no puede, o no quiere, manejar, con la esperanza de formar, con la adhesión de otros mandatarios provinciales o municipales peronistas, estructuras que estarían en condiciones de impedir que el país sufra una reedición del caos que siguió al colapso del gobierno del presidente Fernando de la Rúa.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 1 de abril de 2014
Si bien las encuestas de opinión ubican al gobernador bonaerense Daniel Scioli por detrás de su comprovinciano Sergio Massa, sigue ocupando un lugar expectante en la carrera presidencial que debería de culminar a finales del año próximo, lo que, en vista de las dificultades que ha enfrentado últimamente, es una hazaña notable. A pesar de la desventaja que le supone gobernar un distrito sumamente complicado dominado por un conurbano mayormente paupérrimo, Scioli suele verse beneficiado por la hostilidad manifiesta de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus incondicionales, que raramente dejan pasar una oportunidad para echarle una zancadilla. Parecería que la mayoría de los bonaerenses cree que la larguísima huelga de docentes con la que la provincia inició el año lectivo fue culpa del gobierno nacional y de sus aliados sindicales, encabezados por Roberto Baradel, no del gobernador que trató de reconciliar las aspiraciones legítimas de los maestros con el hecho desafortunado de que la provincia, como el resto del país, carece de dinero suficiente como para pagarles lo que con toda seguridad merecen. Para los kirchneristas, el que sus intentos repetidos de hundir definitivamente a Scioli hayan servido para ayudarlo a mantenerse a flote es motivo de frustración. Los más lúcidos entenderán que la mejor forma de lograr lo que se han propuesto consistiría en apoyarlo para que compartiera los “costos políticos” de la recesión, el ajuste, los tarifazos y el salvajismo delictivo que tanto malestar está difundiendo en el país, pero por razones evidentes son reacios a reconocer que su propia gestión ha sido tan inenarrablemente mala que respaldar a Scioli equivaldría a atarlo a un salvavidas de plomo. La estrategia adoptada por el gobernador se caracteriza por la ambigüedad. Por un lado, jura lealtad eterna a Cristina; por el otro, se diferencia de ella charlando amablemente con opositores y dando a entender que, si le toca sucederla como presidente de la Nación, emprenderá un rumbo económico radicalmente distinto del favorecido por quienes toman en serio las divagaciones de los ideólogos oficialistas. Miembros del entorno de Scioli dicen que apuesta a que los kirchneristas, luego de probar suerte con precandidatos propios sin ninguna posibilidad de conseguir más del 10% de los votos, personajes como Carlos Zannini, Florencio Randazzo y, según algunos, Aníbal Fernández, lleguen a la conclusión de que de todas las alternativas disponibles la suya sería la menos mala, razón por la que terminarían prestándole el óptimamente financiado aparato político que han construido. Antes de producirse la irrupción de Massa, la estrategia de Scioli funcionaba muy bien; lo ayudaban tanto los aciertos atribuidos al gobierno de Cristina como la convicción generalizada de que casi todos los problemas de la provincia se debieron a las intrigas de los kirchneristas más fanatizados. Puede que lo perjudicara hasta cierto punto la voluntad de soportar el maltrato que recibía de manos de Cristina, su comisario político, el vicegobernador Gabriel Mariotto, y la gente de La Cámpora, pero puesto que la actitud irónica asumida por Scioli hacía pensar que entendía muy bien lo que estaba sucediendo, actuar como “un felpudo” no lo ha privado del respeto del grueso de la ciudadanía, para la cual ha sido cuestión de un juego acaso extraño pero, dadas las circunstancias, comprensible. Así y todo, a juicio de los interesados en las vicisitudes de los diversos integrantes de la clase política nacional, llegará el día en que Scioli se sienta constreñido a romper con Cristina. Según los allegados del gobernador, se resiste a hacerlo porque no quiere correr el riesgo de provocar una gran crisis institucional, ya que, de oponerse abiertamente a la presidenta, la dejaría penosamente aislada. Será por tal motivo que Scioli ha preferido actuar como si fuera una especie de presidente en las sombras, encargándose de encontrar soluciones pasajeras para los problemas planteados por la rebelión policial, la huelga docente y la inseguridad ciudadana que Cristina no puede, o no quiere, manejar, con la esperanza de formar, con la adhesión de otros mandatarios provinciales o municipales peronistas, estructuras que estarían en condiciones de impedir que el país sufra una reedición del caos que siguió al colapso del gobierno del presidente Fernando de la Rúa.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora