La revuelta pierde aliento



La esperanza de que en el “mundo árabe” una generación de jóvenes occidentalizados estaba por desplazar a los dictadores corruptos y clérigos fanatizados que durante tanto tiempo lo habían dominado ya parece menos realista de lo que fue hace apenas un par de meses. Si bien la caída del tunecino Ben Ali y el egipcio Hosni Mubarak –dos ancianos que de todos modos se acercaban al fin de su reinado– tuvo repercusiones fuertes en todos los países de África del Norte y el Oriente Medio, en Argelia, Yemen, Bahrein y Arabia Saudita, además, claro está, de Libia, los líderes de los regímenes amenazados pronto entendieron que les sería dado reaccionar de la manera tradicional para aplastar a los rebeldes acusándolos de ser traidores al servicio de potencias extranjeras. Por lo demás, los comprometidos con el statu quo ya saben que, a pesar del entusiasmo que sienten los progresistas occidentales por lo que bautizaron de “la primavera árabe” por suponer que se trataba del triunfo de sus propias ideas laicas e individualistas acerca del respeto debido por los derechos humanos, no tienen por qué temer a Estados Unidos y los países miembros de la Unión Europea. Luego de una demora prolongada sí reaccionaron ante el desafío planteado por el libio Muammar Gaddafi, un personaje que no cuenta con la simpatía de los demás déspotas árabes, pero es evidente que, por ahora cuando menos, no tienen la más mínima intención de intervenir en Arabia Saudita o los emiratos del Golfo. Así, pues, la entrada de tropas sauditas en Bahrein para ayudar fraternalmente, como decían los comunistas soviéticos, al régimen del emirato sunnita para que pusiera fin a manifestaciones protagonizadas por chiítas, no motivó mucho interés en los medios periodísticos o círculos gobernantes occidentales. Las revueltas encabezadas por jóvenes frustrados por la falta no sólo de libertad sino también de oportunidades laborales en países al parecer condenados al estancamiento tanto económico como cultural han coincidido con el repliegue de la influencia política occidental. En consecuencia, quienes sueñan con un estilo de vida parecido a aquel que, suponen, es típico de sus contemporáneos en América del Norte y Europa, se han visto privados de sus aliados naturales. Aunque la mayoría de los occidentales siente simpatía por aquellos rebeldes que, para su gratificación, están reclamando reformas drásticas que de concretarse significarían la plena incorporación de los países árabes al mundo globalizado, de tal modo desvirtuando la tesis de que los años próximos se verían signados por un “choque de civilizaciones” –es decir, por un conflicto violento entre los musulmanes y los demás–, no está dispuesta a hacer mucho más que expresar su aprobación del idealismo que les atribuyen. Frente a un movimiento de apariencia libertaria que no vio venir, el gobierno de Estados Unidos ha resultado ser vacilante. El presidente Barack Obama no ha querido comprometerse con los rebeldes antes de asegurarse de que tendrían éxito. En el caso de Egipto, Obama le dijo a Mubarak que debería irse cuando el dictador ya se preparaba para abandonar el poder, pero que en el de Libia tardó tanto en asumir una postura firme que la iniciativa quedó en manos de los europeos. Si bien es comprensible la resistencia de Obama a entrometerse en los asuntos de otro país soberano musulmán, en su condición de “hombre más poderoso del mundo” no le es dado formular órdenes tajantes, como las pronunciadas contra Gaddafi, a menos que esté dispuesto a respaldarlas con acciones. Al difundirse la impresión de que Estados Unidos, aleccionado por las dificultades que le provocaron las invasiones de Irak y Afganistán, y debilitado por la deuda colosal que ha acumulado en los dos años últimos, prefiere compartir con otros –en el caso de Libia, con los franceses y británicos– el papel de “gendarme internacional”, todos los regímenes, por lo común muy autoritarios, que quieren ver cambiada la situación geopolítica existente, se sentirán tentados a aprovechar la inestabilidad causada por la retirada del “imperio norteamericano”. Es de prever, pues, que las décadas próximas sean muy pero muy turbulentas ya que, sin la presencia de un “gendarme” acaso odiado pero así y todo temido, los acostumbrados a pescar en río revuelto creerán que por fin les ha llegado su hora.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA - Jueves 24 de marzo de 2011


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