La extraña pareja
Cuando de las relaciones internacionales se trata, compartir la misma cultura no es necesariamente una ventaja. Antes bien, puede dar lugar a problemas graves debido a la propensión natural de quienes creen conocer muy bien a sus parientes cercanos a tratarlos con menos reserva que a personas de formación muy distinta. Así, pues, aunque argentinos y uruguayos tienen mucho en común ya que pertenecen a la misma familia rioplatense, se han hecho tradicionales los malentendidos, por llamarlos de algún modo, atribuibles a diferencias que, de ser cuestión de países de costumbres radicalmente distintas, parecerían lógicas. Por lo demás, debido al surgimiento y consolidación posterior del peronismo, un movimiento que ha incidido profundamente en la forma de pensar, actuar e incluso pensar no sólo de integrantes de la clase política argentina sino también de otros como los intelectuales, pero que apenas ha afectado a nuestros vecinos, en las últimas décadas las dos culturas políticas han divergido mucho, como resultó evidente once años atrás cuando el entonces presidente uruguayo Jorge Batlle, que por razones comprensibles se sentía muy enojado por el impacto de nuestra crisis en su propio país, aseveró que “los argentinos son una manga de ladrones, del primero al último”, lo que lo obligó a humillarse pidiendo perdón al ocupante de la Casa Rosada, Eduardo Duhalde. Parecería que José “Pepe” Mujica no tiene ninguna intención de emular a su antecesor. No cree tener motivos para hacerlo, puesto que si bien calificar de “vieja terca” a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, como hizo frente a un micrófono abierto, no era muy caballeresco, así y todo no debería ser motivo del “profundo malestar” que, según el canciller Héctor Timerman, produjeron en el país sus palabras “denigrantes”. Tampoco podrían considerarse ofendidas, como se afirma en una nota oficial que fue entregada al embajador de Uruguay, “la memoria y la investidura de una persona fallecida, que no puede replicar ni defenderse”, porque Mujica lo llamó “el tuerto”, ya que en distintas oportunidades la mismísima Cristina trató así a su difunto marido, diciendo que el expresidente Néstor Kirchner “sería tuerto, pero miraba mucho mejor que otros que tienen los dos ojos, lentes de contacto y demás cosas”. A menos que el gobierno quiera que la relación con Uruguay sea todavía peor de lo que ya era antes de exteriorizar Mujica la frustración que con toda seguridad siente por “la terquedad” de Cristina, pues, lo más sensato sería minimizar la importancia de la forma notoriamente desprejuiciada de expresarse de un mandatario que, por su sencillez insólita, para no decir franciscana, parece aún más austero que el papa Jorge Bergoglio, lo que es paradójico por tratarse del gobernante menos católico del mundo de habla hispana. Al protestar con tanta vehemencia, la cancillería desvió la atención de los interesados en tales detalles de la excentricidad de Mujica, que a juicio de sus compatriotas más solemnes es vergonzosa, a la dignidad supuestamente herida de Cristina que, a esta altura, se habrá acostumbrado a epítetos mucho más contundentes que “vieja”. Como aconsejó el político izquierdista Fernando “Pino” Solanas, dadas las circunstancias sería mejor tomar lo dicho por Mujica por “una humorada”. Al fin y al cabo, a la presidenta no le convendría brindar la impresión de ser una mujer vanidosa. Aunque el exguerrillero tupamaro pudo haber elegido una forma más elegante de aludir a Cristina, llamarla “esta vieja” fue menos grave que su opinión acerca de sus dotes políticas, ya que a su juicio “no sabe lo que está haciendo”. También puso en ridículo el intento presidencial de explicarle “a un papa argentino, que tiene 77 años, lo que es un mate, un termo”. Puede que Mujica sea el único mandatario del mundo al que le cuesta comprender lo que Cristina está procurando hacer, pero sería de suponer que, por su condición de uruguayo, a diferencia de los dirigentes de países más alejados se ha familiarizado bastante con las exóticas modalidades argentinas. Así las cosas, no sorprendería demasiado que muchos otros latinoamericanos, europeos y norteamericanos, incluyendo los que viven en sociedades culturalmente afines a la nuestra, compartan la perplejidad de quien, en sus propias palabras, nació “de la misma matriz”.
