Las fotos de una tragedia aérea en Allen salen a la luz 52 años después

Las imágenes inéditas permanecieron guardadas por familiares de rescatistas desde 1966. Un policía que estuvo en el operativo reconstruye la dramática búsqueda.





Llegó exhausto. Embarrado hasta la médula y con la sensación de haber caminado con un lastre de plomo en cada pierna. Los últimos kilómetros los había hecho corriendo porque creía que -tal vez- podía haber alguna esperanza de vida. Ni bien arribó a la comisaría de Allen, Atenor González, un hombre que vivía en la zona de barda y trabajaba en las canteras, quiso contar lo que había sucedido cerca de su rancho pero estaba tan nervioso que el agente Antonio Loyola le tuvo que ofrecer un vaso de agua para tranquilizarlo.



“Yo lo vi, yo lo vi”

“Cayó un avión en la sierra y yo sé dónde está porque lo vi, lo vi”, repitió González, ese hombre morocho, de piel curtida por el sol y el viento, que conocía como pocos la dureza de vivir entre el monte de jarillas. Había recorrido a pie más de 15 km para alertar sobre la tragedia. Loyola salió eyectado de la guardia y puso en conocimiento a sus superiores. Era un 30 de marzo de 1966 al mediodía y por ese entonces la comisaría estaba bajo el mando del oficial principal Tolosa.

El aviso de González les puso a los agentes la piel de gallina. Nadie estaba preparado en esa época para eso. Los recursos eran escasos al igual que el personal. Pero la vocación de servir primaba en esos hombres de la fuerza que no dudaron ni un instante en partir hacia la barda para auxiliar a las víctimas.

Un puestero vio caer la nave y caminó más de 15 km hasta la comisaría. Los policías salieron al mediodía. Se encajaron: primero con un jeep y después con un camión. Caminaron más de 15 km y llegaron al lugar a la madrugada.

A bordo de un Jeep de la comisaría, Loyola y otro agente emprendieron con González como guía el viaje rumbo a la zona del accidente. Pero ni bien ingresaron al camino que conducía a la barda Norte, todo se complicó. Unas horas antes un fuerte temporal de lluvia había dejado anegadas todas las vías de comunicación con ese sector. Pensaron que tal vez podrían atravesar las correderas de agua y barro con otro vehículo porque el Jeep se había encajado. Entonces fueron buscar un camión de Agua y Energía que, lamentablemente, corrió la misma suerte.

A bordo del camión de Agua y Energía que quedó anegado en medio del barro después de un fuerte temporal

La ambulancia debió llegar por un camino desde Cinco Saltos.

“No había tiempo. Ya era la tarde, nos habíamos quedado sin vehículos y teníamos que llegar al lugar porque nadie sabía si podía haber sobrevivientes”, recordó el ex policía Antonio Avelino Loyola, quien tiene 75 años y es -quizás- el único que sigue con vida del grupo que participó de la búsqueda del avión.

Loyola tiene guardadas en un sobre de cuero instantáneas que atesora de su paso por la policía y cuando aprieta con el pulgar y el índice las fotografías en blanco y negro de la tragedia aérea, imagina que el deber lo vuelve a llamar, como hace 52 años.

Como no podíamos ir en vehículo decidimos hacerlo caminando. Ya en el barrio Norte, antes del camino que te llevaba a la sierra, te quedabas encajado porque era impresionante la cantidad de lluvia que había caído”, contó, sentado en el comedor de su casa y cargado de la nostalgia de los tiempos que ya no vuelven. El grupo de rescatistas estaba integrado por miembros de la fuerza policial, vecinos y un conocido fotógrafo y colaborador de este diario, Alberto Langa, quien con su cámara retrató cada momento de la búsqueda y dejó imágenes inéditas.

Foto: Archivo Diario “Río Negro”.

Foto: Archivo Diario “Río Negro”.

Según la crónica que “Río Negro” publicó el 1 de abril de 1966, el médico policial Juan Paredes Lenzi, Samuel Piñeiro Pearson, el oficial principal Néstor Tolosa, el oficial Parra, el cabo Aurelio Payalef y los agentes José Ulledín, Vicente Vargas y Antonio Loyola, integraron la comisión de rescate.

Foto: Archivo Diario “Río Negro”.

Foto: Archivo Diario “Río Negro”.

“Caminamos desde la tarde hasta la madrugada. Fueron más de dos o tres leguas a pie, entre las jarillas, piedras y los alpatacos, subiendo lomas y cruzando cañadones que venían con agua… no fue para nada fácil llegar, pero no podíamos aflojar porque podía haber alguien con vida necesitando ayuda”, agregó Loyola.

“Parecían diez los muertos”

La noche, como las de estos días, demasiado fresca para cerrar el verano, también puso a prueba a los rescatistas. En la madrugada, con las piernas cansadas, pero con la esperanza de hallar sobrevivientes del accidente, se encontraron los primeros indicios de la máquina estrellada. La linterna a pilas de Loyola era el único elemento que tenían para alumbrar el terrible escenario que había dejado la catástrofe.

Los restos de la nave quedaron esparcidos en un área de 400 metros.

Las partes de la aeronave estaban dispersas en un radio de 400 metros a la redonda, al igual que los restos humanos de los ocupantes. El impacto del avión en el terreno había provocado un pozo de al menos un metro y medio de profundidad. “Todos estaban muertos, fue lo más impresionante que vi en mi carrera como policía. Eran cuatro muertos, pero parecían diez. No se podía hacer nada, no había luz y era imposible empezar a trabajar sobre los cuerpos”, indicó el expolicía de la comisaría de Allen.

