La fascinación del chelo y piano en manos de dos francesas

El viernes se realizó el último concierto de la temporada 2014 de Armonicus.

Redacción

Por Redacción

FIN DE CICLO

El dúo integrado por las francesas Ophélie Gaillard en violonchelo y Anaïs Crestin en piano, cerró la Temporada de Armonicus, en un concierto realizado el pasado viernes en Neuquén en donde se abordaron obras escritas en el Siglo XX. El concierto logró la fascinación que implica escuchar música con la presencia viva del artista y de los oyentes, en los instantes de la duración y percepción del sonido; ahí, cuando el arte de la música se hace realidad en su efímero tiempo.

La función se concretó en la Universidad del Comahue y contó con los auspicios de la empresa Total y la Embajada de Francia. Generó lógico interés, la posibilidad de escuchar un repertorio que incluyó piezas de Debussy, Janácek, Fauré, Shostakovich y Piazzolla.

El programa se inició con la Sonata N° 1 de Claude Debussy, obra compleja sin duda para lograr un equilibrio entre ambas sonoridades instrumentales, y que fue el objetivo alcanzado por el dúo. Meta muy difícil de alcanzar, y que fue lograda por el piano, en razón de la riqueza armónica de su sonoridad que acaso debió ser atenuada -en este caso por la pianista- a niveles mucho menores de intensidad. Sin embargo este detalle no restó valor a la posibilidad de apreciar una composición poco frecuentada en las salas de conciertos, y que, además, es otra de las obras de músicos atraídos por el colorido de las atmósferas orientales, a la que parece evocarse en algunos pasajes cadenciosos y poéticos.

Luego fue el turno de una joya de la música de cámara de Leos Janácek: “Pohádka”, donde se lucieron con claridad todas aquellas novedades aportadas por el creador en su avanzado lenguaje armónico para su tiempo. Le siguió una serie de piezas de Gabriel Fauré (Élegie, Sicilienne, Romance, Papillon), en donde se destacó la célebre “Elegía”, creada por el músico en 1883 y que sin dudas es una de sus obras más difundidas. Aquí el dúo supo “destilar” el romanticismo intenso que tanto agrada al público y comunicar dulcemente los sentimientos de tristeza y desgarro, que subyacen en sus notas.

Iniciando la segunda parte, Ophélie Gaillard y Anaïs Crestin ofrecieron la Sonata op. 40 de Dmitri Shostakovich, obra que fuera revisada varias veces, hasta el tiempo de una edición de 1982 en la que se incluyeron numerosas alteraciones de la partitura en cuatro partes, con un final que pareciera ser una meditación profunda del autor. La obra fue encarada por ambas intérpretes con muy buena predisposición desde el punto de vista técnico y de sonoridad. Quedó demostrada la excelencia de la violonchelista, quien exhibe una técnica de arco de primer orden y una noble búsqueda de intencionalidad expresiva en el fraseo musical.

Como cierre, se escuchó Le Grand Tango, de Astor Piazzolla con el que las intérpretes demostraron conocer perfectamente el característico lenguaje rítmico y cadencioso del autor, en una entrega bien lograda.

Juan Carlos Tarifa


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