Las lecciones que llegan del cielo

Con la nueva misión a Marte que despegó ayer, el espacio vuelve a ser protagonista. Y también nos deja algunas enseñanzas, de viejas misiones, como la del Apollo 13, para estos días de pandemia.



Hay enseñanzas que nos caen del cielo.


Por estos días, los viajes a Marte (justo ayer despegó el Perseverance de la Nasa, en busca de vida marciana antigua y la semana pasada salieron otras dos misiones al mismo lugar) volvieron a poner al espacio y sus planetas entre nosotros, como noticia, como tema, quizás como ilusión o contraste ante tanta cuarentena de puertas adentro…
Hace muchos años, 22 para ser precisos, HBO lanzó la serie “De la Tierra a la Luna”, y trajo a la Argentina al astronauta que personificó Tom Hanks en la película “Apollo 13”, la que narraba aquello del “tenemos un problema Houston”.


El astronauta, ya retirado, era –es– James Lovell, un hombre que en ese momento tenía 70 años y que había hecho el camino hacia la Luna cuatro veces en su vida aunque jamás pudo convertirse en uno de los 12 que pisaron la superficie lunar.
Suyo era el gesto que repetía Hanks en la película sobre esa malograda misión: levantar el dedo pulgar, sentado en el patio de su casa y cubrir la luna. Lo que es enorme allá en el cielo, puede taparse con un dedo desde la Tierra.

Tom Hanks, en elpapel de Lovell, en la película Apollo 13


Los astronautas parecen seres de otro planeta, literalmente. No sólo por ser capaces de estar encerrados en lugares mínimos mucho tiempo, sino por ese deseo de salir de este enorme planeta que habitamos y aventurarse a lo desconocido. Por estar ahí flotando, en una especie de pompa de jabón, en medio de la negrura infinita.


Lo cierto es que Lovell, además de simpático y campechano, era de este planeta. Y para él, ir y volver a la luna era, no digamos como para nosotros ir a comprar el pan, pero tampoco gran cosa.
“La postura que más tarde utilizó Tom Hanks en la película, de ocultar la Luna con el dedo pulgar no solo la copió de mí, sino que retrata lo pequeños que somos y cuán frágiles podemos ser. Yo no me siento distinto a ningún otro ser humano. Creo que he sido muy afortunado de tener las credenciales adecuadas, en el momento correcto, para el programa espacial. Eso se podría llamar destino. Realmente, cuando uno lo analiza, ir a la Luna no es tan lejos”, dijo en aquel momento el ex capitán.

James Lovell, el día de hoy...

La medida del éxito


Lovell es consciente de que a diferencia de los 400 millones de personas que siguieron el gran salto de la humanidad que dio Neil Armstrong, lo del Apollo 13 sólo fue noticia cuando ya era casi una tragedia.


Pero no había en él nada de rencor. Ni por no haber alcanzado nunca el gran objetivo de pisar la luna, ni por ser recordado más por la frase que todos usamos que por la enorme –gigantesca– hazaña de regresar él y sus compañeros sanos y salvos a casa.

“Durante muchos años, lo que quedaba de la nave espacial, estuvo en un pequeño museo del aeropuerto de París. Querían olvidarla porque la NASA recibe fondos para continuar por los éxitos, no por el fracaso. Sólo después de mucho tiempo comenzó a llamar la atención porque, aun cuando no habíamos alunizado, superar la crisis había sido un tremendo éxito: volvimos a casa”, contó en aquella oportunidad el hombre.

Medio siglo


Este año, el 11 de abril y en medio de la cuarentena, se cumplieron 50 años de ese histórico momento en el que tres hombres, a oscuras y tiritando de frío, lograron regresar a la Tierra, por el empeño que le pusieron, guiándose manualmente en esa pequeña cápsula, con muy poco oxígeno para respirar, ayudándose unos a otros y confiando en ellos y en los que los ayudaban desde Houston.


“Allá arriba, todo es en blanco y negro. El color no existe. En todo el universo, dondequiera que mirábamos, la única pizca de color provenía de la Tierra. Allí podíamos ver el azul de los mares, los tostados y marrones de la tierra y el blanco de las nubes. No se trataba más que de otro cuerpo. Unas cuatro veces mayor que la Luna. Pero contenía toda la esperanza, la vida y las cosas que la tripulación del Apolo conocía y quería. Entre todos los cielos, era el objeto más bello que se podía contemplar. Aquí abajo, las personas no conocen lo que tienen. Quizá porque son pocas entre ellas las que tienen la oportunidad de dejarla y luego estar de vuelta, como lo hemos hecho nosotros”, escribió el sabio Lovell en un libro que publicó a su regreso.
Cuando comenzó la cuarentena, muchos astronautas dieron consejos sobre cómo soportar el encierro.

Lovell que ahora tiene 92 años y sigue muy activo aún, no habló mucho sobre este tema. Sólo habló para recordar la hazaña ocurrida medio siglo atrás.
Pero no importa.


Aunque es verdad que lo de Armstrong fue un gran paso para la humanidad, en este preciso momento, de cuarentena y pandemia, lo de Lovell y el Apollo 13 es una enseñanza perfecta. No tanto por soportar el encierro (con el que ya hemos aprendido a lidiar medianamente bien ) como por entender que el trabajo en equipo –nosotros cuidándonos, y respetando la distancia social, y la ciencia investigando y avanzando rumbo a una vacuna–, nos puede salvar.
Aunque tengamos un enorme problema, Houston…


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