La Peña: vale soñar por un instante con cada momento compartido





Hoy hubiera estado al menos media hora hablando con mi madre. Los días de la madre eran la excusa para decir palabras lindas que las sentíamos todo el año, pero que nos costaba expresar. Mi madre no necesitaba decir muchas cosas. Expresaba amor a cada paso, distinguía, la ponían feliz las visitas. Pero la distancia era bastante cruel. Nos separaban muchos kilómetros y eso hacía menos frecuentes las visitas.
Pero para ella significaba mucho que fuéramos a verla en Navidad o en Año nuevo. Los brindis eran un poderoso renovador de afectos, no era lo mismo un llamado que una presencia a la hora de las fiestas. Miraba la mesa larga y se quedaba en silencio. En ese tiempo tenía pocos nietos, pero en ellos veía reflejado mucho de la familia.
No lo decía, lo demostraba. Sabía que había gestos que nos conmovían sin decir una palabra. La mejor comida, el taparnos en la noche cuando nos destapábamos, el tocarte la frente para ver si tenías frente. El mensaje de siempre cuando salíamos. No vuelvas tarde, no tomes, cuidate. Esas eran sus expresiones que significaban mucho más.
Mi madre no alcanzó a usar el celular. Convivió con la llegada de los teléfonos móviles, pero no los quiso usar jamás. Los consideraba una invasión.
Era de sentarse a leer el diario de papel. No aceptó siquiera la tarjeta de débito. Renegaba con eso, con el dinero electrónico. Y cada vez que cobraba su sueldo lo guardaba todo en una media. Lo administraba todo el mes y sabía que hasta el próximo cobro no había más ingresos.
Mi madre ya no está, como muchas tantas, pero dejó huellas, dejó afectos, dejó enseñanzas, dejó prudencia y sobre todo sabiduría.
Y hoy es una buena razón para tenerlas presentes, para recordarlas, para brindar por las que están y las que no. Porque en definitiva no hay un modelo de madre, hay madres que a su modo se cargan una familia a cuesta y avanzan. Hoy vale soñar por un instante con cada momento compartido.


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