La hora de la bomba
El triunfo del “halcón” Ariel Sharon en las elecciones israelíes bien podría presagiar una marejada de violencia.
Aunque había sido previsto desde hacía varias semanas el triunfo arrollador que acaba de lograr Ariel Sharon sobre Ehud Barak en las elecciones parciales israelíes, el resultado tuvo un fuerte impacto porque bien podría presagiar una marejada de violencia no sólo en el Medio Oriente sino también en el resto del mundo, sin excluir a la Argentina. Sharon tiene fama de ser un “halcón” que no vacilaría en reaccionar con ferocidad contra cualquier desafío que le planteen aquellos grupos como Hamas que no tienen interés alguno en un acuerdo que permitiera que judíos y palestinos convivieran en paz y es de suponer que los ultras islámicos harán cuanto puedan a fin de obligarlo a mostrar que es capaz de ser mucho más duro que el hombre al que reemplaza como primer ministro de Israel. Según los optimistas, que Sharon sea el más intransigente de los líderes israelíes significa que a diferencia de Barak u otro laborista tendría la autoridad personal para hacer las concesiones mínimas necesarias para satisfacer a los dirigentes palestinos encabezados por Yasser Arafat, pero a juzgar por las vicisitudes recientes del “proceso de paz” no existe ninguna fórmula concebible que ambos lados podrían aceptar.
Barak, lo mismo que el ya ex presidente norteamericano Bill Clinton y los distintos jefes de gobierno de los países de la Unión Europea, estaba convencido de que sería posible alcanzar un acuerdo que conformara a los palestinos sin poner en peligro la existencia de Israel. Sin embargo, luego de haber ofrecido a Arafat una serie de concesiones que a juicio de la mayoría de los israelíes eran suicidas, lo único que consiguió Barak fue intensificar la hostilidad de los palestinos y de organizaciones atrincheradas en países vecinos deseosas de agravar el conflicto. Puede que una proporción sustancial del pueblo palestino quiera vivir en paz, pero por motivos comprensibles escasean los dirigentes que se animarían a decirlo. Por el contrario, los más parecieron resueltos a tomar cualquier concesión israelí, como la supuesta por la retirada de tropas del sur del Líbano, por evidencia de debilidad, de manera que el “proceso de paz”, lejos de contribuir a tranquilizar la región, sólo sirvió para generar cada vez más violencia.
Al votar por Sharon, un veterano que meses antes muchos consideraban un ultra irresponsable, los israelíes señalaron que ya no creen en la posibilidad de alcanzar la paz a cambio de concesiones que serán aprovechadas por quienes nunca han abandonado el sueño de la destrucción total del Estado de Israel. Incluso los progresistas, decepcionados menos por la torpeza atribuida a Barak que por las maniobras a su juicio maquiavélicas de Arafat, parecen haber llegado a la conclusión de que en última instancia la paz dependerá de la superioridad militar aplastante de Israel y de la voluntad de utilizarla sin titubear. Se trata de una actitud un tanto extraña desde el punto de vista de la “comunidad internacional”, cuyos voceros están habituados a hablar como si todos los dirigentes de todos los países fueran hombres o mujeres razonables dispuestos a ir a cualquier extremo “en busca de la paz”, pero a la luz de la historia tanto del Medio Oriente como del género humano en su conjunto, sería difícil negar que en esta oportunidad los israelíes no se han equivocado.
En términos militares, Israel es una superpotencia regional, plenamente capaz de golpear con fuerza contundente a todos los países árabes, pero contra enemigos guerrilleros o civiles su poderío convencional no ha resultado ser tan decisivo. Asimismo, no hay por qué creer que los muchos grupos árabes y sus aliados que cuestionan el derecho a existir de Israel se sentirán limitados por la geografía o que procurarán concentrarse en blancos “legítimos”. Por eso, parece más que probable que en los próximos meses haya muchos atentados similares al perpetrado en nuestro país contra la embajada de Israel y la sede de la AMIA. ¿Estarán las fuerzas de seguridad en condiciones de frustrarlos? ¿Querrán hacerlo todos sus integrantes? Puesto que la respuesta a dichos interrogantes es negativa, el triunfo de Sharon, si bien comprensible, ha sido una mala noticia para muchos que no sienten ningún interés en la evolución del drama árabe-israelí.