La llegada de Bush
Tanto el gobierno actual como sus sucesores inmediatos no tendrán otra opción que apostar con más entusiasmo al “modelo”, profundizándolo.
Si bien el triunfo de George W. Bush en las elecciones norteamericanas fue en buena medida producto de un fallo harto discutible de la Corte Suprema en que los jueces votaron según sus compromisos partidarios particulares, dicho detalle no ha impedido que muchos políticos de actitudes similares en el resto del mundo lo hayan tomado por evidencia de que se ha iniciado un nuevo período de predominio “neoconservador” luego del intervalo de ocho años signado por el interés de Bill Clinton en lo que el primer ministro británico Tony Blair llama la tercera vía. En otras palabras, es probable que en todas partes el centro de gravedad de la política se desplace hacia la derecha, alejándose del intervencionismo limitado que últimamente ha estado en boga, fenómeno que incidirá mucho en la evolución de nuestro país. Asimismo, por ser el hijo del ex presidente George Bush, “amigo” personal de otro ex presidente, Carlos Menem, éste no ha disimulado su esperanza de que el cambio que está por producirse en Washington sirva para mejorar sus propias fortunas. No se trata de una fantasía. Aunque la influencia de Bush y de sus colaboradores en la política argentina será indirecta, no cabe duda de que incluso si su gestión resulta ser un fracaso rotundo la buena relación de Menem con los responsables de gobernar la superpotencia hará subir sus acciones al permitirle desempeñar el rol de representante local de la corriente internacionalmente hegemónica.
Cabría suponer que, a diferencia de su antecesor, el presidente Fernando de la Rúa hubiera preferido que el demócrata Al Gore ganara la prolongada disputa electoral y cuasijurídica que decidió el futuro político de los Estados Unidos: al fin y al cabo, se cree un miembro pleno del club de la tercera vía en el que Clinton ha jugado un papel protagónico y son muchos los aliancistas que sienten que en el fondo el mandatario saliente comparte su escala de valores. Sin embargo, en vista de la propia situación de De la Rúa como presidente de instintos muy conservadores que encabeza una coalición habitualmente tildada de “centro izquierda”, el que el gobierno de los Estados Unidos sea republicano podría resultarle beneficioso porque en los próximos meses al menos contribuirá a debilitar a Raúl Alfonsín y a otros dirigentes populistas cuyos planteos parecerán aún más anticuados que antes. Como acaba de recordarnos el “blindaje financiero”, la Argentina depende por completo de la buena voluntad de la comunidad internacional liderada por los Estados Unidos, de suerte que será natural que el ejemplo brindado por el gobierno de Bush incida mucho en las actitudes locales.
A pesar de todo lo ocurrido a partir de 1983, la mayoría de los radicales, frepasistas y peronistas sigue hablando como si estuviera convencida de que el “neoliberalismo” – es decir, el capitalismo tal como se lo practica en el mundo desarrollado -, resultará ser una mera aberración pasajera propia de una época de confusión después de la cual el mundo volverá a privilegiar “la política”. Es factible que estén en lo cierto y que las próximas décadas nos deparen algunas sorpresas al recuperar los adversarios del “mercado” franjas del terreno perdido, pero la verdad es que por ahora el credo aborrecido disfruta de buena salud y todo hace pensar que tendrán que transcurrir muchos años antes de que se agote el ciclo que fue puesto en marcha por Margaret Thatcher y Ronald Reagan y que dio al menemismo su base ideológica. Así las cosas, tanto el gobierno actual como sus sucesores inmediatos no tendrán otra opción que la de apostar con más entusiasmo al “modelo”, dedicándose a “profundizarlo”, y de priorizar la relación con los Estados Unidos, ajustando sus políticas para que se encuadren mejor dentro de la estrategia global de la superpotencia. Por supuesto, no sería cuestión de un esfuerzo premeditado por complacer a los republicanos más poderosos sino de una reacción lógica por parte de la clase dirigente frente a un cambio de clima que de todos modos ya se había hecho sentir aquí bien antes de celebrarse las elecciones norteamericanas, obligando al gobierno de De la Rúa a abandonar muchos proyectos que, por las razones que fueran, resultaban ser inviables en el mundo tal como se ha perfilado.