La peña: Una parte de la cultura que camina, que sale a la calle

Columna semanal

Por Redacción

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A lo lejos en mi pueblo del norte argentino se sentía el golpeteo en la caja, los pitos que aturdían, los triángulos que le daban ese toque especial a su música. De pronto se detienen, rodean al agasajado y empiezan una canción mucho más ordenada. Es que lo que escuchaba inicialmente eran los sonidos que usan cuando van de un lado al otro. La música del traslado sería.
Llegaban las mascaritas que sólo salen en el carnaval, que recorren el pueblo, que trabajan cada día para juntar fondos y se van sólo cuando es el tiempo del entierro.
Una vieja, centenaria costumbre, las llama mascaritas, a lo sumo comparsa. La palabra corso no existe para ellos. Hace tiempo eran sólo hombres los que la integraban, pero lentamente con el paso de los años fueron sumando mujeres.
Y la verdad esa música, la misma que hacen hace décadas, que pasó de generación en generación, es la que nos conmueve, que nos llega a las fibras más íntimas, la que nos emociona. La elección no es casual, fue pasando de familia en familia, tanto que en algún punto se pierde el rastro de su origen.
Pero están, existen y salen cada año con coloridos atuendos que impactan, pero también impacta su baile, su canto cargado de tristeza, de ruego.
Una nutrida comparsa se mueve de un lado al otro del pueblo. Rodean a una familia o a una persona en las calles o en la plaza y les ofrecen cantar y bailar. A cambio el agasajado debe darle una propina, una ofrenda, que no se da en mano, se tira al piso. El viejo, como lo llaman al integrante más atrevido, al que busca trabajo, se tira al piso y recoge ese dinero en medio de un ritual de agradecimiento. Cuando parte la orden, diablos, caciques y cantores empiezan con lo que saben, cantan, tocan, bailan, mientras la gente se suma en forma de círculo.
La escena parece lejana, pero perdura, a pesar del paso de los años, está viva con nuevos y antiguos integrantes. Es la cultura.

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