La hora de Irak
Reforzado por un triunfo electoral superior al previsto en su propio país y por el igualmente sorprendente voto unánime del Consejo de Seguridad de la ONU en favor de una resolución que obliga al dictador iraquí Saddam Hussein a desarmarse o enfrentar «consecuencias graves», el presidente norteamericano George W. Bush ya ha iniciado los preparativos para una guerra en el Medio Oriente. Aunque por lo pronto se tratará en parte de una maniobra psicológica destinada a provocar un golpe de estado en Irak, eliminando de este modo el casus belli, la puesta en marcha de la enorme maquinaria bélica de la superpotencia ya significa que a menos que se produzcan cambios muy sustanciales en Bagdad, con cada día que transcurra un conflicto se hará más probable. Por cierto, no podrán impedirlo las grandes manifestaciones de protesta como la celebrada hace poco en la ciudad italiana de Florencia que están organizando distintas agrupaciones contestatarias e izquierdistas europeas. A juicio de Bush y de muchos otros, la mentalidad de los pacifistas sinceros que participan en tales protestas es idéntica a aquella de sus precursores que en los años veinte y treinta hicieron tanto para debilitar a Gran Bretaña y Francia frente a Alemania, contribuyendo de este modo a hacer todavía más terrible la carnicería de la Segunda Guerra Mundial, mientras que la presencia notable de comunistas, anarquistas y simpatizantes declarados de Osama ben Laden les brinda motivos más que suficientes como para minimizar su importancia.
Para Bush y sus allegados, los debates bizantinos en torno de la legitimidad o no de la ofensiva contra Saddam pesan mucho menos que la convicción de que las actividades y ambiciones del dictador plantean un peligro enorme no sólo a sus vecinos, entre ellos Israel, sino también a Europa y a Estados Unidos mismo. Por su parte, los que se oponen a Bush sin por eso querer a Saddam insisten en que no es tan peligroso como suelen afirmar en Washington y que aun cuando lo fuera sería posible domesticarlo tratándolo como un gobernante normal. Tal actitud puede entenderse. El mundo sería un lugar mejor si todos los regímenes fueran amantes de la paz que se dedicaran a promover el bienestar de sus respectivos pueblos de suerte que es natural que muchos se hayan esforzado por convencerse de que realmente lo son. Sin embargo, tanto la historia de nuestra especie como la trayectoria del propio Saddam sugiere que sería un error apostar mucho a que hemos ingresado en una nueva época signada por la razonabilidad universal.
Si bien por ahora la unilateralidad norteamericana parece menos amenazadora que la voluntad de personajes como Saddam de adquirir el poder suficiente como para intimidar o conquistar a otras naciones, esto no quiere decir que no sea inquietante la propensión de los dirigentes estadounidenses a desdeñar las opiniones y los intereses ajenos. Para que dejen de caer en la tentación así supuesta, empero, sería preciso que otros países o entidades supranacionales como la Unión Europea lograran restablecer el equilibrio de poder que se desplomó con la implosión de la Unión Soviética. Mientras esto no suceda, Estados Unidos, por ser tanto más poderoso que todos los demás, seguirá obrando conforme a sus propios criterios, dejando a los europeos, latinoamericanos, rusos, chinos y otros cumplir un papel pretendidamente «moral», criticando la conducta de los norteamericanos ya por creerla negativa, ya con el propósito oportunista de intentar aprovechar las circunstancias en beneficio propio. De los eventuales rivales de Estados Unidos, el único que en el plazo mediano podría disputarle la hegemonía es la Unión Europea, pero puesto que muchos dirigentes sectoriales y algunos gobernantes europeos han optado por hacer de su presunto pacifismo su mejor arma moral, no les será nada fácil dotarse de las fuerzas militares que les permitirían desempeñar un rol internacional que correspondiera con su poder económico, razón por la que es de prever que en términos realistas las manifestaciones multitudinarias que, por una variedad de motivos -algunos respetables, otros siniestros-, están celebrándose en contra de una eventual guerra en Irak, resultarán tan contraproducentes como los fenómenos similares que se vieron en el mismo continente setenta años atrás.
Reforzado por un triunfo electoral superior al previsto en su propio país y por el igualmente sorprendente voto unánime del Consejo de Seguridad de la ONU en favor de una resolución que obliga al dictador iraquí Saddam Hussein a desarmarse o enfrentar "consecuencias graves", el presidente norteamericano George W. Bush ya ha iniciado los preparativos para una guerra en el Medio Oriente. Aunque por lo pronto se tratará en parte de una maniobra psicológica destinada a provocar un golpe de estado en Irak, eliminando de este modo el casus belli, la puesta en marcha de la enorme maquinaria bélica de la superpotencia ya significa que a menos que se produzcan cambios muy sustanciales en Bagdad, con cada día que transcurra un conflicto se hará más probable. Por cierto, no podrán impedirlo las grandes manifestaciones de protesta como la celebrada hace poco en la ciudad italiana de Florencia que están organizando distintas agrupaciones contestatarias e izquierdistas europeas. A juicio de Bush y de muchos otros, la mentalidad de los pacifistas sinceros que participan en tales protestas es idéntica a aquella de sus precursores que en los años veinte y treinta hicieron tanto para debilitar a Gran Bretaña y Francia frente a Alemania, contribuyendo de este modo a hacer todavía más terrible la carnicería de la Segunda Guerra Mundial, mientras que la presencia notable de comunistas, anarquistas y simpatizantes declarados de Osama ben Laden les brinda motivos más que suficientes como para minimizar su importancia.
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