La U9 y la ciudad



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Mejorar los niveles de la calidad de vida de las personas en la ciudad es un objetivo de creciente visibilidad política y ciudadana.

En el ámbito de las ciudades y los asentamientos humanos se concreta la posibilidad cierta de que las personas gocen inclusiva e igualitariamente del derecho a satisfacer sus necesidades básicas.

Algunas ya conocidas –alimentación segura, agua, transporte, vivienda, etc.–, otras más actuales –ambiente sano, acceso a las tecnologías, a la información, al conocimiento y las comunicaciones, esparcimiento, recreación, etc.– y algunas otras que ni hoy siquiera son posibles de imaginar.

La calidad de vida se nutre, en parte, del uso y goce que la ciudadanía posee de sus espacios públicos según el destino que a éstos se les asignen democráticamente.

Los diversos destinos, a su tiempo, se engloban en políticas públicas que intentan fijar reglas de convivencia y articulación entre los múltiples intereses existentes en ese espacio.

Intereses individuales, sectoriales, corporativos, de entre otros posibles, son ponderados para luego ser coordinados con los derechos y deberes ciudadanos ya en una dimensión colectiva y social: el de la comunidad toda.

La calidad de vida no sólo significa mayor disfrute de derechos, también mayores realizaciones del bienestar colectivo a través del cumplimiento de deberes para con nuestra comunidad. En este contexto hablar de la “ciudad” es hablar del espacio público democrático, sostenible social, económica y ambientalmente.

Hablamos de la “ciudad” en clave de justicia social y no de ciudades que excluyen.

Estos conceptos hablan en el fondo de valores que nos trascienden, y que requieren de otros tiempos y otras metodologías en su abordaje. De decisiones de gobernanza superadoras de luchas coyunturales.

La U9 esperó por más de cien años que sus muros estatales del encierro se abran.

Esos muros están atravesados de estatalidad: es del dominio de todos y de nadie individualmente al mismo tiempo. Se nos presenta como una unidad, no como partes separables.

Dividirlo en dos o más partes según se propone hacer efectivo en pocos días –proyectado desde el centralismo de Buenos Aires, ¡una vez más!– es pulverizar un proyecto sostenible de esa unidad territorial y edilicia llamada U9. ¿Por qué no esperar un poco más, no mucho más?

Consultar a expertos de las múltiples disciplinas, universidades, organizaciones intermedias, hacedores de nuestra vida ciudadana, que se expresen y sugieran caminos, herramientas, diagnósticos, etc. Para ello necesitamos que se mantenga en el mientras tanto su estado actual bajo la idea de una Unidad.

Las exigencias viales puede que sean ciertas, la conveniencia de “abrir calles quizás también lo sea, pero ¿lo será de acá a 50 años?

¿No es que vamos rumbo a lograr mayor movilidad urbana mediante el transporte público desalentando la idea del consumo exagerado del transporte individual? Si es posible pensar en políticas públicas que hagan descender los desplazamientos internos de las ciudades, ¿necesitaremos abrir nuevas calles? ¿Es posible migrar hacia un concepto de desarrollo habitacional inclusivo, integrador y no uno excluyente?

Las respuestas emergerán de los diversos actores que puedan acaso brindarnos sus visiones y aportes en el tema.

Estamos a favor de resignificar el espacio de la U9, pensándonos desde el hoy proyectando y protegiendo la satisfacción del interés ciudadano de las generaciones futuras.

Proponemos confluir en un Pacto de Espera, que nos permita imaginar y soñar el espacio público U9.

No estaremos nosotros, pero seguramente alguien podrá contarles a las próximas generaciones que un Pacto de Espera social y político abrió los muros del encierro hacia la planificación efectiva de una ciudad más democrática, más justa, más solidaria.

Finalmente, más libre.


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