La incertidumbre se pone de moda
SEGÚN LO VEO
Los profetas de calamidades por venir están disfrutando de cierta popularidad en el relativamente próspero mundo occidental. No sólo los “tecnófobos” temen encontrar en la caja de Pandora de la ciencia algo que ponga fin a la gran aventura humana. Stephen Hawking, el físico más famoso del planeta, dice que la inteligencia artificial podría significar el exterminio de nuestra especie ya que, una vez en marcha, las máquinas pensantes, libres de obstáculos biológicos, evolucionarían con mayor rapidez que nosotros, “rediseñándose a sí mismas”, para entonces decidir que no nos necesitan.
Pocos irían tan lejos, pero Hawking no es el único que se siente perturbado por las eventuales consecuencias del incesante progreso de la ciencia y de las aplicaciones tecnológicas que está posibilitando. Los impresionados por la proliferación de impresoras 3D advierten que pronto podrían encargarse de la producción industrial, lo que sería catastrófico para centenares de millones de trabajadores que aún no se han visto perjudicados por el progreso exponencial de la informática.
Otros, entre ellos el secretario general de la ONU y, de tomarse en serio sus declaraciones, casi todos los políticos significantes, creen que, a causa de la contaminación ambiental que atribuyen a las actividades económicas tanto industriales como agrícolas, el planeta está por convertirse en un horno. También los hay que temen que en cualquier momento un virus como el del ébola, que ya ha matado a miles de personas en África occidental, provoque estragos inmanejables.
Asimismo, en todas partes los servicios de inteligencia están procurando impedir que terroristas dispuestos a suicidarse consigan una bomba atómica sucia o logren destruir las redes informáticas mundiales con un pulso electromagnético, lo que según algunos devolvería los países más avanzados al siglo XIX, cuando no a la Edad de Piedra.
El malestar producido por la conciencia nada arbitraria de que algunos avances científicos podrían tener consecuencias perversas se ha visto reforzado por la sensación de que los líderes de los países más poderosos no están preparados anímicamente para hacer frente a desafíos que ya han surgido. Por cierto, abundan las señales de que el mundo ha entrado en una etapa muy agitada. El desplome imprevisto del precio del petróleo ha asestado un golpe feroz a la Rusia de Vladimir Putin que, al perder valor el rublo, ha visto achicarse tanto la economía que apenas supera la de España, y a la Venezuela de la ya moribunda revolución bolivariana. Los dos países, además de Irán, podrían caer en una depresión económica parecida a la de los años treinta del siglo pasado.
¿Cómo reaccionarán Putin, un mandatario llamativamente belicoso, y los furibundos teócratas iraníes? Sus asustados vecinos creen saber la respuesta: lo mismo que tantos otros a través de los siglos que se han encontrado en circunstancias parecidas, tratarán de reencauzar el rencor provocado por las penurias económicas ensañándose con presuntos enemigos externos. Puesto que Rusia ya está ocupada despedazando a Ucrania, el peligro planteado por el desplome económico que está sufriendo es evidente. Por su parte Irán, que podría estar a punto de dotarse de un arsenal nuclear acaso primitivo pero así y todo útil, quiere aprovechar en beneficio propio el caos provocado por la rebelión islamista contra el mundo moderno que, en el universo árabe, Pakistán, Afganistán y todo el norte de África, está haciéndose cada vez más salvaje, con matanzas diarias de cristianos y musulmanes juzgados impiadosos o demasiado tolerantes.
No se trata sólo de convulsiones en zonas atrasadas crónicamente inestables o en un país de dimensiones continentales traumatizado por más de medio siglo de totalitarismo. Algunos especialistas prevén que la economía de China experimentará la madre de todas las crisis financieras al estallar una burbuja inmobiliaria que ha adquirido dimensiones colosales -hay ciudades recién construidas para millones de habitantes que están repletos de monobloques portentosos en que nadie vive- o caer en ruinas el enorme sistema bancario en las sombras cuya existencia angustia a los jefes del régimen nominalmente comunista. De estar en lo cierto quienes pronostican el fin abrupto del milagro chino, las repercusiones se harían sentir en el mundo entero.
Mientras tanto, los europeos siguen aferrándose al Estado de bienestar socialdemócrata que durante décadas funcionó muy bien pero que hace tiempo dejó de ser viable. La población ha envejecido y el sistema productivo se ha modificado de tal modo que escasean empleos apropiados para quienes no poseen los conocimientos y aptitudes exigidos, pero por razones comprensibles la sociedad se resiste a adaptarse a la nueva realidad. Nadie quiere ser privado de las “conquistas sociales” ganadas por generaciones anteriores, pero mantenerlas parece imposible. Tal y como están las cosas, el futuro socioeconómico de Europa parece sombrío.
Los europeos tienen buenos motivos para preocuparse. La falta de dinamismo económico se ve acompañada por una sensación novedosa de impotencia. Acostumbrados a ser protegidos por los norteamericanos, los progresistas europeos que, desde los años setenta del siglo pasado, dominan los debates públicos, lograron convencerse de que era penosamente anticuado suponer que en ocasiones convendría contar con el poder militar suficiente para defenderse de enemigos externos.
Además de brindar a los yihadistas motivos para suponer que les será fácil reconquistar España y hacer flamear la bandera negra del islam sobre el Vaticano antes de proceder a apoderarse de lo que quedaría del Viejo Continente, la supuesta debilidad de Europa ha estimulado una fuerte reacción nacionalista o derechista en Francia y otros países que virtualmente garantiza que en los años venideros se produzcan conflictos violentos.
¿Conseguirá Estados Unidos mantenerse de pie? Algunos lo dudan: alarmados por la creciente desigualdad económica, las perspectivas nada alentadoras frente al grueso de la clase media, las tensiones raciales y la contradicción que se da entre la voluntad mayoritaria de dejar que el resto del mundo se cocine en su propia salsa y lo imposible que será mantener a raya patologías ajenas aislándose de un mundo irremediablemente globalizado merced en buena medida a tecnologías desarrolladas en Estados Unidos, los pesimistas creen que la superpotencia tiene los días contados. Puede que se hayan equivocado y que, de una manera u otra, las pesadillas que los atormentan no presagien nada realmente malo, pero el que se haya puesto de moda últimamente opinar que hemos regresado a 1914 ó 1939 es de por sí inquietante.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON