La “generación Y” y la Generación Dorada

Redacción

Por Redacción

MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)

Durante los recientes juegos olímpicos de Londres, algunos diarios como “Clarín” y “Perfil” dedicaron varias de sus páginas a dos tipos de generaciones diferentes que, paradójicamente, conviven en un mismo tiempo. Una devenida del ámbito laboral llamada la “generación Y” y la otra, de origen deportivo, conocida por todos como la Generación Dorada. La sociología utiliza el término “generación Y” para definir a los sucesores de la “generación X” (que tienen entre 32 y 42 años) y la baby boomer (más de 42 años). Se trata de los nacidos entre 1982 y 1994, que hoy tienen entre 18 y 30 años y están desembarcando en el mercado laboral. Los “Y” no aceptan “ponerse la camiseta” y tampoco el esfuerzo desmedido como método para alcanzar objetivos. Mucho menos, lo que sus jefes definen como “pagar derecho de piso”. Son nativos digitales que no creen que haya que hacerse desde abajo. El trabajo es para aprender y disfrutar y no para asegurarse el futuro. Un “Y” jamás se quedará después de hora y es posible que prontamente consulte por sus días de vacaciones, los Flex work (días para trabajar desde la casa), el Flex Friday (los viernes retirarse de la empresa a las 15 en lugar de las 18). El sueldo no es lo que los motiva. Necesitan que les digan que están haciendo las cosas bien y los enoja que sólo se les remarque lo que está mal Hedonistas e individualistas, para ellos lo importante es hacer lo que se siente. Curiosamente y a pesar de tan peculiares características, las empresas de tecnología (IT) se esfuerzan por retenerlos ya que su reemplazo no es tan sencillo como en otros sectores del mercado. Es que los “Y” nacieron conectados y dominan la tecnología mucho más que sus antecesores. Es su lenguaje natural. Allí marcan la diferencia cognitiva y creativa que los hace tan atractivos para las empresas de punta. Por las mismas horas, posiblemente varios leds de estas multinacionales mostraban cómo un jugador de básquet argentino juntaba magullones peleando cada pelota que le tocaba disputar. Con varias de sus figuras al borde de su jubilación, el equipo nacional seguía ofreciendo dura batalla. No debían demostrar nada, ya lo habían ganado todo, pero allí estaban con la misma pasión del primer día. Desde el Mundial de Indianápolis 2002 bajo la conducción de Rubén Magnano, en que Argentina logró romper la historia y vencer al Dream Team perdiendo en un final dudoso con Yugoslavia, este grupo se propuso llegar muy lejos. Al finalizar los juegos de Atenas y coronarse campeón olímpico –en la mayor proeza que nuestro deporte recuerde– el “USA Today” escribía: “Los Estados Unidos no tienen más el invencible poderío en basquetbol que una vez tuvieron. Los mejores jugadores del mundo podrán estar en la NBA, pero el mejor equipo, hoy por hoy, es Argentina.” Este equipo se mantuvo unido bajo el mando de Sergio Hernández y logró así el cuarto puesto en el mundial de Japón 2006, la medalla de bronce en los juegos olímpicos de Beijing 2008 y un quinto puesto en Turquía 2010 sin Ginobili, Nocioni y con un Oberto enfermo. Ya bajo la batuta de Julio Lamas, Argentina obtuvo el preolímpico de Mar del Plata y acaba de concluir los juegos londinenses, con un reñidísimo cuarto puesto. Para Alejandro Cassettai, mánager de la selección en Atenas 2004, “la clave del éxito de este grupo ha sido mantener valores. Éstos son confianza en sí mismos, sacrificio, entrega, amor por la camiseta, humildad, amistad, nada de individualismo, trabajo en equipo, ser ganadores en la vida, respeto por ellos mismos, por los entrenadores y por sus rivales, buscar objetivos comunes y, sobre todo, creer que todo se puede”. Pero, además, hay ciertos comportamientos de esta generación que la apartan y distinguen del discurso clásico. Este equipo de básquet es cero polémicas y cero excusas, cien por ciento entrega y autocrítica. No hay una mácula de divismo ni de soberbia en sus integrantes. Ello no es virtud exclusiva de los jugadores, el cuerpo técnico y la dirigencia dieron una lección de madurez cuando enrocaron sus puestos el coach principal y su ayudante (Lamas-Hernández) y pidieron ayuda a otros colegas para estar a la altura de los NBA. A pesar de los recambios de jugadores, el nivel del juego no decayó significativamente, demostrando siempre que lo colectivo estaba muy por encima de lo individual. Estos señores aman lo que hacen, ponerse la camiseta, y trabajarían por ella –si pudieran– toda la vida. Argentina es una tierra plagada de contradicciones a las que se suma un tiempo de cambios permanentes y de distintas valoraciones sobre cuestiones que considerábamos inconmovibles. Entre estas paradojas puede que el lector por edad y formación se sienta identificado con una generación y no con la otra. Puede también que ni la “generación Y”, ni la Generación Dorada representen al argentino medio o quizás tal vez, sin saberlo, siempre hayamos tenido un poco de cada una. (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física. marceloangriman@ciudad.com.ar


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