La hora del pragmatismo

Si algo caracteriza a los presuntos presidenciables que encabezan todas las encuestas de opinión, es la moderación. Tanto Sergio Massa y Daniel Scioli como Mauricio Macri y Julio Cobos son centristas pragmáticos reacios a dejarse engañar por ilusiones ideológicas, mientras que a nadie se le ocurriría calificar de extremista al socialista santafesino Hermes Binner. Parecería que lo último que quiere el país es participar de una nueva “epopeya” liderada por un caudillo carismático. El desmoronamiento rápido del “modelo” que se improvisó luego del colapso de la convertibilidad le ha recordado que las aventuras voluntaristas del tipo ensayado por el matrimonio Kirchner y sus seguidores siempre terminan mal porque se inspiran en nada más sustancial que el deseo de encontrar una salida fácil del pantano en que la Argentina se internó hace más de setenta años. Desde la Segunda Guerra Mundial, oscila entre el facilismo populista y la conciencia de que sería mejor obrar con sobriedad sin procurar inventar modelos radicalmente distintos de los que en otras latitudes han servido para crear sociedades prósperas y relativamente igualitarias. Por desgracia, una y otra vez los problemas provocados por gobiernos escapistas resultaron ser tan graves que los esfuerzos por atenuarlos pronto desprestigiaron no sólo a sus sucesores sino también a la idea misma de que al país le conviniera limitarse a seguir por el camino que ya han transitado las sociedades más avanzadas. Algunos populistas, los que están más interesados en su futuro personal y el del “proyecto” con el que se sienten comprometidos que en el bienestar de sus compatriotas, apuestan a que el próximo gobierno se vea tan abrumado por las tareas que tenga que emprender que la mayoría no tardará en reclamar el regreso de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Si bien dicha eventualidad parece muy poco probable, he aquí un motivo, acaso el principal, por el que todos los presidenciables quieren asegurar que la señora permanezca en el poder hasta el 10 de diciembre del 2015. Para ellos, sería una catástrofe que renunciara antes, no porque crean que está en condiciones de gobernar bien en los 19 meses que según el calendario electoral le quedan, sino porque les parece imprescindible que pague los costos políticos de los errores que ha cometido su gobierno. Prefieren más de un año y medio de gobierno deficiente a correr el peligro de ser acusados de depauperar al país sometiéndolo a una serie de ajustes. Irónicamente, la actitud que han asumido los estrategas de los aspirantes a mudarse a la Casa Rosada es virtualmente idéntica a la de aquellos denostados halcones “neoliberales” norteamericanos, europeos y asiáticos que hablan de “riesgo moral” y de la necesidad de que quienes hayan votado a favor de demagogos sufran las consecuencias en carne propia. Entienden que, para sobrevivir, al gobierno que se encargue de un país con tantos problemas como la Argentina poskirchnerista le sería forzoso convencer a la ciudadanía de que no hay ninguna alternativa factible al duro programa que se verá obligado a aplicar. Los repetidos éxitos electorales del populismo se han debido en buena medida a la falta de paciencia de los alarmados por los estragos causados por gobiernos claramente ineptos. En la segunda mitad de los años setenta del siglo pasado, los “salvadores de la patria” militares contaron con la aprobación mayoritaria hasta hacerse evidente su incapacidad para poner fin a la ya crónica crisis económica nacional. Por fortuna, en la actualidad, aquella supuesta opción no existe, de suerte que un gobierno civil elegido tendrá que intentar reparar los daños ocasionados por los kirchneristas. No le será fácil en absoluto. Aun cuando Cristina y los funcionarios que la sirven logren impedir que el país caiga nuevamente en bancarrota y lleguen a finales del año que viene con las cuentas más o menos en orden, sus sucesores tendrían que encontrar el modo de reducir drásticamente el gasto público sin desatar una reacción social inmanejable, aliviar la presión impositiva, estimular las inversiones y alcanzar un arreglo satisfactorio con los acreedores tanto locales como foráneos porque, de lo contrario, al país no le sería dado reanudar el crecimiento.


