Las preguntas últimas
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
Edward O. Wilson es un gigante de la ciencia. Como investigador, este profesor emérito de Harvard que ahora tiene 83 años es el creador de una nueva disciplina, la Sociobiología, a través de una obra fundamental de 1975 en la que sostiene que, se trate de hormigas o de humanos, el comportamiento social tiene una base biológica. Constituye una autoridad mundial en Mirmecología y un líder en preservación de la biodiversidad. Cuando apareció su “Naturalist” en 1994, el libro fue saludado como una de las grandes autobiografías científicas. Lo comentamos entonces. Más tarde publicó una selección de trabajos dados a conocer entre 1949 y 2006 titulada “Nature Revealed”, que fue acogida como una colección fascinante por los interesados en biología e historia y un libro propio de uno de los grandes intelectos de nuestro tiempo. Ha recibido el Crafford Prize de la Academia sueca, el más alto para actividades científicas no cubiertas por el Nobel. Escritor elegante y enjundioso, fue distinguido dos veces con el Pulitzer Prize en su país por una calidad literaria que reafirma en “The Social Conquest of Earth” (La conquista social de la Tierra), publicado hace tres meses y materia ahora de un debate entre evolucionistas con opiniones distintas sobre algunas de sus novedades teóricas. El objeto del libro es nada modesto: propone un modo de respuesta a las preguntas sobre la creación y el destino humano que han descartado los científicos y que los filósofos han renunciado examinar (así Peter Medawar, Nobel en Medicina, escribió en “Los límites de la ciencia” que el origen, el propósito y el destino del hombre (las preguntas, dijo, que plantean los niños) son enigmas que nunca podremos resolver y Karl Popper llamó “las preguntas últimas” a las tres que los expresan. Sólo las religiones satisficieron esas inquietudes dramáticas de los hombres con mitos diversos, a los que el autor califica como fantasías tranquilizadoras. En esta obra, enciclopédica y compleja, con algunos capítulos de difícil lectura y otros de patente claridad, Wilson grafica al principio y al final del libro esas eternas preguntas, curiosamente, a través de un cuadro simbólico de la vida humana que Paul Gaugin pintó en una isla tahitiana en 1897. El lienzo ilustra con figuras humanas de distintas edades las tres preguntas que él mismo pintor borroneó en francés en la parte superior del cuadro: “¿d’oú venons nous”, “¿que sommes nous?”, “¿oú allons nous?” (de dónde venimos, qué somos, adónde vamos). Wilson arguye que los avances científicos de las últimas décadas hacen posible resolver las dos primeras preguntas y al mismo tiempo proveen bases para responder a la tercera. La clave para entender la condición humana está en estudiar, catapultados por los progresos acelerados de los conocimientos científicos, cómo nuestra especie desarrolló sus avances en la vida social y los cambios y conductas que ellos han requerido. Dos tipos de organismos han conquistado la Tierra: los humanos y los insectos sociales, las hormigas especialmente. Los insectos sociales evolucionaron en 50 millones de años, el “homo sapiens” en sólo 200.000 años. El altruismo no es, como propone la teoría aceptada, fruto de la selección individual, sino el resultado de la selección entre los grupos. El propio Charles Darwin, recuerda, propuso que una tribu que tuvo muchos miembros deseosos de contribuir o a sacrificarse ellos mismos por el bien común sería triunfadora sobre la mayoría de las demás. Elaborando sobre reciente evidencia de la psicología social, la arqueología y la biología evolucionista, Wilson construye un ejemplo multifacético de que Darwin tenía razón. Las especies que han desarrollado existencias sociales avanzadas –lo que él designa “eusocialidad”, algunas abejas, hormigas, termites (organismos robóticos, dirigidos por el instinto) y nosotros mismos– han sido asombrosamente exitosas y extremadamente raras. Aquí es donde sus ideas recibieron críticas de estudiosos y colegas. En la revista “Nature”, por ejemplo, una cantidad de académicos opuso dudas en defensa de un punto central de la biología evolucionista moderna, el que sostiene que la selección natural y el altruismo actúan más fuerte a través de individuos y parientes que de grupos sociales más amplios, un pilar este último de la propuesta del autor de “The Social Conquest of Earth”. No sería adecuado, y está muy lejos de nuestra competencia, dar aquí una opinión sobre una controversia que es materia de especialistas; sólo podemos informar sobre lecturas y comentarios. Concluimos, sintetizándolas informalmente, con las respuestas que estaría dando el libro sobre aquellos enigmas aludidos por el propio Gaugin en lo escrito sobre los márgenes de su pintura casi póstuma de Tahití (¿de dónde venimos?, ¿qué somos?, ¿adónde vamos?). A la primera pregunta, Wilson responde que venimos de la biología. A la segunda, que la humanidad es, por lejos, el logro más grande de la vida sobre la Tierra. A la tercera, que, a causa de nuestras tremendas habilidades sociales –nuestra especial eusocialidad– estamos siendo dirigidos a una cooperación creciente y juntos conquistaremos al fin todos los rincones del mundo. (*) Doctor en Filosofía
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