La muerte de un luchador

Si bien todo hace pensar en que la muerte del gobernador Carlos Soria se debió a lo que sus allegados desconcertados calificaron de “un accidente doméstico” en una chacra en la que abundaban las armas de fuego cargadas y que por lo tanto fue cuestión de una tragedia netamente personal, las repercusiones políticas del episodio truculento ya están haciéndose sentir no sólo en la provincia sino también en el resto del país. Aunque no existe motivo alguno para vincular lo que sucedió en las afueras de General Roca con otro “accidente” mortal, el sufrido por el subsecretario de Comercio Exterior, Iván Heyn –que hace un par de semanas fue encontrado ahorcado en un hotel de Montevideo–, con la muerte similar del cónsul adjunto argentino en Yacuiba o con los problemas de salud de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, se ha difundido la sensación de que las tensiones propias de la militancia política en un momento de crisis incipiente están afectando negativamente a los protagonistas, de ahí el clima de incertidumbre que pesa sobre el país. Además de manifestar su dolor por la muerte totalmente imprevista de un hombre que había descollado por su vigor y por su voluntad de defender sus ideas con vehemencia insólita, sin sentirse intimidado por nadie, tanto los oficialistas como los demás cerraron filas en torno de su sucesor, el ya en efecto gobernador Alberto Weretilneck, que por su parte se ha comprometido a seguir adelante con el programa de saneamiento económico e impulso a la minería que fue promovido con su energía habitual por Soria. La tarea que le espera a Weretilneck, político que proviene del Frente Grande que es un socio menor de la alianza gobernante, no será nada fácil. Para empezar, el ex intendente de Cipolletti no cuenta con la red de apoyo que había construido Soria, un político hiperactivo que a través de los años había armado un aparato personal imponente. Tampoco parece poseer “el carácter fuerte” que hizo de Soria el dirigente indicado para intentar llevar a cabo una serie de reformas ambiciosas, enfrentándose a la oposición de miles de empleados agremiados resueltos a aferrarse a sus “conquistas”. Mientras que Weretilneck se afirma un hombre de consensos, Soria fue un combativo nato que raramente se dejó preocupar por la hostilidad ajena. Poco antes de morir baleado, Soria dijo que “un tercio” de los 22.000 empleados públicos puestos en disponibilidad “son vagos, son ñoquis y son sueldos políticos” que no pueden demostrar que trabajan. ¿Comparte Weretilneck la opinión lapidaria del gobernador fallecido? Pronto sabremos la respuesta; el curso que tome su gestión dependerá de ella. Soria entendía que para superar “la emergencia institucional, económica, financiera, administrativa y social” en la que se debate Río Negro sería necesario un ajuste muy duro, lo que lo hizo una especie de pionero ya que son muchas las provincias, lo mismo que el país en su conjunto, que pronto tendrán que reducir drásticamente el gasto público que ha aumentado tanto en los años últimos que ha alcanzado un nivel que no podrá sostenerse por mucho tiempo más. Aunque la gestión de Soria duró apenas tres semanas, actuó con un grado de entusiasmo que resultó ser sorprendente por tratarse de un mandatario tan inconfundiblemente peronista, pero que por lo menos sirvió para ganarle el aprecio de los muchos rionegrinos que, sin necesariamente simpatizar con sus puntos de vista, querían ver el fin de la politización impúdica de una administración política que, por cierto, no se destacaba por su eficacia o su profesionalismo. Y, como si avanzar con la remodelación drástica del sector público provincial no fuera más que suficiente, Weretilneck tendrá que renovar los contratos petroleros, procurar atenuar los problemas enfrentados por la fruticultura y por las zonas perjudicadas por un diluvio de cenizas volcánicas, saldar una cantidad alarmante de deudas pendientes, esperar que merced a la derogación de la norma anticianuro la industria minera despegue pronto y, desde luego, intentar asegurar que los colegios rionegrinos se mantengan abiertos desactivando los ya crónicos conflictos con los docentes. Para tener éxito, precisará contar no sólo con el respaldo de las fracciones que constituyen el oficialismo local y nacional, sino también con la tenacidad y arrojo que hicieron tan notable a Carlos Soria.


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