Si algo caracteriza a los presuntos presidenciables que encabezan todas las encuestas de opinión, es la moderación. Tanto Sergio Massa y Daniel Scioli como Mauricio Macri y Julio Cobos son centristas pragmáticos reacios a dejarse engañar por ilusiones ideológicas, mientras que a nadie se le ocurriría calificar de extremista al socialista santafesino Hermes Binner. Parecería que lo último que quiere el país es participar de una nueva “epopeya” liderada por un caudillo carismático. El desmoronamiento rápido del “modelo” que se improvisó luego del colapso de la convertibilidad le ha recordado que las aventuras voluntaristas del tipo ensayado por el matrimonio Kirchner y sus seguidores siempre terminan mal porque se inspiran en nada más sustancial que el deseo de encontrar una salida fácil del pantano en que la Argentina se internó hace más de setenta años. Desde la Segunda Guerra Mundial, oscila entre el facilismo populista y la conciencia de que sería mejor obrar con sobriedad sin procurar inventar modelos radicalmente distintos de los que en otras latitudes han servido para crear sociedades prósperas y relativamente igualitarias. Por desgracia, una y otra vez los problemas provocados por gobiernos escapistas resultaron ser tan graves que los esfuerzos por atenuarlos pronto desprestigiaron no sólo a sus sucesores sino también a la idea misma de que al país le conviniera limitarse a seguir por el camino que ya han transitado las sociedades más avanzadas. Algunos populistas, los que están más interesados en su futuro personal y el del “proyecto” con el que se sienten comprometidos que en el bienestar de sus compatriotas, apuestan a que el próximo gobierno se vea tan abrumado por las tareas que tenga que emprender que la mayoría no tardará en reclamar el regreso de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Si bien dicha eventualidad parece muy poco probable, he aquí un motivo, acaso el principal, por el que todos los presidenciables quieren asegurar que la señora permanezca en el poder hasta el 10 de diciembre del 2015. Para ellos, sería una catástrofe que renunciara antes, no porque crean que está en condiciones de gobernar bien en los 19 meses que según el calendario electoral le quedan, sino porque les parece imprescindible que pague los costos políticos de los errores que ha cometido su gobierno. Prefieren más de un año y medio de gobierno deficiente a correr el peligro de ser acusados de depauperar al país sometiéndolo a una serie de ajustes. Irónicamente, la actitud que han asumido los estrategas de los aspirantes a mudarse a la Casa Rosada es virtualmente idéntica a la de aquellos denostados halcones “neoliberales” norteamericanos, europeos y asiáticos que hablan de “riesgo moral” y de la necesidad de que quienes hayan votado a favor de demagogos sufran las consecuencias en carne propia. Entienden que, para sobrevivir, al gobierno que se encargue de un país con tantos problemas como la Argentina poskirchnerista le sería forzoso convencer a la ciudadanía de que no hay ninguna alternativa factible al duro programa que se verá obligado a aplicar. Los repetidos éxitos electorales del populismo se han debido en buena medida a la falta de paciencia de los alarmados por los estragos causados por gobiernos claramente ineptos. En la segunda mitad de los años setenta del siglo pasado, los “salvadores de la patria” militares contaron con la aprobación mayoritaria hasta hacerse evidente su incapacidad para poner fin a la ya crónica crisis económica nacional. Por fortuna, en la actualidad, aquella supuesta opción no existe, de suerte que un gobierno civil elegido tendrá que intentar reparar los daños ocasionados por los kirchneristas. No le será fácil en absoluto. Aun cuando Cristina y los funcionarios que la sirven logren impedir que el país caiga nuevamente en bancarrota y lleguen a finales del año que viene con las cuentas más o menos en orden, sus sucesores tendrían que encontrar el modo de reducir drásticamente el gasto público sin desatar una reacción social inmanejable, aliviar la presión impositiva, estimular las inversiones y alcanzar un arreglo satisfactorio con los acreedores tanto locales como foráneos porque, de lo contrario, al país no le sería dado reanudar el crecimiento.

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