Las excusas del «Chacho»

Redacción

Por Redacción

Si bien la palabra «autocrítica» se encuentra entre las más usadas últimamente en el léxico político local, suele referirse a algo a lo que debería someterse un adversario derrotado, no a una alusión a los errores propios, de modo que nadie tiene derecho a sentirse sorprendido porque el ex vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez, coautor del libro recién publicado «Sin excusas», haya llegado a la conclusión de que su equivocación más grave fue aceptar aliarse con Fernando de la Rúa por haberlo creído «un moderado», no, como debería haber sabido desde el vamos, «un conservador». Alvarez, político que en diversas ocasiones ha intentado distinguir lo testimonial de lo posible, asevera que cometió un error garrafal al vincularse con personas que a su juicio no se habían propuesto impulsar un cambio genuinamente progresista del país, sino a lo sumo procurar manejar una situación ya bastante precaria. Un año después de renunciar, el ex vicepresidente parece creer que le hubiera convenido más procurar «crear un nuevo espacio de izquierda», aspiración que, según parece, a la luz de la experiencia considera más digna que la de participar del gobierno del país efectivamente existente.

Aunque la idea chachista de que con tal que se hubiera mantenido fiel a las promesas electorales, el gobierno de la Alianza radical-frepasista pudiera haber triunfado sobre todas las adversidades está compartida por muchos alfonsinistas y frepasistas, los demás entienden que las causas de la debacle distan de ser tan sencillas. Por cierto, la razón por la que tanto la UCR como el Frepaso parecen destinados a desaparecer en cuanto los votantes tengan una oportunidad para juzgar su desempeño tiene menos que ver con la presunta falta de energía de sus dirigentes cuando les correspondía cumplir con sus promesas preelectorales, que con la conciencia de que sus propuestas eran de por sí irrealizables por reflejar nada más que una lista de intenciones presuntamente buenas. Mal que les pese a Alvarez y otros que se autotitulan «progresistas», a la gente de carne y hueso le interesan más las consecuencias concretas de las medidas tomadas por los «dirigentes» que las divagaciones teóricas con las que suelen entretenerse, de modo que la sospecha de que en última instancia lo que le había ofrecido la Alianza era una versión del tradicional verso radical, es explicación suficiente de la decisión colectiva de abandonar al gobierno a su suerte.

De todos modos, los muchos problemas políticos nacionales no se deben sólo a la corrupción endémica contra la cual Alvarez trató de luchar con firmeza elogiable. Aún más perjudicial, si cabe, es la brecha enorme que separa el discurso de los «dirigentes» de lo que hacen cuando están en el poder. A veces, la diferencia puede atribuirse a la hipocresía. Si bien la voluntad de prometer virtualmente cualquier cosa al electorado sin tener la más mínima intención de tratar de honrar tales compromisos es común a todos los países, en el nuestro ha llegado a extremos grotescos: el ex presidente Carlos Menem resumió dicha actitud cuando confesó sin sonrojarse que de haber dicho la verdad en el transcurso de la campaña de 1989 hubiera perdido las elecciones. Sin embargo, no sólo es una cuestión del cinismo sistemático propio de quienes desprecian a sus compatriotas. Podría argüirse que han resultado igualmente perniciosos aquellos políticos -y en nuestro país son muchos- que «por principio» rehusaron darse el trabajo de procurar relacionar sus ideas con la realidad, los que sin haberse propuesto engañar a nadie formulan promesas tan fantasiosas como las confeccionadas con cinismo por el Menem ultrapopulista de la fase final de la gestión de Raúl Alfonsín. Cuando constituyen una mayoría, los políticos de este tipo, los que siempre se las arreglan para ahorrarles la necesidad de pensar realmente en serio en lo que dicen estar dispuestos a hacer, pueden ser tan peligrosos como los ladrones y los confesadamente mentirosos. En las semanas que siguieron a su renuncia, Alvarez pareció estar resuelto a abandonar esta tradición estéril, para no decir narcisista, para dedicarse a elaborar propuestas que fueran a un tiempo progresistas y realistas, pero, desgraciadamente para el país, a juzgar por sus comentarios más recientes, ha optado por replegarse hacia el moralismo meramente declamatorio de siempre.


Si bien la palabra "autocrítica" se encuentra entre las más usadas últimamente en el léxico político local, suele referirse a algo a lo que debería someterse un adversario derrotado, no a una alusión a los errores propios, de modo que nadie tiene derecho a sentirse sorprendido porque el ex vicepresidente Carlos "Chacho" Alvarez, coautor del libro recién publicado "Sin excusas", haya llegado a la conclusión de que su equivocación más grave fue aceptar aliarse con Fernando de la Rúa por haberlo creído "un moderado", no, como debería haber sabido desde el vamos, "un conservador". Alvarez, político que en diversas ocasiones ha intentado distinguir lo testimonial de lo posible, asevera que cometió un error garrafal al vincularse con personas que a su juicio no se habían propuesto impulsar un cambio genuinamente progresista del país, sino a lo sumo procurar manejar una situación ya bastante precaria. Un año después de renunciar, el ex vicepresidente parece creer que le hubiera convenido más procurar "crear un nuevo espacio de izquierda", aspiración que, según parece, a la luz de la experiencia considera más digna que la de participar del gobierno del país efectivamente existente.

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