La muerte de otro tirano
Aparte del presidente venezolano Hugo Chávez y sus propios dependientes, muy pocos sentirán mucho pesar por la muerte del dictador norcoreano Kim Jong-il, un gángster cruel que, además de encabezar un régimen que hizo de su país un inmenso campo de concentración, prefirió dejar morir de hambre a millones de compatriotas a privar de recursos a los militares. Así y todo, incluso los enemigos más acérrimos del dictador han sido reacios a celebrar su muerte por miedo a lo que podría suceder en los meses próximos. No bien se difundió, luego de una larga demora, la noticia del fallecimiento del “querido líder”, Corea del Sur puso en estado de alerta a sus fuerzas armadas: el gobierno teme que el heredero de Kim Jong-il, su hijo Kim Jong-un, se suponga obligado a impresionar a los generales que lo rodean con su condición de estratega genial atacando, aunque sólo fuera en escala menor, blancos en la mitad sureña del país dividido, como en efecto sucedió el año pasado cuando los norcoreanos torpedearon un buque de la marina surcoreana y dispararon artillería contra una isla fronteriza. También existe la posibilidad de que los jefes militares se nieguen a apoyar a Kim Jong-un, un joven rechoncho de menos de 30 años que, conforme a los principios monárquicos que rigen en un país supuestamente comunista, acaba de suceder a su padre. De ser así, Corea del Norte podría ser el escenario de una confusa guerra civil entre bandas sumamente brutales. Si bien el eventual colapso de un régimen tan salvaje y vil como el norcoreano sería muy positivo, se da el peligro de que, antes de hundirse, una de las facciones en pugna haga uso de las armas nucleares que Kim Jong-il consiguió desarrollar, lo que desataría un conflicto regional que resultaría terriblemente costoso en vidas humanas. A pesar de la necesidad evidente de reducir el riesgo de que estalle una conflagración nuclear, el objetivo principal de la llamada comunidad internacional debería consistir en ayudar al pueblo norcoreano que desde hace más de medio siglo es víctima de una dictadura a un tiempo tan grotescamente totalitaria y tan brutal que en comparación con ella la China actual se parece a un paraíso libertario en que se respetan los derechos humanos. Con la excepción de los integrantes de una elite muy pequeña, los norcoreanos son indigentes, con un ingreso per cápita que apenas llega a la séptima parte del argentino y es inferior a la décima del surcoreano. Así y todo, las teatrales manifestaciones públicas de dolor incontenible por la muerte del dictador que tanto contribuyó a institucionalizar la miseria extrema no puede atribuirse a nada más que el miedo a ser castigado por indiferencia aparente; en sociedades herméticas como la norcoreana, muchas personas creerán a pie juntillas en la ideología oficial. En el caso de Corea del Norte, la doctrina oficial es una mezcla de comunismo estalinista, de ahí el culto a la personalidad del líder máximo, con el nacionalismo racista, ya que el régimen se proclama defensor a ultranza de la pureza genética coreana supuestamente amenazada por otros, razón por la que las autoridades obligan a abortar a refugiadas embarazadas devueltas por sus aliados chinos. A veces parecería que los vecinos de Corea del Norte, incluyendo a los surcoreanos, se sienten aún más preocupados por el riesgo de tener que encargarse de millones de refugiados famélicos que por el de un conflicto militar de consecuencias previsiblemente atroces. Se trata de una actitud muy poco solidaria que sería comprensible si se tratara de un pueblo irremediablemente extranjero, pero mal que les pese a los surcoreanos éste dista de ser el caso. Aunque la diferencia económica, y de resultas de décadas de adoctrinamiento, cultural, entre las dos partes de la península es decididamente mayor que la que separaba Alemania occidental de la zona ex comunista oriental, los surcoreanos no podrán negarse a aceptar la reunificación por motivos meramente materiales. Puede que a muchos surcoreanos no les entusiasmen la posibilidad de que dentro de poco tengan que emprender la tarea gigantesca que les supondría manejar la reintegración al resto del mundo de aproximadamente 23 millones de víctimas de una dictadura feroz, pero si como algunos prevén Corea del Norte se desploma, no tendrían más alternativa que la de hacerlo.
