Las manos

Por Redacción

Las manos cuentan una historia. En sus últimos años, mi madre, Margarita Segovia, le puso versos a sus manos. Llamó “El amor y el pan” a la poesía, y es un gusto compartir con usted retazos de su vida, contada y escrita con sus manos. “Manos ágiles, frescas y laboriosas / que dicen de mocedad / manos esperando tiempos / de amor, esperanza y amistad. / Manos que hacen uno: el amor y el pan”. Hasta que fui adulta y me pasaron algunas cosas importantes, siempre me pareció natural el rol de mi madre: maestra, que ejerció en el hogar, compromiso social a través de su actividad religiosa… mucho después le pregunté por Margarita. Qué te gustaba, le dije, ante unas fotos donde una linda muchacha de pelo ondulado –ella– jugaba al tenis. Entonces me contó del tenis y del dibujo y la pintura, y entendí por qué cuando encontraba una hoja en blanco la hacía vivir en ojos enormes, rostros, expresiones. Cuánto resigna una mujer de esa generación, y lo hace sin resentimientos… hoy creo que la rebeldía sería compañera de estos roles caseros, en cualquier mujer, aunque no se trasunte en hechos. Margarita aceptaba, y aceptaba con amor. “Manos que acunaron al hijo / cuando estaba al llegar / manos que mitigaron sus penas / cuando comenzó a caminar”. Cuando murió mi padre, el doctor Julio Dante Salto, a los 55 años, Margarita tenía 50. Una hermosa, madura mujer, con diez hijos. Poco tiempo después se desataron las furias: mi cárcel en 1971, el exilio de mi hermano Beby con su familia, la desaparición de mi hermana Marita, la muerte precoz de María Soledad, la bebita de mi hermano Fernando, de la esposa de Rudy, Mónica… Así que Margarita, columna central de mi infancia y mi juventud, se volvió gigante. Estuvo en todas y con cada uno de sus hijos e hijas. Y hasta su último aliento se preguntó por su jovencita desaparecida, y su Dios podría haber sido gentil y haberle hecho saber en su corazón que ella ya estaba en paz, para que tuviera ese consuelo. No. Tuvo que esperar su propia ida para encontrarla. *** “Manos temblorosas sobre ojos llorosos / tiempos que marcaron el dolor / manos que enjugaron lágrimas / para vivir tiempos de amor. Cuando el caminar es largo / lento se hace el caminar / los ojos cansados miran / las manos se detienen ya”. Cuando escribía esto desde la revista de la parroquia San Pablo de Cipolletti, “Palabra Viva”, interpretaba la Biblia, y particularmente el Nuevo Testamento. Sí; también le gustaba escribir. A veces, con mis hermanas, releemos artículos de Margarita, su anclaje religioso en la realidad, dicho con palabras certeras, lenguaje comprensible, rezumando amor, como en toda su vida. Si mi padre vivió la política con una visión estratégica, ella vivió la religión también mirando lejos. “¡Y las manos se detienen en los momentos compartidos / en el amor y en el pan, / en la vida de los hijos / y en el recuerdo de tiempos tan queridos! / Y estas manos que recibieron la vida / y la Vida les dio tanto en su andar, / como bálsamo a tanto vuelo / Dios, Amor, les concede sosiego y paz”. Mi agradecimiento a Marta Palou, conductora radial, que rescató esta poesía –parte de una entrevista con Margarita– y me la obsequió un sábado de sol.

MARíA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

en clave de y