Cuando de las relaciones internacionales se trata, compartir la misma cultura no es necesariamente una ventaja. Antes bien, puede dar lugar a problemas graves debido a la propensión natural de quienes creen conocer muy bien a sus parientes cercanos a tratarlos con menos reserva que a personas de formación muy distinta. Así, pues, aunque argentinos y uruguayos tienen mucho en común ya que pertenecen a la misma familia rioplatense, se han hecho tradicionales los malentendidos, por llamarlos de algún modo, atribuibles a diferencias que, de ser cuestión de países de costumbres radicalmente distintas, parecerían lógicas. Por lo demás, debido al surgimiento y consolidación posterior del peronismo, un movimiento que ha incidido profundamente en la forma de pensar, actuar e incluso pensar no sólo de integrantes de la clase política argentina sino también de otros como los intelectuales, pero que apenas ha afectado a nuestros vecinos, en las últimas décadas las dos culturas políticas han divergido mucho, como resultó evidente once años atrás cuando el entonces presidente uruguayo Jorge Batlle, que por razones comprensibles se sentía muy enojado por el impacto de nuestra crisis en su propio país, aseveró que “los argentinos son una manga de ladrones, del primero al último”, lo que lo obligó a humillarse pidiendo perdón al ocupante de la Casa Rosada, Eduardo Duhalde. Parecería que José “Pepe” Mujica no tiene ninguna intención de emular a su antecesor. No cree tener motivos para hacerlo, puesto que si bien calificar de “vieja terca” a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, como hizo frente a un micrófono abierto, no era muy caballeresco, así y todo no debería ser motivo del “profundo malestar” que, según el canciller Héctor Timerman, produjeron en el país sus palabras “denigrantes”. Tampoco podrían considerarse ofendidas, como se afirma en una nota oficial que fue entregada al embajador de Uruguay, “la memoria y la investidura de una persona fallecida, que no puede replicar ni defenderse”, porque Mujica lo llamó “el tuerto”, ya que en distintas oportunidades la mismísima Cristina trató así a su difunto marido, diciendo que el expresidente Néstor Kirchner “sería tuerto, pero miraba mucho mejor que otros que tienen los dos ojos, lentes de contacto y demás cosas”. A menos que el gobierno quiera que la relación con Uruguay sea todavía peor de lo que ya era antes de exteriorizar Mujica la frustración que con toda seguridad siente por “la terquedad” de Cristina, pues, lo más sensato sería minimizar la importancia de la forma notoriamente desprejuiciada de expresarse de un mandatario que, por su sencillez insólita, para no decir franciscana, parece aún más austero que el papa Jorge Bergoglio, lo que es paradójico por tratarse del gobernante menos católico del mundo de habla hispana. Al protestar con tanta vehemencia, la cancillería desvió la atención de los interesados en tales detalles de la excentricidad de Mujica, que a juicio de sus compatriotas más solemnes es vergonzosa, a la dignidad supuestamente herida de Cristina que, a esta altura, se habrá acostumbrado a epítetos mucho más contundentes que “vieja”. Como aconsejó el político izquierdista Fernando “Pino” Solanas, dadas las circunstancias sería mejor tomar lo dicho por Mujica por “una humorada”. Al fin y al cabo, a la presidenta no le convendría brindar la impresión de ser una mujer vanidosa. Aunque el exguerrillero tupamaro pudo haber elegido una forma más elegante de aludir a Cristina, llamarla “esta vieja” fue menos grave que su opinión acerca de sus dotes políticas, ya que a su juicio “no sabe lo que está haciendo”. También puso en ridículo el intento presidencial de explicarle “a un papa argentino, que tiene 77 años, lo que es un mate, un termo”. Puede que Mujica sea el único mandatario del mundo al que le cuesta comprender lo que Cristina está procurando hacer, pero sería de suponer que, por su condición de uruguayo, a diferencia de los dirigentes de países más alejados se ha familiarizado bastante con las exóticas modalidades argentinas. Así las cosas, no sorprendería demasiado que muchos otros latinoamericanos, europeos y norteamericanos, incluyendo los que viven en sociedades culturalmente afines a la nuestra, compartan la perplejidad de quien, en sus propias palabras, nació “de la misma matriz”.
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