La sangre, por goleada
“Argentina se deshizo en miedo”, escribió Tomás Abraham avanzada la transición. La sentencia se remitía a la fiera historia de la cual venía el país, el tiempo de la dictadura. Hoy Argentina –al menos una parte de ella, la de los espacios más densamente poblados– sigue deshaciéndose en miedos. Manda la inseguridad. Con independencia de toda reflexión sobre su variada paletade causas, ésta es en términos de problema extremo la realidad que más azota la cotidianidad de la sociedad. Y el fútbol, claro está, noescapa a esa realidad. La violencia que lo descuaja sin solución de continuidad no puede ser pensada ajena al entorno de desprecio por la vida que lo integra como espacio. Neutra se torna toda argumentación tendiente a desgajar la estela de sangre y muerte que lo sella hoyde lo que sucede en sus vecindades. Simplemente se corresponde con ello. En este marco, el mundo académico argentino hace de la violencia en el fútbol un campode creciente interés para la investigación. Todo en procura de ayudar a reflexionar el tema con lecturas no superficiales. Ajenas a estereotipos, proponiendo miradas más complejas sobre las causas y despliegue del problema.
Fútbol, violencia en la violencia
carlos torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
Una muy sólidamente trabajada investigación sobre el tema –“Fútbol y sociedad. Prácticas locales e imaginarios globales”– que acaba de ser publicada en Argentina se inscribe en el interés mencionado. Con los sociólogos Matías Godio y Santiago Uliana como compiladores, la investigación se vertebra en diez ensayos que, vía incluso la participación de profesionales de distintas partes de continente, analizan el fútbol desde distintos planos. Uno de esos ensayos –“El fútbol de luto. Análisis de los factores de muerte y violencia en el fútbol argentino”– fue elaborado por los sociólogos Diego Murzi, Santiago Uliana y Sebastián Sustas.
La investigación en cuestión pone en discusión ciertas cosmovisiones que de hecho se han transformado en culturas a la hora de reflexionar la violencia que sacude al fútbol. Un bagaje de contenidos discursivos instalado en el espacio público que se despliega en términos de monopolio de la verdad, extendido vía la participación activa de los medios. Así, la violencia en los estadios es generalmente tratada en cuanto a sus causales en términos de:
• Actos salvajes perpetrados por sujetos irracionales, los hinchas.
• Esta visión “lineal” reduce todo el problema a la presencia de barrabravas.
• En tanto visión poco compleja del tema, sugiere que el fútbol es por definición un ambiente “sano y familiar” que ha sido “contaminado” por la presencia de delincuentes cuya única razón nace en el plano de los clubes y apunta a un único fin: beneficiarse económicamente ejerciendo la violencia.
(Continúa en la página 22)
(Viene de la página 21)
A partir de este encuadre, el trabajo de Diego Murzi, Santiago Uliana y Sebastián Sustas pone en cuestión aquellas miradas.
Avanzan, entonces, en línea a desmenuzar el cuadro de violencias que rodea el protagonismo del barrabrava. Las reflexiones no se embarcan en línea a la exculpación, a restarles responsabilidad a quienes titularizan ese protagonismo. Pero desde el convencimiento de que el problema no comienza ni termina con “el barra”, se señala que en el fútbol “es violento el accionar de la policía, es violento el espectador de las plateas con el juez de línea, son violentos los cánticos, violentos los jugadores dentro del campo y también en ocasiones para con el público, es violento el tratamiento que recibe el espectador cuando paga una entrada y se encuentra con instalaciones indignas para un espectáculo”.
En una palabra, y desde el convencimiento de que a las buenas definiciones no les faltan ni les sobran palabras: hay que hablar de “violencias” en el fútbol, no de “violencia”.
El propio Estado queda atrapado en la lógica de la mirada simple o quizá perezosa desde el punto de vista mental con que se reflexiona en el país la “violencia” en el fútbol. Un acortamiento que lo torna estéril en tanto aparato institucional a la hora de la creatividad que requiere dar respuestas al problema. Intenta enfrentar y prevenirlo con decisiones e instrumentos cuya ausencia de eficacia acumula una historia tan larga que emerge como bíblica.
En el centro de esa lógica inútil campea lo que la investigación que comentamos define como militarización. Operativos sobre los estadios y áreas adyacentes accionados desde un único y excluyente dictado: saturar esos espacios con efectivos policiales y su arsenal de perros, caballos, carros hidrantes y varios etcéteras, a lo que se suma el control personal de quienes ingresan al estadio, otro fracaso.
En esta línea reflexiona el trabajo que aquí comentamos.
Señala –por caso– que las imitaciones para pensar la naturaleza de la violencia que cerca al fútbol “llevan a los funcionarios de seguridad a aplicar políticas de control tradicionales”, las que arrojan paradojas interesantes: “Mientras la policía concentra sus efectivos dentro del perímetro del estadio, las muertes se suceden cada vez más alejadas de éste”.
La lógica de la militarización de los estadios se contradice, en términos de resultados, con la realidad: “Las muertes, lejos de disminuir, permanecen constantes en número año tras año desde hace al menos dos décadas”.
La muerte es –claro– la expresión más cruda de la violencia vinculada con el fútbol. El hecho extremo. El fin de una vida con la huella de dolor devorador. Hace a un no retorno fácil para reflexionar el problema.
Pero, como acertadamente lo señala el ensayo aquí comentado, medidas en términos de manifestación del problema, las muertes “no representan la única variable que deba ser atendida para comprender el fenómeno” de la violencia en el fútbol pero “sí funcionan como un termómetro que da cuenta del estado de situación del problema”.
El ensayo de Murzi, Uliana y Sustas se apoya a la hora de la reflexión en estadísticas forjadas por la ONG Salvemos al Fútbol.
De esa documentación surgen datos interesantes. En una de las infografías de la página 22 se ve cómo en el Gran Buenos Aires y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires sucedió el 50% de las muertes vinculadas con el fútbol. No puede sorprender el dato: expresa la gravitación que el fútbol tiene en ese espacio –en superficie el 1% del territorio nacional con el 39% de población del país–, espacio donde, por lo demás, se instaló y se expandió este deporte.
Pero, siguiendo la lectura en materia de muertes por localidad, la investigación destaca un “dato particular al ver la cantidad de muertes” que tuvieron lugar, siempre en el lapso 1966-2010, en Mar del Plata, una ciudad donde el básquet está más arraigado. “Una explicación posible para leer que el 5% del total de muertes se haya producido en Mar del Plata tiene que ver con la realización, desde los años sesenta, de los clásicos Torneos de Verano en los que participan clubs ‘grandes’. En ocasiones, los enfrentamientos entre hinchadas rivales se han trasladado a la costa atlántica y algunos de ellos han dejado víctimas como saldo. Es el caso de Fernando Palermo, hincha de Boca apuñalado frente al Casino en enero del 2002 luego de un River- Boca”.
Otro rango desmenuzado por la investigación de la que nos ocupamos aquí es el de las muertes según lugar del hecho (infografía al pie de esta página).
Queda claro de la lectura del cuadro que hoy para hablar de “muertes del fútbol” no se pueden reflexionar los hechos sólo desde el espacio en el que se dan sino “también desde las motivaciones simbólicas que atravesaron el crimen”. Los festejos callejeros, por caso.
En fin, manda la sangre. Y por goleada.