Aparte del presidente venezolano Hugo Chávez y sus propios dependientes, muy pocos sentirán mucho pesar por la muerte del dictador norcoreano Kim Jong-il, un gángster cruel que, además de encabezar un régimen que hizo de su país un inmenso campo de concentración, prefirió dejar morir de hambre a millones de compatriotas a privar de recursos a los militares. Así y todo, incluso los enemigos más acérrimos del dictador han sido reacios a celebrar su muerte por miedo a lo que podría suceder en los meses próximos. No bien se difundió, luego de una larga demora, la noticia del fallecimiento del “querido líder”, Corea del Sur puso en estado de alerta a sus fuerzas armadas: el gobierno teme que el heredero de Kim Jong-il, su hijo Kim Jong-un, se suponga obligado a impresionar a los generales que lo rodean con su condición de estratega genial atacando, aunque sólo fuera en escala menor, blancos en la mitad sureña del país dividido, como en efecto sucedió el año pasado cuando los norcoreanos torpedearon un buque de la marina surcoreana y dispararon artillería contra una isla fronteriza. También existe la posibilidad de que los jefes militares se nieguen a apoyar a Kim Jong-un, un joven rechoncho de menos de 30 años que, conforme a los principios monárquicos que rigen en un país supuestamente comunista, acaba de suceder a su padre. De ser así, Corea del Norte podría ser el escenario de una confusa guerra civil entre bandas sumamente brutales. Si bien el eventual colapso de un régimen tan salvaje y vil como el norcoreano sería muy positivo, se da el peligro de que, antes de hundirse, una de las facciones en pugna haga uso de las armas nucleares que Kim Jong-il consiguió desarrollar, lo que desataría un conflicto regional que resultaría terriblemente costoso en vidas humanas. A pesar de la necesidad evidente de reducir el riesgo de que estalle una conflagración nuclear, el objetivo principal de la llamada comunidad internacional debería consistir en ayudar al pueblo norcoreano que desde hace más de medio siglo es víctima de una dictadura a un tiempo tan grotescamente totalitaria y tan brutal que en comparación con ella la China actual se parece a un paraíso libertario en que se respetan los derechos humanos. Con la excepción de los integrantes de una elite muy pequeña, los norcoreanos son indigentes, con un ingreso per cápita que apenas llega a la séptima parte del argentino y es inferior a la décima del surcoreano. Así y todo, las teatrales manifestaciones públicas de dolor incontenible por la muerte del dictador que tanto contribuyó a institucionalizar la miseria extrema no puede atribuirse a nada más que el miedo a ser castigado por indiferencia aparente; en sociedades herméticas como la norcoreana, muchas personas creerán a pie juntillas en la ideología oficial. En el caso de Corea del Norte, la doctrina oficial es una mezcla de comunismo estalinista, de ahí el culto a la personalidad del líder máximo, con el nacionalismo racista, ya que el régimen se proclama defensor a ultranza de la pureza genética coreana supuestamente amenazada por otros, razón por la que las autoridades obligan a abortar a refugiadas embarazadas devueltas por sus aliados chinos. A veces parecería que los vecinos de Corea del Norte, incluyendo a los surcoreanos, se sienten aún más preocupados por el riesgo de tener que encargarse de millones de refugiados famélicos que por el de un conflicto militar de consecuencias previsiblemente atroces. Se trata de una actitud muy poco solidaria que sería comprensible si se tratara de un pueblo irremediablemente extranjero, pero mal que les pese a los surcoreanos éste dista de ser el caso. Aunque la diferencia económica, y de resultas de décadas de adoctrinamiento, cultural, entre las dos partes de la península es decididamente mayor que la que separaba Alemania occidental de la zona ex comunista oriental, los surcoreanos no podrán negarse a aceptar la reunificación por motivos meramente materiales. Puede que a muchos surcoreanos no les entusiasmen la posibilidad de que dentro de poco tengan que emprender la tarea gigantesca que les supondría manejar la reintegración al resto del mundo de aproximadamente 23 millones de víctimas de una dictadura feroz, pero si como algunos prevén Corea del Norte se desploma, no tendrían más alternativa que la de hacerlo.
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