La ONU en la mira

Redacción

Por Redacción

Los responsables del atentado contra el cuartel general de la ONU en Bagdad que segó las vidas del jefe de la misión, el brasileño Sergio Vieira de Mello, y de otras 23 personas, aún no han sido identificados, de suerte que es imposible saber si se trató de un ataque oportunista contra un blanco mal protegido, de una manifestación más del odio que sienten los “fundamentalistas” militantes por todos los demás, o de un golpe hábilmente calculado para dificultar la relación del gobierno norteamericano con el organismo. Si su objetivo fue reabrir la brecha que separa a “la coalición” básicamente anglonorteamericana de la ONU, lograron su propósito, porque el secretario general Kofi Annan no vaciló un minuto en acusar a la potencia ocupante de no haber asumido su responsabilidad por el orden en la capital iraquí, porque de lo contrario la organización que encabeza “no podrá cumplir con su trabajo”. Sin embargo, como Annan entenderá muy bien, en países como Irak garantizar el orden sin pisotear los derechos de sus habitantes constituye un desafío sumamente difícil: hubo tranquilidad en las calles de Bagdad bajo Saddam Hussein, pero a un costo atroz. Asimismo, según los especialistas, el país que en la actualidad es el menos vulnerable de todos a los atentados terroristas es Corea del Norte, pero lo es por razones que son trágicamente evidentes.

De todos modos, no sólo en Irak sino también en muchas otras partes del mundo la ONU se ve frente a un dilema. Por producirse los peores desastres humanitarios precisamente en países conflictivos en los que el terrorismo oficial o revolucionario es moneda corriente, para no depender de una eventual “potencia ocupante” la ONU tendrá que optar entre operar acompañada por fuerzas propias dispuestas a luchar y negarse a arriesgarse. En las décadas últimas, prefirió esta segunda alternativa aunque su pasividad principista ha supuesto la muerte o mutilación de millones de personas inocentes.

Desde que terminó la guerra relámpago contra Saddam Hussein, las tropas norteamericanas y británicas se han visto involucradas en un conflicto “de baja intensidad” con saddamistas y combatientes procedentes de Irán, Arabia Saudita, Siria y otras partes del mundo islámico. Aunque las bajas sufridas por las potencias occidentales han sido reducidas -las británicas fueron inferiores a las experimentadas en el mismo lapso por la Policía aquí o en el Brasil-, los hay que dicen temer que esté por crearse un “nuevo Vietnam”.  Tal alternativa es poco probable, pero la mera posibilidad ha sido suficiente como para aumentar las presiones para que la coalición se retire cuanto antes, lo que con toda seguridad sería un desastre más para el pueblo iraquí que, además de una serie de guerras, de las que la más terrible fue la librada contra Irán, ha sido víctima durante décadas de una de las dictaduras más crueles que el mundo haya visto desde la derrota del nazismo y la implosión del comunismo soviético.

La decisión de invadir Irak a fin de eliminar la dictadura saddamista se originó en la conciencia de que a los países democráticos les sería intolerablemente peligroso no hacer nada mientras el Medio Oriente se hundiera cada vez más en la miseria, la violencia, el fanatismo religioso y el odio ciego hacia todo lo occidental.

Aunque en nombre de “la paz” la mayoría de los europeos y latinoamericanos más una minoría significante de norteamericanos hubieran preferido mantenerse alejados de una región tan explosiva, por una variedad de motivos los gobiernos de Estados Unidos y el Reino Unido decidieron que dicha alternativa no podría sino resultar nefasta tanto para las naciones occidentales como para los habitantes de los países árabes. Desde luego, ya parece claro que subestimaron los problemas, tanto en Irak como en sus propios países, que tendrían que enfrentar para transformar un conjunto de pueblos de tradiciones radicalmente ajenas que, por cierto, no se destacan por la tolerancia mutua, en democracias o semidemocracias. Sin embargo, ya que han emprendido la tarea hercúlea así supuesta, tendrán que llevarla a una conclusión satisfactoria. Si ahora tiraran la toalla a causa de las presiones internas, pronto podrían tener motivos para sentir nostalgia por el Irak nada benévolo, regido por un tirano sádico, de antes de la invasión.   


Los responsables del atentado contra el cuartel general de la ONU en Bagdad que segó las vidas del jefe de la misión, el brasileño Sergio Vieira de Mello, y de otras 23 personas, aún no han sido identificados, de suerte que es imposible saber si se trató de un ataque oportunista contra un blanco mal protegido, de una manifestación más del odio que sienten los “fundamentalistas” militantes por todos los demás, o de un golpe hábilmente calculado para dificultar la relación del gobierno norteamericano con el organismo. Si su objetivo fue reabrir la brecha que separa a “la coalición” básicamente anglonorteamericana de la ONU, lograron su propósito, porque el secretario general Kofi Annan no vaciló un minuto en acusar a la potencia ocupante de no haber asumido su responsabilidad por el orden en la capital iraquí, porque de lo contrario la organización que encabeza “no podrá cumplir con su trabajo”. Sin embargo, como Annan entenderá muy bien, en países como Irak garantizar el orden sin pisotear los derechos de sus habitantes constituye un desafío sumamente difícil: hubo tranquilidad en las calles de Bagdad bajo Saddam Hussein, pero a un costo atroz. Asimismo, según los especialistas, el país que en la actualidad es el menos vulnerable de todos a los atentados terroristas es Corea del Norte, pero lo es por razones que son trágicamente evidentes.

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