La inflación leva sus anclas

Por Redacción

COLUMNISTAS

Los siete años de manipulación estadística que el Indec mostró hasta diciembre del 2013 parecieron encontrar su fin al mes siguiente, cuando el ministro Axel Kicillof anunció el 3,7 por ciento del por entonces flamante Ipcnu. Sólo hubo que esperar algunos meses para que todo volviera a la anormal normalidad de los siete años anteriores, con una brecha cada vez mayor entre la inflación oficial y la de las consultoras y los pocos distritos que aún miden sus precios.

Y con esa brecha vino incorporada la batalla discursiva entre oficialismo y oposición acerca de cuál es la medición valedera. Pero al margen de los cruces de declaraciones, conviene repasar la evolución de las principales variables como para tener presente que, parafraseando a la presidenta, a la inflación no la puso el Espíritu Santo.

Del 2003 al 2013 el gasto del Estado nacional aumentó un 1.083 por ciento y podría llegar al 1.650 cuando finalice el año en curso. En el mismo lapso, se pasó de un superávit financiero de 434,7 millones de pesos a un déficit de 64.477,2 millones, que subiría a más de 124.000 millones si se excluyen las asistencias financieras de la Anses y el Banco Central. Para fin del 2014, las estimaciones son de más de 200.000 millones de pesos.

Las llamadas “rentas de la propiedad” crecieron en el período un 11.700 por ciento, de lo que cabe concluir que cada vez se requieren más fondos de las futuras jubilaciones y del respaldo de la moneda para financiar el déficit público. Al asumir Néstor Kirchner la Presidencia, el dólar de cobertura, surgido del cociente entre base monetaria y reservas, era de 3,05 pesos. Hoy es de 14,75 pesos, pero llegaría a 22,50 si no fuera por la desmedida emisión de letras del BCRA. El stock de las Lebacs creció en ese período un 4.040 por ciento y, de representar el equivalente al 15 por ciento de las reservas, llegan hoy a equivaler más del 90 por ciento. Por si no alcanzaran las presiones inflacionarias, la pésima política energética transformó una balanza superavitaria que, según Mario Brodersohn, acumuló un saldo de 33.000 millones de dólares hasta el 2010 y que desde entonces hasta el fin del mandato de Cristina Fernández se empardará con un déficit, en el mejor de los casos, similar.

Con ese estado de cosas, de lo que lo mencionado es apenas una síntesis, es absurdo preguntarse si la inflación anual será inferior o superior al 40 por ciento. La pregunta que hay que hacerse es por qué la inflación es tan baja.

Y lo es, básicamente, por las dos “anclas” de las que se valió el kirchnerismo a lo largo de sus tres presidencias. Las exportaciones de soja y sus derivados y la estabilidad monetaria en Brasil. A pocos días del centenario del nacimiento de Rogelio Frigerio (abuelo), no está de más recordar cuál era a su juicio la principal característica de un país subdesarrollado: la dependencia del factor externo. En otras palabras, tener toda la economía pendiente de una devaluación resuelta en Brasilia o de que en Beijing necesiten residuos de soja para alimentar cerdos. Por mucho menos se escribieron decenas de libros contra el imperialismo británico. Al menos, el trigo y la carne de hace un siglo eran para alimentar seres humanos…

De las dos anclas, la del complejo oleaginoso es la más poderosa. Sin ella el superávit comercial acumulado de más de 160.000 millones de dólares sería un déficit de más de 60.000 millones. La diferencia son los famosos “dólares genuinos” a los que hace no mucho tiempo hacía referencia la presidenta y que determinan, por ejemplo, que en la Argentina aún haya reservas, que la devaluación del peso no sea infinita y que a la inflación no haya que adosarse el prefijo “híper”.

Pero no debe minimizarse el poder de la otra ancla. Las devaluaciones de las sucesivas monedas brasileñas siempre dieron de lleno en nuestra economía y su impacto fue creciendo a medida que se ampliaban las diferencias entre los dos países y se intensificaba el comercio bilateral. La última de trascendencia fue la de principios de 1999 y representó un furibundo mazazo a la competitividad argentina y, en definitiva, uno de los elementos que precipitó la crisis de dos años después.

Es por eso que la inédita estabilidad del real es hasta el momento una ayuda inestimable. A quienes se asustan porque en el 2014 el dólar pasó en San Pablo de 2 a 2,40 reales, habrá que recordarles que hace doce años cotizaba arriba de los 3 reales.

Y si necesitan sustento científico, el matemático José Dutra Vieira Sobrinho demostró recientemente que el real es la segunda moneda más valorizada en los últimos diez años en comparación con las monedas de otros países de América del Sur, México e integrantes del grupo Brics. Sólo el peso colombiano tuvo una valorización superior al real en el período.

Como no hay mal que por bien no venga, todas las buenas noticias tienen su contracara: alguna vez se terminan. Después de una apreciación prolongada, por lo general viene una devaluación y los precios de las materias primas no suben indefinidamente.

En otras palabras, las anclas inflacionarias se están levando. Y sin un capitán con las ideas claras, el barco puede irse a la deriva.

Hace más de dos siglos que Napoleón Bonaparte recomendaba que con las bayonetas se podía hacer cualquier cosa menos sentarse sobre ellas. No hace falta ser un estratega para darse cuenta de los riesgos de tener durante once años dos anclas sobre la cabeza.

Marcelo Bátiz

Analista económico DyN

Marcelo Bátiz