La hora de los novatos
Puede que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no haya cometido un delito cuando decidió acercarse al régimen teocrático iraní por suponer que las acusaciones en su contra carecían de fundamento o por entender que, por las consabidas razones de Estado a las que suelen aludir los mandatarios para justificar iniciativas a primera vista inexplicables, al país le convendría pasarlas por alto. Así y todo, tanto las denuncias formuladas antes de su muerte, en circunstancias oscuras, por el fiscal a cargo de la causa AMIA, Alberto Nisman, como las respuestas desafortunadas que ensayaron diversos voceros oficialistas sirvieron para llamar la atención sobre las deficiencias patentes de un gobierno nacional que, como es notorio, depende por completo de la voluntad de una sola persona que, por inteligente y experimentada que fuera, no podría estar en condiciones de manejar absolutamente todo. Lo mismo que otras reparticiones, la Cancillería ha sido tomada por militantes que han aprovechado la oportunidad brindada por el personalismo exagerado de la presidenta para convertirla en una suerte de Unidad Básica kirchnerista, reemplazando sistemáticamente a los profesionales de carrera por integrantes de La Cámpora y sujetos como el piquetero Luis D’Elía y el líder de Quebracho Fernando Esteche, los que, por motivos es de suponer ideológicos, se sienten afines a los rabiosos ayatolás iraníes. Por antinacional y antipopular que le parezca a la presidenta, para gobernar de manera aceptable un país de más de 40 millones de habitantes como la Argentina necesitaría contar con la ayuda de equipos institucionales coherentes, o sea, de un Estado auténtico, como los que se dan en el mundo desarrollado. Antes de iniciar su primera gestión, Cristina se afirmó consciente de las deficiencias muy graves del país en dicho ámbito y se manifestó resuelta a intentar superarlas, lo que le habría aportado algunos votos adicionales, pero una vez instalada como jefa de Estado pronto llegó a la conclusión de que no sería de su interés verse obligada a obrar dentro de los límites que le supondría tener que convivir con instituciones fuertes. Como pudo preverse, el deseo de Cristina de rodearse de presuntos incondicionales leales a su persona tendría consecuencias nefastas. Por ser el kirchnerista un movimiento recién improvisado, escasean militantes que cuenten con la preparación o el talento necesarios para desempeñar funciones importantes, sobre todo en áreas tan sensibles como las correspondientes al manejo de la economía y la política exterior. No sorprende, pues, que la Argentina, luego de disfrutar de una coyuntura internacional que le era insólitamente favorable, esté debatiéndose en una crisis económica casi tan grave como la que está depauperando a la Venezuela chavista o que se haya alejado de las potencias occidentales para aproximarse a un país paria –para más señas, un exportador de terrorismo– como Irán a cambio de nada, ya que los ayatolás no le han suministrado el petróleo barato que, según parece, esperaban conseguir los impulsores del de otro modo incomprensible deshielo. Sería demasiado fácil atribuir la cantidad creciente de problemas que heredará el próximo gobierno a nada más que los caprichos de Cristina. Compartirán la culpa los muchos políticos que, por sus propios motivos, se negaron a ponerse a la altura de sus responsabilidades y también los millones de personas que, hasta hace un par de años, minimizaron la importancia de la corrupción endémica y, desde luego, las deficiencias institucionales. Gobernar ha de ser una tarea colectiva. No se trata de algo que puede ser confiado a una sola persona, por “carismática” que fuera. Hasta que el grueso de la ciudadanía lo haya comprendido, la Argentina continuará sufriendo catástrofes económicas evitables y, para perplejidad del resto del mundo, la política exterior seguirá en manos de personajes como D’Elía, Espeche, Andrés “El Cuervo” Larroque y Héctor Timerman, además de un enjambre de espías de trayectoria opaca parecidos a los que, según parece, cumplieron papeles en el novelesco intento de mejorar la relación con Irán desvinculándolo del atentado contra la AMIA y que tal vez hayan tenido que ver con la muerte sumamente sospechosa del fiscal Nisman.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 21 de enero de 2015