El grupo de rescate, bajo las órdenes de Tolosa, pasó la noche en el precario rancho de Atenor González. Allí hicieron una fogata para pasar el frío, comieron unas tortas fritas y descansaron como pudieron, tres o cuatro horas. A las 6:00 se levantaron y regresaron al lugar del accidente. “Fue terrible ver cómo había quedado todo”, aseguró Loyola. “Desde el lugar del pozo hasta donde fue hallada la cabina distan 150 metros y el motor fue ubicado a 80 metros”, indica la crónica periodística del siniestro.

El precario rancho donde pasaron la noche. En la foto, Antonio Loyola.

Unas horas más tarde, cerca del mediodía, un avión sobrevoló la zona y desde el aire les arrojó a los rescatistas una decena de bolsas para recoger los restos de las víctimas. “Un puestero que tenía chivas allá arriba nos ayudó a juntar lo que quedaba de los fallecidos. Era un mar de sangre. Después llegó una camioneta que vino por un camino desde Cinco Saltos y se llevó las bolsas. Era imposible identificar los cuerpos”, dijo Loyola.

Una sola linterna. Los policías no tenían más elementos para iluminar en busca de los primeros indicios.

“Dio algunos giros”

El expolicía todavía tiene bien “fresco” el testimonio de Atenor González. Le dijo que antes de caer el avión dio algunos giros, presumiblemente para intentar un aterrizaje de emergencia, hasta que finalmente de estrelló. “No sabíamos quiénes eran las personas que viajaban. Nos enteramos después”.

El lugar exacto de la tragedia aérea (ubicado a la izquierda de la “bajada de Soria”) es prácticamente desconocido para la mayoría de los allenses, incluso para los que todavía mantienen viva la llama de la aviación en el AeroClub de la ciudad. No hay ninguna ermita ni placa que recuerde el hecho.

El hallazgo de un ala en la madrugada del 31 de marzo: posan puesteros y efectivos.


Del mal clima al mito de la valija llena de dólares

El piloto del Cessna 210 que se estrelló en Allen era el fundador de la empresa Kleppe & Co. Srl, una de las firmas frutícolas más importantes de la región que, en la actualidad, tiene alrededor de 2.500 empleados y exporta sus productos a más de 40 países.

Knut Olai Kleppe (65), era un noruego que había arribado a la Argentina en 1928. Fue un visionario del negocio frutícola que, a mediados de la década del 40, abrió su primera planta de empaque en Cipolletti.

Kleppe junto al copiloto, Alberto Pérez (43), y dos pasajeros, Per Asbjorn Warpe (33), un noruego residente en San Pablo, Brasil, y Antonio De Carvalho (31), quien era de nacionalidad brasileña, despegaron desde Neuquén a las 9:00. La muerte los sorprendió pocos minutos después, cuando el Cessna 210 (un avión de seis plazas que era muy moderno y veloz para la época) se precipitó al norte de Allen.

“Según las estimaciones de las comisiones y por referencias del Aeropuerto de Neuquén, el plafón estaba a unos 50 metros, lo que deduce que para obtener visibilidad el piloto debió bajar la máquina al máximo para retomar un punto de orientación y regresar a Neuquén”, decía la crónica de época. El mal clima habría jugado un papel determinante en el siniestro, que dejó cuatro víctimas fatales.

¿Había una valija repleta de dólares dentro del avión estrellado? ¿Existió una fortuna que nadie sabe a dónde fue a parar tras la fatalidad? El viaje de los empresarios frutícolas que fallecieron en el accidente aéreo alimentó por años esa versión, hasta ahora nunca comprobada.

El expolicía Loyola asegura que encontraron algunos billetes de la moneda estadounidense “pegados” entre las ramas de las jarillas, pero nunca fue hallado el “famoso” maletín con dinero que, en realidad, nadie sabe con certeza si existió o no.

“Cada dólar que hallamos entre las jarillas se lo dimos al oficial Parra y quedaba asentado. No vimos ninguna valija con dólares…”

Expolicía Antonio Loyola, hoy de 75 años

Una versión que circuló por años luego de la tragedia deslizó que alguien pudo haber recogido el maletín con los dólares antes de que lleguen los rescatistas.

Sin embargo, esa posibilidad perdía fuerza por dos razones: la ausencia de huellas de algún rodado en el escenario de la tragedia y la inaccesibilidad que presentaba el lugar, anegado por el agua de lluvia.



Cronología

La aeronave privada era un Cessna 210 con cuatro ocupantes a bordo.

Había despegado el 30/3/1966 a las 9 horas desde el aeropuerto de Neuquén.

El piloto era Knut Olai Kleppe, fundador de la firma,

Cayó a 15 kilómetros de Allen, en la barda Norte.

Un avión de la gobernación de Neuquén que tomaba impresiones de la inundación que había causado el temporal de lluvia divisó la máquina estrellada.

El grupo de rescate. Nadie pudo olvidar lo que vio.

Datos

Un puestero vio caer la nave y caminó más de 15 km hasta la comisaría. Los policías salieron al mediodía. Se encajaron: primero con un jeep y después con un camión. Caminaron más de 15 km y llegaron al lugar a la madrugada.
“Caminamos desde la tarde hasta la madrugada. Fueron más de dos o tres leguas a pie, entre las jarillas, piedras y los alpatacos, subiendo lomas y cruzando cañadones que venían con agua… no fue para nada fácil llegar, pero no podíamos aflojar porque podía haber alguien con vida necesitando ayuda”, agregó Loyola.
“Cada dólar que hallamos entre las jarillas se lo dimos al oficial Parra y quedaba asentado. No vimos ninguna valija con dólares…”

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