La visita de Santiago Kovadloff

Redacción

Por Redacción

Profundo, diáfano, dinámico es el pensamiento de Santiago Kovadloff, que llega a su esplendor con su reciente libro “La extinción de la diáspora judía” (Emecé) del cual acaba de salir una nueva edición. “Fueron cinco años de trabajo e intensas lecturas”, cuenta su autor que expone en sus páginas las ideas sobre el polémico tema de ocho notables pensadores (entre ellos Emmanuel Levinas, León Rozitchner, George Steiner, Alain Finkielkraut, Jean Daniel). En cada capítulo Kovadloff fija su posición y abre un debate. En su domicilio porteño, el ensayista y filósofo recibió a “Río Negro” antes de su presentación de mañana en Roca. –¿Qué es la posdiáspora judía? –La diáspora tradicionalmente entendida es la experiencia de un judaísmo condenado a vivir en el exilio hasta la llegada del Mesías; con la creación del Estado de Israel la diáspora desaparece como fatalidad. El centro del ensayo tiene que ver con la pregunta: ¿de qué índole es el judaísmo si la diáspora ha desaparecido? Si yo puedo elegir entre vivir en Israel o no hacerlo, al optar por lo segundo ya no vivo en la diáspora. Entonces, si me digo y me siento judío –aunque mi cultura no sea la de un judío cabal, ni tenga conocimiento del hebreo, ni educación religiosa– ¿qué clase de judío es el que no está, ya, en la diáspora? El judío posdiaspórico es una bruma para ser explorada. –El análisis contradice a quienes observan al judaísmo como algo homogéneo, despierta el interés de lectores de diversas creencias. –Nada es menos homogéneo… Sin que me lo hubiera propuesto mi libro es una metáfora sobre la crisis que enfrentan los monoteísmos, la dificultad de la cultura religiosa para seguir teniendo un papel protagónico donde se ha separado la religión del estado. –En el texto aparece un “hilo conductor” que vincula a los intelectuales judíos argentinos. –Uno advierte la continuidad y fecundidad de una tradición no solo en quienes debaten el tema judío, sino en otros campos a los que incorpora valores del judaísmo como la interpretación, la necesidad de no homologar la palabra propia a la verdad, la idea que entre palabra y cosa es indispensable una disonancia para que la primera no sea una cosa; se observa en el psicoanálisis, la literatura de ficción, la poesía, entre otras actividades, prácticas que provienen del judaísmo asimiladas a la cultura general. –¿Cuál es la relación del judío con Israel? –Israel es una de las configuraciones esenciales del judaísmo contemporáneo; si bien en ella no se agota la posibilidad de ser judío, el judaísmo alcanza un perfil excepcionalmente rico. Quienes no hemos optado por vivir allí no dejamos de tener una actitud de gratitud y respaldo hacia Israel. Gratitud porque nos hizo libres de la diáspora, y apoyo pues su existencia democrática nos hace percibir la compatibilidad del judaísmo con la democracia, aún fuera de Israel. –¿Cómo diferenciar al antiisraelí del antisemita? –Las naciones totalitarias con posiciones judeofóbicas tratan de equiparar la lucha contra el estado de Israel con la del judío como tal y nos presenta a todos los judíos como israelíes, lo que justificaría su eliminación o atentados como el de la AMIA. Una cosa es discrepar con políticas de ese Estado como con cualquier nación, pero abogar por su desaparición es adoptar una posición apocalíptica que revela antisemitismo. Israel ha dejado de ser el espacio más seguro donde pueden vivir los judíos, pero sigue siendo un lugar de convivencia no solo con los judíos posdiaspóricos, sino con las naciones democráticas del mundo. –¿El antisemitismo sigue vigente? –Diría que se renueva y cumple una “función indispensable” que es –valiéndose de una larga trayectoria histórica– homologar al judío con el mal; si el mal está ubicado donde se halla el judío uno puede representar el bien, el antisemitismo cumple una función apocalíptica que es situar lo demoníaco fuera de uno mismo. –Hay un creciente proceso de acercamiento del judaísmo con la Iglesia Católica… –Desde el Concilio Vaticano II con Juan XXIII, pasando por Juan Pablo II, el cardenal Martini y un arzobispo francés ya fallecido, la Iglesia ha llevado adelante una tarea indispensable para su propia subsistencia que es ver en el judaísmo la posibilidad de su propia configuración y no su antítesis; también responde a la necesidad de que los monoteísmos establezcan un diálogo tendiente a observar lo que los debita. Judíos cristianos e islámicos deben dialogar para preguntarse de que modo pueden recuperar parte de la credibilidad pública que han perdido.