Puede que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no haya cometido un delito cuando decidió acercarse al régimen teocrático iraní por suponer que las acusaciones en su contra carecían de fundamento o por entender que, por las consabidas razones de Estado a las que suelen aludir los mandatarios para justificar iniciativas a primera vista inexplicables, al país le convendría pasarlas por alto. Así y todo, tanto las denuncias formuladas antes de su muerte, en circunstancias oscuras, por el fiscal a cargo de la causa AMIA, Alberto Nisman, como las respuestas desafortunadas que ensayaron diversos voceros oficialistas sirvieron para llamar la atención sobre las deficiencias patentes de un gobierno nacional que, como es notorio, depende por completo de la voluntad de una sola persona que, por inteligente y experimentada que fuera, no podría estar en condiciones de manejar absolutamente todo. Lo mismo que otras reparticiones, la Cancillería ha sido tomada por militantes que han aprovechado la oportunidad brindada por el personalismo exagerado de la presidenta para convertirla en una suerte de Unidad Básica kirchnerista, reemplazando sistemáticamente a los profesionales de carrera por integrantes de La Cámpora y sujetos como el piquetero Luis D’Elía y el líder de Quebracho Fernando Esteche, los que, por motivos es de suponer ideológicos, se sienten afines a los rabiosos ayatolás iraníes. Por antinacional y antipopular que le parezca a la presidenta, para gobernar de manera aceptable un país de más de 40 millones de habitantes como la Argentina necesitaría contar con la ayuda de equipos institucionales coherentes, o sea, de un Estado auténtico, como los que se dan en el mundo desarrollado. Antes de iniciar su primera gestión, Cristina se afirmó consciente de las deficiencias muy graves del país en dicho ámbito y se manifestó resuelta a intentar superarlas, lo que le habría aportado algunos votos adicionales, pero una vez instalada como jefa de Estado pronto llegó a la conclusión de que no sería de su interés verse obligada a obrar dentro de los límites que le supondría tener que convivir con instituciones fuertes. Como pudo preverse, el deseo de Cristina de rodearse de presuntos incondicionales leales a su persona tendría consecuencias nefastas. Por ser el kirchnerista un movimiento recién improvisado, escasean militantes que cuenten con la preparación o el talento necesarios para desempeñar funciones importantes, sobre todo en áreas tan sensibles como las correspondientes al manejo de la economía y la política exterior. No sorprende, pues, que la Argentina, luego de disfrutar de una coyuntura internacional que le era insólitamente favorable, esté debatiéndose en una crisis económica casi tan grave como la que está depauperando a la Venezuela chavista o que se haya alejado de las potencias occidentales para aproximarse a un país paria –para más señas, un exportador de terrorismo– como Irán a cambio de nada, ya que los ayatolás no le han suministrado el petróleo barato que, según parece, esperaban conseguir los impulsores del de otro modo incomprensible deshielo. Sería demasiado fácil atribuir la cantidad creciente de problemas que heredará el próximo gobierno a nada más que los caprichos de Cristina. Compartirán la culpa los muchos políticos que, por sus propios motivos, se negaron a ponerse a la altura de sus responsabilidades y también los millones de personas que, hasta hace un par de años, minimizaron la importancia de la corrupción endémica y, desde luego, las deficiencias institucionales. Gobernar ha de ser una tarea colectiva. No se trata de algo que puede ser confiado a una sola persona, por “carismática” que fuera. Hasta que el grueso de la ciudadanía lo haya comprendido, la Argentina continuará sufriendo catástrofes económicas evitables y, para perplejidad del resto del mundo, la política exterior seguirá en manos de personajes como D’Elía, Espeche, Andrés “El Cuervo” Larroque y Héctor Timerman, además de un enjambre de espías de trayectoria opaca parecidos a los que, según parece, cumplieron papeles en el novelesco intento de mejorar la relación con Irán desvinculándolo del atentado contra la AMIA y que tal vez hayan tenido que ver con la muerte sumamente sospechosa del fiscal Nisman.
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