“La parroquia”

Por Redacción

Conmocionado, el corazón compone recuerdos como en un rompecabezas. La vida entera ante tus ojos. Como cuando se te muere alguien, ¿viste? Primero la recuerdo oscura por dentro. De afuera, pintadas las tejuelas de ese color con que se pintaban las maderas antes. Ocupando el medio del patio del colegio, pero más propia de algún barrio del sur de Chile, tan parecida a tantas casas que ya no están y a unas muy pocas que todavía existen. La recuerdo oscura. Pero amable. Por el cura Miche, tal vez. Por el cura Amartino, que con los años pasaría a ser Víctor, tan entrañable… Por el cura Gais (¿se escribiría así?), por Pasino, Perbruner, Pablo, el gran Higinio y tantos otros. Creo que estaba pegada al salón parroquial y que se vendían libros ahí. Una imaginaria o real escena me sitúa acompañando a mi viejo, ávido por saber más de la increíble historia de estas tierras, mezcla fantástica de la eterna lucha por salvar el alma del hombre y la oscura codicia de ese mismo hombre persiguiendo la Ciudad de los Césares. El sonido del órgano de esa vieja parroquia después ambienta otro caprichoso recorte: “La iglesia va a ser trasladada”. Los preparativos, eternos, para nuestro tiempo de niños. El centímetro a centímetro del traslado, con una ingeniería inexplicable y mágica que llevaría al edificio cuesta arriba, por “la bajada de la cruz”. Y la muerte. Y la iglesia casi destartalada pendiendo del barranco al comienzo de las escaleras. Si me preguntan hoy, creo que unos cables se cortaron y que un obrero murió. Pero a lo mejor lo recuerdo así porque uno con los años daría la vida por cosas que nunca pasaron. Qué se yo. La cuestión es que la iglesia llegó a su nuevo lugar, sobre la Elflein. Y otra vez el salto de los años. Un día volví porque Tomy hacía la comunión. Y me encontré con un grupo de gente hermosa. Llenos de ilusión y de dudas, expresado todo a viva voz. Joel, con su fe paciente y perseverante, y el padre Jorge, un tipo sereno y amable en su firmeza. A lo mejor porque las cosas ya no eran tan oscuras y culposas como en aquellos años de muy pequeño, la parroquia también brillaba. La madera tenía otro tono, las luces eran cálidas. Sencilla, pero llena de belleza estaba la iglesia. Había cambiado. De aquella oscuridad no quedaba nada. Se veía como lo que era. Un tesoro. ¿Qué buscás? ¿Por qué de vez en cuando vas a misa? Me preguntó alguien, sabiendo de las enormes distancias que me separan a veces de la Iglesia Católica. Hoy me lo respondí frente al edificio que ya no está. Una palabra busco… Una palabra que me traiga de vuelta. Que me enfrente. Que me reencuentre. Una palabra que me ayude a armar el rompecabezas. Que me lleve, mansa, de aquel principio a un buen final. El que tenga que ser. Todo esto pensé a la distancia. Conmocionado ante las fotos. La iglesia ya no está. Y pensé también en Pancho, que estaba en ese grupo de la comunión y que hace poco partió. Y se me ocurrió escribir que en el único mundo real, el de los recuerdos, la gente y sus cosas se quedan para siempre. Y nos acompañan a vivir. Antonio José Zidar, DNI 16.392.787 Bariloche