«La sangre de Claudio tiene que servir de algo»
A casi dos años, los hermanos Araya exigen justicia. Quieren a los responsables de no controlar a Geldres.
CIPOLLETTI
Recuerda que la sangre le salía a borbotones, que se le escapaba del cuerpo como las palabras se disparan en un monólogo. Palabras líquidas, de sangre. No le dolía el tajo, sí la imagen que lo asaltó: su padre apuñalado, años atrás. Recobró las fuerzas sin saber cómo, tomó al delincuente, lo molió a golpes. No lo reconoció en ese instante de nebulosa, sí al cuerpo tirado, el de su hermano, el líder de la familia Araya, ese que yacía inmóvil. Muerto.
Natanael se salvó porque no era su hora, pero la vida le cambió invariablemente. Se sintió culpable y hubo gente que lo culpó. Su acto de arrojo al detener a un delincuente que le robaba a una mujer tuvo para muchos una acepción diferente, porque su hermano acabó muerto. De ser una acción heroica pasó a tener una connotación temeraria. Es que Ramón Geldres, uno de los delincuentes más peligrosos que pisó el Valle en la última época, apuñaló a él y a su hermano hace casi dos años, el 6 de marzo de 2013.
24 veranos antes, en 1989, el mismo hombre había ingresado a su casa por la ventana y casi mata a su padre, el pastor evangélico Ernesto Araya. Siete puntazos le dio. «Mi papá zafó porque se cayó, y el último cuchillazo se lo dio en el esternón», cuenta Pablo, el hijo del varón del medio, el único hombre de la familia al que Geldres nunca apuñaló.
Natanael jura que ya no se siente responsable, que dejó el diván y que concilia mejor el sueño, pero una idea gobierna sus días: «La sangre de Claudio tiene que servir para algo». Eso repiten los dos hermanos como letanía. Geldres, el hombre que «arruinó» sus vidas, está preso y seguirá en esa condición posiblemente hasta el final de sus días. Pero los Araya creen que sólo fue «una herramienta para dejar en evidencia el desastroso accionar de la justicia, la policía y los gobiernos municipal y provincial». Entonces decidieron ir «por el poder». Quieren al juez de Ejecución Juan Pablo Chirinos «tras las rejas» y «también a los funcionarios que fueron responsables de que ese malviviente esté en la calle cuando no debía». Entienden que es hora de romper el profundo silencio en el que se sumergió la familia desde que ocurrió lo peor.
Cuando hablan de responsabilidades, los Araya se refieren a que Geldres mató a Claudio (49 años al morir, dueño de un vivero, padre de tres chicos, alma máter de una familia) durante una salida laboral que nunca debió permitírsele. Geldres era peligroso y estaba robando en la calle, cuando en realidad debía estar trabajando en una carpintería que no tenía habilitación comercial del municipio y que en verdad «era una pantalla» porque el taller no existía. Por todo eso los Araya ahora quieren «llegar al fondo». Presentaron una carta documento para denunciar el desempeño del juez y esta semana el Consejo de la Magistratura inició una investigación y solicitó copias de todo el expediente.
«Nosotros queremos preso al juez. Es la primera vez que hablamos; la muerte de nuestro hermano tiene y debe servir para algo. Geldres fue apenas un instrumento, pero el cuchillo se lo pusieron en la mano otras personas por no controlarlo. Superó todos los controles, y tienen que pagar», repite Pablo, barba extensa, ojos acuosos, músico en constante catarsis, hombre desgarrado.
– Surge del expediente que la «semilibertad» de Geldres la firmó la jueza de feria Margarita Carrasco y no Chirinos…
– Natanael: No nos interesa, que pague el que tenga que pagar, los jueces y los políticos también tienen que ir presos cuando provocan semejante daño. A mi familia le arruinaron la vida. Hay una cadena de fallas que habla de que el poder político hace lo que quiere. Pero se equivocaron de gente, porque nosotros no vamos a parar.
– Su padre fue la primera víctima de Geldres.
– Pablo: Sí, éramos chicos cuando entró a robar a mi casa y apuñaló a mi padre. No lo mató porque cuando cayó de rodillas le asestó el último de los puntazos en el esternón, que es duro. Mi padre salió del hospital enseguida y perdonó a Geldres.
– ¿Lo reconoció en el momento del robo a la mujer, cuando se trenzó a golpes con él?
– Natanael: No, sólo fue un acto instintivo que tuvimos con mi hermano Claudio (el robo se producía frente al vivero). Sentí el cuchillazo y la sangre que me salía como de una canilla, a chorros. Ahí recordé cuando lo apuñalaron a mi papá, yo tenía 11 años. Entonces me volvieron las fuerzas y lo agarré a piñas, lo dejé inconsciente. Luego vi que Claudio estaba tirado…
– Ahí reconoció a Geldres.
– Natanael: No, después me enteré, estando en la clínica.
– ¿Perdió la fe en Dios?
-No, nos aferramos más que nunca a él. El asesinato de Claudio lo aceptamos como algo divino, pero no será un sacrificio en vano. Fue un derramamiento de sangre del que tiene que emerger un poder…
El menor de los Araya se quedó sin trabajo y cayó en una profunda depresión. Pablo pidió que se haga justicia con una murga que tocaba con furia todos los 6 de cada mes frente a la oficina del intendente Abel Baratti, y las hermanas se encargaron de cobijar a la cuñada en desgracia, con quien Claudio había armado su vida durante cinco lustros.
«Mis viejos ahora tienen miedo, pero nosotros no vamos a parar», repiten los hermanos. Natanael, ojos negros poderosos, onda reggae, salió del trance y volvió a la acción. «No será en vano, te aseguro que no será en vano…», insiste. Cierra los ojos. Y se deja llevar.
Sebastián Busader
Juan Cruz García
CIPOLLETTI
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