La peña: Del diente al picaporte
Columna semanal
No era fácil decidir lo que haríamos cada uno con sus dientes. Es que las dos opciones eran al menos en apariencia dolorosas. Y no había tercera alternativa.
Pero llegado el caso, con la tentación del ratón Pérez, nos animábamos al desafío. Uno era ir a la odontóloga amiga de mi madre, que al menor atisbo de queja o insinuación de dolor nos decía “¡no seas maricón!”, sin más anestesia que esa y la otra era acudir a la tía más querida, especializada en sacar los dientes de leche de los sobrinos.
La tía Negra no era odontóloga, pero era muchas cosas más. Era la mejor en muchas tareas, enfermera, productora de dulces, gran cocinera y la de las mejores costuras. Pero llevaba consigo el cariño para que cualquiera a la hora de elegir quién le sacara el diente, optara por ella. Tenía una capacidad enorme para distraer nuestra atención y cuando todo había pasado nos dábamos cuenta que en realidad era más el temor a una extracción rudimentaria que lo que en realidad sucedía.
La tía era “odontóloga” a domicilio. No tenía muchas mañas y generalmente venía con alguna cosa dulce en el bolsillo para convencer al paciente que lo mejor era sacar ese diente y ponerlo a subasta del ratón Pérez. Llegaba cargada sólo con el objeto dulce que era un poco la llave para convencernos y un carretel de hilo de coser. Pedía que la dejaran sola con el paciente que tenía que sacarse el diente y lentamente, mientras hablaba de los temas más insólitos, empezaba el operativo extracción.
Primero chequeaba que el diente estuviera realmente flojo, porque si le faltaba, optaba por dejarlo para el día siguiente. Una vez chequeado ese dato, su sabiduría se ponía en marcha con el atado del diente flojo de una punta del hilo y el picaporte de una puerta más bien pesada de la otra punta. Uno la relojeaba bastante, pero siempre había un descuido. Y cuando menos pensábamos el diente estaba afuera con una maestría gigante.
Diente y golosina en mano era el fin de la historia.
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