La miseria eclipsada
La desigualdad se debe a un sistema impositivo regresivo y a un Estado al servicio de la política.
En los buenos tiempos, o sea, cuando la tasa de crecimiento es relativamente robusta y existe la impresión de que la Argentina está por enriquecerse, políticos y otros coinciden en que la extrema pobreza en que viven por lo menos diez millones de personas es el problema principal del país. En los malos tiempos, empero, las penurias de los rezagados suelen perderse de vista al privilegiar los “dirigentes” y los medios de comunicación la “reactivación”, objetivo que según parece requeriría una fuerte reducción de impuestos y diversas medidas destinadas a ayudar a los empresarios. Ya que la recesión se ha prolongado demasiado y la mayoría se ha convencido de que el gobierno del presidente Fernando de la Rúa es el gran responsable de esta desgracia, desde mediados del año pasado está consolidándose un consenso en el sentido de que los impuestos son intrínsecamente negativos y que por lo tanto es deber del ministro de Economía reducirlos al mínimo imprescindible. Gracias en parte a los experimentos del gobernador cordobés, José Manuel de la Sota, y en parte a la prédica incansable de voceros sectoriales deseosos de aprovechar el desánimo que se ha apoderado del grueso de la clase media, cualquier decisión oficial para rebajar los impuestos sería ampliamente tomada por evidencia de que el gobierno finalmente ha comprendido que de reanudarse el crecimiento no tendría que inquietarse por el futuro nacional.
En efecto, ya son muy pocos los interesados en transferir recursos desde los sectores más acomodados hacia los demás. A esta altura, ningún movimiento significativo, ni siquiera el Frepaso, está dispuesto a hacer de la “redistribución” una de sus banderas, sin duda por entender que los costos electorales de tamaña herejía serían elevados. Aunque muchos siguen hablando pestes de un “modelo” a su juicio sumamente injusto, virtualmente nadie quiere reconocer que de remplazarlo por otro más igualitario una consecuencia inevitable consistiría en un aumento fenomenal de la presión impositiva porque no sería posible “redistribuir” el ingreso sin perjudicar a algunos. Huelga decir que esta actitud ambigua – estar en favor de la idea de equidad pero en contra de cualquier medida que podría concretarla -, significa que los “debates” en torno a la política social y económica tanto del gobierno actual como de sus antecesores carecen de sentido real. Sólo se trata del intercambio de eslóganes huecos formulados con el propósito de llamar la atención sobre la sensibilidad humana del orador.
Los adversarios más resueltos de los impuestos son, obvio es decirlo, los empresarios y sus voceros. Ni lerdos ni perezosos, sus “lobbistas”, encabezados por la Unión Industrial Argentina, están reclamando una rebaja tributaria inmediata, además de algunas medidas proteccionistas, que, insisten, harían más “competitivas” a las empresas nacionales. Desde su punto de vista, tales pretensiones son lógicas, pero no hay motivos para creer que de ceder el gobierno los resultados beneficiarían al país en su conjunto. Antes bien, de reducirse los impuestos que paga – mejor dicho, que debería pagar – un sector determinado, no tardaría en difundirse por el país la sensación de que el gobierno se sabe derrotado en su hipotética guerra contra la evasión y que por lo tanto a nadie le convendría intentar mantenerse al día con las autoridades tributarias.
La extrema desigualdad que caracteriza a la Argentina actual se debe a varios factores, de los cuales los dos más importantes consisten en un sistema impositivo muy regresivo y un Estado que se ha convertido en una inmensa caja al servicio de la política. Por supuesto que el “modelo” así supuesto no tiene nada que ver con el “liberalismo” o con los consejos del FMI, el cual siempre ha pedido al gobierno de turno recaudar con más eficiencia y procurar asegurar que el dinero resultante sea mejor empleado, pero puesto que es del interés de políticos comprometidos con el statu quo atribuir el estado del país a la maldad ajena, distrayendo de esta manera la atención acerca de las causas auténticas, continuarán insistiendo en que la “solución” consiste en recaer en las prácticas tradicionales aunque éstas, no lo olvidemos, son las que nos llevaron a la situación nada satisfactoria en la que hoy nos encontramos.