Claudio Rabinovitch


Profundo, diáfano, dinámico es el pensamiento de Santiago Kovadloff, que llega a su esplendor con su reciente libro “La extinción de la diáspora judía” (Emecé) del cual acaba de salir una nueva edición. “Fueron cinco años de trabajo e intensas lecturas”, cuenta su autor que expone en sus páginas las ideas sobre el polémico tema de ocho notables pensadores (entre ellos Emmanuel Levinas, León Rozitchner, George Steiner, Alain Finkielkraut, Jean Daniel). En cada capítulo Kovadloff fija su posición y abre un debate. En su domicilio porteño, el ensayista y filósofo recibió a “Río Negro” antes de su presentación de mañana en Roca. –¿Qué es la posdiáspora judía? –La diáspora tradicionalmente entendida es la experiencia de un judaísmo condenado a vivir en el exilio hasta la llegada del Mesías; con la creación del Estado de Israel la diáspora desaparece como fatalidad. El centro del ensayo tiene que ver con la pregunta: ¿de qué índole es el judaísmo si la diáspora ha desaparecido? Si yo puedo elegir entre vivir en Israel o no hacerlo, al optar por lo segundo ya no vivo en la diáspora. Entonces, si me digo y me siento judío –aunque mi cultura no sea la de un judío cabal, ni tenga conocimiento del hebreo, ni educación religiosa– ¿qué clase de judío es el que no está, ya, en la diáspora? El judío posdiaspórico es una bruma para ser explorada. –El análisis contradice a quienes observan al judaísmo como algo homogéneo, despierta el interés de lectores de diversas creencias. –Nada es menos homogéneo... Sin que me lo hubiera propuesto mi libro es una metáfora sobre la crisis que enfrentan los monoteísmos, la dificultad de la cultura religiosa para seguir teniendo un papel protagónico donde se ha separado la religión del estado. –En el texto aparece un “hilo conductor” que vincula a los intelectuales judíos argentinos. –Uno advierte la continuidad y fecundidad de una tradición no solo en quienes debaten el tema judío, sino en otros campos a los que incorpora valores del judaísmo como la interpretación, la necesidad de no homologar la palabra propia a la verdad, la idea que entre palabra y cosa es indispensable una disonancia para que la primera no sea una cosa; se observa en el psicoanálisis, la literatura de ficción, la poesía, entre otras actividades, prácticas que provienen del judaísmo asimiladas a la cultura general. –¿Cuál es la relación del judío con Israel? –Israel es una de las configuraciones esenciales del judaísmo contemporáneo; si bien en ella no se agota la posibilidad de ser judío, el judaísmo alcanza un perfil excepcionalmente rico. Quienes no hemos optado por vivir allí no dejamos de tener una actitud de gratitud y respaldo hacia Israel. Gratitud porque nos hizo libres de la diáspora, y apoyo pues su existencia democrática nos hace percibir la compatibilidad del judaísmo con la democracia, aún fuera de Israel. –¿Cómo diferenciar al antiisraelí del antisemita? –Las naciones totalitarias con posiciones judeofóbicas tratan de equiparar la lucha contra el estado de Israel con la del judío como tal y nos presenta a todos los judíos como israelíes, lo que justificaría su eliminación o atentados como el de la AMIA. Una cosa es discrepar con políticas de ese Estado como con cualquier nación, pero abogar por su desaparición es adoptar una posición apocalíptica que revela antisemitismo. Israel ha dejado de ser el espacio más seguro donde pueden vivir los judíos, pero sigue siendo un lugar de convivencia no solo con los judíos posdiaspóricos, sino con las naciones democráticas del mundo. –¿El antisemitismo sigue vigente? –Diría que se renueva y cumple una “función indispensable” que es –valiéndose de una larga trayectoria histórica– homologar al judío con el mal; si el mal está ubicado donde se halla el judío uno puede representar el bien, el antisemitismo cumple una función apocalíptica que es situar lo demoníaco fuera de uno mismo. –Hay un creciente proceso de acercamiento del judaísmo con la Iglesia Católica... –Desde el Concilio Vaticano II con Juan XXIII, pasando por Juan Pablo II, el cardenal Martini y un arzobispo francés ya fallecido, la Iglesia ha llevado adelante una tarea indispensable para su propia subsistencia que es ver en el judaísmo la posibilidad de su propia configuración y no su antítesis; también responde a la necesidad de que los monoteísmos establezcan un diálogo tendiente a observar lo que los debita. Judíos cristianos e islámicos deben dialogar para preguntarse de que modo pueden recuperar parte de la credibilidad pública que han perdido.

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