La farsa como política
PABLO M. LECLERCQ (*)
El mayor riesgo de una sociedad en tiempos de paz es la pérdida de su libertad. Esto es así no porque ideológicamente se priorice este valor sobre otros como el de la equidad, la erradicación de la pobreza o el buen estándar de vida para todos los sectores de la sociedad, sino porque la falta de libertad conlleva la pérdida inexorable de estos últimos valores. Cuando se persigue la equidad a costa de la libertad, se pierden ambas. El falso antagonismo entre sociedad libre o sociedad equitativa es un anacronismo que quienes tienen como objetivo superior la concentración del poder utilizan. La historia enseña que conduce inevitablemente al abuso y al despojo de la sociedad. Esto es lo que está sucediendo en la Argentina con el gobierno de Cristina Kirchner, que recurriendo a la práctica de las cadenas televisivas a la menor advertencia de que estamos vigilados, como el Gran Hermano, ha decidido transitar ese camino, aliándose a gobiernos similares, como los de Chávez y Correa, admiradores del régimen castrista. Agitar el peligro marxista fue una práctica abusiva en la política del siglo XX y quizás por ello esta nota pueda carecer de la fuerza necesaria. Trataré de ser lo más neutral posible a ese debate, que ciertamente ha perdido actualidad en términos ideológicos pero que la adquiere plenamente como cuestión técnica. El marxismo, como fenómeno histórico, debe analizarse críticamente en sus aspectos positivos y negativos. De hecho ese análisis se ha hecho y las sociedades libres y abiertas, por el hecho de serlas, han aprendido algo de él para así mejorar el funcionamiento de su capitalismo. Pero cuando el marxismo es tomado como fuente de inspiración política con los ornamentos conceptuales del pasado, ocurre –parafraseando al propio marxismo– que se vive una farsa o en la mentira. Tomaré algunos ejemplos al azar para facilitar la comprensión de este concepto. En un reciente debate televisivo entre dos actores de la política, uno democrático liberal y el otro kirchnerista (para aproximar una suerte de categorización entendible), en el que se analizaba la intromisión en una escuela pública de un grupo de “camporistas” que fueron a “estimular” la militancia política de su signo en los alumnos, el primero criticó la iniciativa alegando, con toda razón, la necesidad de una pedagogía pluralista en materia política, acorde con los mandatos de nuestra Constitución. El segundo, con un lenguaje abstruso propio de quien no puede hablar con claridad sin avergonzarse, no desacreditaba explícitamente el pluralismo pero lo subordinaba a la particular situación de estar presuntamente viviendo la Argentina un proceso de profunda transformación y cambio. Es decir: nada nuevo bajo el sol respecto de los argumentos justificatorios de las dictaduras militares y populistas de siempre. Otro ejemplo: la máxima responsable del Indec desacreditaba, en una declaración pública televisiva, la importancia de las cifras del organismo a su cargo, diciendo que las publicaban para no discontinuar la tarea pero que no tenían ninguna implicancia en el estándar de vida de la gente. Y uno más: el viceministro de Economía Kicillof, en un desafiante discurso en ocasión de la expropiación de las acciones de Repsol, decía: ¿acaso la Constitución es más importante que la soberanía?, sosteniendo que la noción de “seguridad jurídica” era apenas un argumento de los dominadores. Este expreso desprecio por la ley y las instituciones estuvo en la base misma del pensamiento marxista del siglo XIX. Se partía de la convicción de que la superestructura, o sea todo el montaje jurídico, institucional y cultural propio de la sociedad capitalista, era la más poderosa herramienta de la burguesía (léase: el capitalismo) para mantener sometido al proletariado, (léase: el pueblo). Por eso había que destruirla. Dejando de lado la profundidad y realismo de esa observación propia del marxismo decimonónico y del leninismo con la que se justificaron la revolución y la violencia, la historia muestra que las sociedades democráticas avanzadas supieron incorporar al juego de las instituciones democráticas esta aguda observación de Marx, dando lugar a sociedades en las que el péndulo de la historia llevó a los Estados de bienestar europeos a situaciones que las izquierdas no pueden manejar desde el gobierno, desembocando en crisis que nada tienen que ver con las crisis del capitalismo pronosticadas en su momento por el viejo Karl. Gramsci, uno de los pensadores que más contribuyeron a la evolución que en ese sentido experimentaron las sociedades capitalistas, propuso su transformación desde adentro mismo del sistema. Baste con observar de reojo la desventaja inicial que lleva cualquier empresario de una pyme en un juicio laboral. El aumento del poder de los sindicatos en las sociedades modernas es un dato que nadie puede desconocer, como tampoco el desproporcionado esfuerzo que tienen que realizar las clases activas para poder sostener –con su esfuerzo diario– los llamados “beneficios sociales”. En un reportaje que le hace Filmus a Chávez, que aparece en YouTube, aquél le pregunta al “comandante” qué se entiende por el “socialismo del siglo XXI” que éste pregona. A lo que el caribeño responde, suelto de cuerpo: “Coincido con lo que me dijo Fidel cuando se lo pregunté; nadie nunca supo qué es el socialismo (…) el socialismo es algo que tenemos que inventar”. En un artículo en el diario “La Nación”, el periodista Carlos Pagni señaló, con perspicacia, el pasaje del kirchnerismo de la etapa del “dirigismo” a una nueva: la del “estatismo”. La primera personificada en Guillermo Moreno y la segunda en el representante de la última generación de la “inteligentzia cristinista”: el joven Axel Kicillof. Pero lo que sucede es que para hacer estatismo lo primero que hace falta es un Estado con recursos técnicos, estructura e información, tres cosas que el gobierno kirchnerista se dedicó prolijamente a destruir y cuya reconstrucción requerirá mucho tiempo. Sólo la “invención” de un nuevo sistema de precios que reemplace los del mercado, herramienta necesaria en un régimen de la planificación centralizada, exige una transición durante la cual colapsaría todo vestigio de organización económica, a costa de la sociedad. Este irresponsable y megalómano grado de improvisación es el que se percibe en las conductas y declaraciones integrantes del gobierno de Cristina, ahora amparados en ese principio liminar del marxismo que reza que “todo lo que conduce a la revolución es moral”, sin importar demasiado precisar qué es lo que se llama “revolución”, aunque tengan claro para qué les sirve ahora, aquí y a ellos. Casi todo lo que vemos nos recuerda los aires que inundaban el espacio político en los años setenta, cuando otro grupo de “iluminados” quería instaurar el socialismo en el poder, a los que Juan Domingo Perón echó de Plaza de Mayo y el Proceso militar los enfrentó. La única diferencia entre aquellos muchachos y éstos es que aquéllos arriesgaban sus vidas y éstos, en cambio, reciben sueldos de magnitud. No es lo mismo. (*) Ingeniero. Exministro de Economía de Chubut
PABLO M. LECLERCQ (*)
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