La familia pudo más, y el soldador viajero volvió a Roca

Patricio Santander tiene 48 años y recorrió gran parte de la Patagonia para realizar trabajos de alta presión para empresas petroleras. Hace 10 años regresó a su hogar y se dedica a fabricar estufas artesanales que vende a precios accesibles.





Su vista ya no es la misma, sin embargo Patricio mantiene su dedicación en cada trabajo. Foto Juan Thomes.

A los 14 años Patricio Santander que nació en Chile pero vivió casi toda su vida en Roca aprendió a soldar. Desde entonces, recorrió durante 10 años gran parte de la Patagonia realizando mantenimientos a empresas petroleras. Pero el amor por su familia lo trajo de nuevo al Alto Valle para ver crecer a sus tres hijos.

Hoy a sus 48 años ya tiene nietos y cuando llega la temporada del invierno fabrica estufas artesanales que vende a un precio accesible a familias humildes de la región.

“Cuando llegué a este país tenía un año de edad, veníamos escapando de la dictadura militar en Victoria, Chile”, contó a RÍO NEGRO.
El hermano mayor de Pato era presidente de la juventud universitaria de su localidad. Por este motivo su padre Vicente estuvo preso una semana y cuando lo soltaron lo amenazaron de muerte.

“Éramos cinco hermanos, primero nos asentamos en Mainqué en una chacra y luego acá en Roca”, mencionó.
Don Vicente era chofer de camiones en Chile y como no tenía carnet para conducir pero si conocimiento en mecánica hacia mantenimiento a maquinarias.

Cuando Pato tenía 14 años su papá compró una pequeña máquina soldadora en la Bulonera Patagónica, una ferretería muy conocida en la ciudad. Con aquel equipo comenzó a realizar sus primeros trabajos. Después su padre contrató a un soldador profesional y allí Patricio aprendió más del oficio. Desde ese momento le apasionó la soladura.

Un día tuvo su primer gran trabajo: fabricar un tinglado en el patio de una tienda. Pato tenía 16 y no tuvo mejor idea que sacarse la careta de protección para ver mejor.
“Soldé toda la tarde pero cuando terminé subimos las herramientas a un camión y la luz me mató, ese fue mi bautismo”, relató.
“Estuve tres días en oscuridad pero después no paré de soldar”, recordó.

En el año 2000 ingresó a trabajar a una empresa metalúrgica que prestaba servicio en Rincón de los Sauces a compañías petroleras. Para ese tiempo ya estaba casado y tenía a sus tres hijos pequeños. “Allá ganaba 10 veces más”, contó.
A los 32 años la misma empresa lo envió hacer un curso de soldadura de alta presión a Capital Federal para trabajar en acueductos, barcos y tanques petroleros. La capacitación duró dos meses.
“Si querés aprender tenés que dejarte enseñar, sino podés recorrer Buenos Aires si es tu primera vez, así no perdés el tiempo acá”, lo retó el supervisor.

Las estufas las vende a vecinos humildes de la región.

“Mi deseo es aprender, por eso viajé de tan lejos”, respondió con seguridad Pato.
Allí comenzó a perfeccionarse en la soldadura de alta presión y le dieron la matricula para realizar esos tipos de trabajos.
Luego de estar mucho tiempo en Rincón de los Sauces ingresó a una gran empresa de aluminio en Puerto Madryn llamada Aluar que es la única productora de este metal primario en Argentina y una de las mayores en Sudamérica.

Además de Neuquén y Chubut, también trabajó en Santa Cruz. “A donde iba me daban una casa amueblada con todas las comodidades”, señaló.
Sin embargo a pesar de los lujos y el generoso sueldo tras estar 10 años viajando hizo un parate gracias a la charla que tuvo con un compañero que se estaba por jubilar.
“Anduve laburando por todos lados, pero hace dos años se murió mi única hija, en cuatro años me jubilo y toda mi vida trabajé afuera en vez de disfrutar mi familia y estar con mi hija”, le expresó Carlos su colega mientras le cebaba unos mates. “Fijáte Santander, vas a ganar plata pero no disfrutar a tus hijos”, le recalcó.
Estaba por ser enviado a Santa Cruz pero decidió volver Roca para estar con su familia.

“Empecé de cero y gracias a Dios se fue dando todo”, remarcó.
Contó que donde trabajaba tenía muchas herramientas pero cuando volvió a casa solo contaba con la soladora pequeña que le había dejado su papá, con la que aprendió a trabajar.

En su adolescencia ya había fabricado algunas estufas de bajo consumo para vender. En 2010 volvió a producirlas y actualizó los diseños.
“No tenía casi herramientas ahora tenemos todo para hacerlo manual y hace dos años pude poner mi taller”, dijo con orgullo.

Los clientes que compran las estufas son vecinos de bajos recursos y pueden adquirirlas a un precio accesible. Para la temporada de invierno realiza unas 25 y el resto del año fabrica escaleras, rejas y tinglados.
“Estar en casa fue importante para mis hijos, para que respetaran su hogar y a sus padres”, sostuvo. Hoy dos de ellos trabajan en el taller. Además fabrica aberturas de aluminio. Con esfuerzo salió adelante y priorizó a su familia en vez de los grandes sueldos que les ofrecían afuera de la provincia.


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