Las raíces del terror
Desde que comenzó la invasión de Irak, tanto Saddam Hussein como otros líderes árabes, entre ellos el presidente egipcio Hosni Mubarak, están «advirtiendo» que las hostilidades desatarán una ola sin precedentes de ataques terroristas contra blancos occidentales militares o civiles. Según Mubarak, el jefe de un régimen autoritario que cuenta con buenos motivos para temer a los fundamentalistas religiosos, «esta guerra va a tener graves repercusiones, incluyendo la unificación de los grupos terroristas. Vamos a tener un centenar de Ben Laden». Sin embargo, vaticinios igualmente pesimistas fueron formulados antes de iniciarse la guerra contra los talibán afganos sin que hasta ahora se haya visto ningún aumento del terrorismo islámico fuera de lugares periféricos y sumamente vulnerables como Kenia, Filipinas, Cachemira y la isla de Bali. Incluso en Israel las previsiones de los que afirmaban que la mano dura del primer ministro Ariel Sharon estaba creando nuevos terroristas suicidas a un ritmo infernal han resultado ser exageradas. Por supuesto, siempre es factible que en cualquier momento se produzca una reedición del ataque espectacular contra las Torres Gemelas y el Pentágono del 11 de setiembre de 2001, pero hay que recordar que aquél no pudo ser atribuido a ningún zarpazo estadounidense reciente. Asimismo, el que las primeras semanas de la guerra contra Saddam no se hayan visto acompañadas por la temida marejada terrorista hace pensar que, mal que les pese a los muchos que en el fondo quisieran verla materializarse, dicha amenaza es menos evidente de lo que tantos suponen. De haber tenido razón los agoreros, ningún día transcurriría sin que se produjeran matanzas horrorosas en las principales ciudades norteamericanas y europeas.
Aunque el terrorismo puede afectar a todos, escasean los dispuestos a intentar analizar sus causas sin procurar aprovechar sus conclusiones en pro de sus prioridades particulares. A veces tales prioridades son muy respetables: a los angustiados por la extrema pobreza que existe en tantos países subdesarrollados les parece natural atribuir el terrorismo a «la pobreza» o «la injusticia», aunque a lo sumo tales lacras sirven de pretextos para el accionar de individuos que nunca han sido pobres y que no tienen ningún interés en promover el desarrollo económico. Si no fuera así, países como la India, la China, Bangladesh, para no hablar de la Argentina actual, serían totalmente ingobernables. Desde luego, el que la pobreza extrema de por sí no genere terrorismo no es una buena razón para tolerarla, pero tampoco lo es para suponer que el progreso económico sea una especie de arma psicológica invencible.
También son interesados los análisis de quienes achacan los esporádicos brotes de terrorismo a la dureza de quienes, como Sharon y, últimamente, George W. Bush, optan por combatirlo frontalmente: lo que muchos tienen en mente es intimidar a dirigentes que, por los motivos que fueran, no les gustan. Sin embargo, a juzgar por la experiencia argentina en esta materia, si bien una campaña antiterrorista implacable puede resultar políticamente muy pero muy costosa, esto no quiere decir que fracasará en términos militares. Por cierto, parecería que la pacificación de la Argentina luego de un largo período en el que el terrorismo, que había disfrutado de la simpatía de amplios sectores sociales, era rutinario se debió a la conciencia de que en última instancia las fuerzas armadas siempre lograrían aplastarlo. Es que con la posible excepción de los pilotos kamikaze japoneses que ya sabían que la derrota era virtualmente inevitable, incluso el terrorismo suicida que es promovido con cinismo por distintos líderes musulmanes depende de la creencia de que ayudará a alcanzar un objetivo deseado. Por lo tanto, de propagarse la certeza de que no es sólo inútil sino también contraproducente, pocos estarán dispuestos a practicarlo. Bien que mal, si la historia nos enseña algo, esto es que el terrorismo suele florecer cuando existen buenas razones para prever que resultará eficaz al obligar al adversario a hacer concesiones significantes pero que no constituirá un problema insuperable si no cabe duda de que su incidencia en la evolución de un conflicto determinado será totalmente negativa.
Desde que comenzó la invasión de Irak, tanto Saddam Hussein como otros líderes árabes, entre ellos el presidente egipcio Hosni Mubarak, están "advirtiendo" que las hostilidades desatarán una ola sin precedentes de ataques terroristas contra blancos occidentales militares o civiles. Según Mubarak, el jefe de un régimen autoritario que cuenta con buenos motivos para temer a los fundamentalistas religiosos, "esta guerra va a tener graves repercusiones, incluyendo la unificación de los grupos terroristas. Vamos a tener un centenar de Ben Laden". Sin embargo, vaticinios igualmente pesimistas fueron formulados antes de iniciarse la guerra contra los talibán afganos sin que hasta ahora se haya visto ningún aumento del terrorismo islámico fuera de lugares periféricos y sumamente vulnerables como Kenia, Filipinas, Cachemira y la isla de Bali. Incluso en Israel las previsiones de los que afirmaban que la mano dura del primer ministro Ariel Sharon estaba creando nuevos terroristas suicidas a un ritmo infernal han resultado ser exageradas. Por supuesto, siempre es factible que en cualquier momento se produzca una reedición del ataque espectacular contra las Torres Gemelas y el Pentágono del 11 de setiembre de 2001, pero hay que recordar que aquél no pudo ser atribuido a ningún zarpazo estadounidense reciente. Asimismo, el que las primeras semanas de la guerra contra Saddam no se hayan visto acompañadas por la temida marejada terrorista hace pensar que, mal que les pese a los muchos que en el fondo quisieran verla materializarse, dicha amenaza es menos evidente de lo que tantos suponen. De haber tenido razón los agoreros, ningún día transcurriría sin que se produjeran matanzas horrorosas en las principales ciudades norteamericanas y europeas.
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