La tragedia de Chapecoense: el libro de Javier Sinay que reconstruye el accidente y la historia de los sobrevivientes
Después de diez años de investigación, Javier Sinay reconstruye el accidente aéreo que en 2016 dejó 71 muertos y seis sobrevivientes entre los integrantes del Chapecoense. Un adelanto de "El secreto de los sobrevivientes", editado por Leila Guerriero, que llega este mes, publicado por Tusquets.
El 28 de noviembre de 2016, el avión que trasladaba al plantel del Chapecoense hacia Medellín se estrelló contra una montaña en Colombia. El equipo brasileño viajaba para disputar la final de la Copa Sudamericana, en lo que era el momento más importante de su historia deportiva. La tragedia dejó 71 muertos y apenas seis sobrevivientes: una cifra que, desde entonces, abrió una pregunta que parece imposible de responder: ¿por qué ellos lograron escapar de la muerte?
El periodista y escritor argentino Javier Sinay convirtió esa pregunta en el centro de una investigación que llevó diez años de trabajo. Autor de libros como “Sangre joven”, ganador del Premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gijón, y “Los crímenes de Moisés Ville”, una reconstrucción histórica sobre el primer asesino serial de la Argentina, Sinay ha construido una obra donde el periodismo narrativo se cruza con la investigación, la memoria y las zonas más oscuras de la experiencia humana.

En “El secreto de los sobrevivientes” (Tusquets), editado por Leila Guerriero, que llegará este mes a las librerías, Sinay vuelve sobre aquella noche de 2016 para reconstruir no solo las causas del accidente, sino también las historias de quienes quedaron con vida. El resultado es una investigación sobre una catástrofe aérea, pero también sobre el azar, la fragilidad y esa pregunta que acompaña a toda tragedia: qué ocurre en ese instante inexplicable en que algunos sobreviven y otros no.
A continuación, un fragmento del libro.
Tres noches atrás, Helio Neto temblaba en la cama, temblaba todo su largo cuerpo desde la punta de los pies hasta el último cabello, temblaba dormido en el sueño más real que jamás había soñado.
«Y te agarrabas muy fuerte», le dijo a la mañana siguiente su esposa, Simone. Helio Neto la miró con algo de desconcierto —o preocupación. Sus ojos eran de un color verde vivo, verde neón, y en el marco de su rostro anguloso semejaban los de un felino. Simone había tenido miedo de despertarlo. «Pensé que eras viendo algo», siguió ella, «o luchando contra algo espiritual».
Era una mañana apacible en Chapecó, una ciudad modesta, un rincón del sur de Brasil, y esa serenidad contrastaba con la incertidumbre en la habitación: «Luchando contra algo espiritual», había dicho Simone. Las palabras quedaron flotando un rato y luego se esfumaron.
Helio Neto era (y es) la clase de hombre que podría haber estado luchando contra algo espiritual en un sueño, y aun contra el demonio, porque creía intensamente en Cristo. Había abrazado el evangelismo cuando, en Santos, había comenzado a ir a los encuentros de una iglesia que se llamaba Igreja Batista Central. Unos amigos lo habían invitado: Rafael Cabral, Filipe Anderson, Bruno Peres. Hombres jóvenes sometidos a un trabajo con cierta presión, como él. Al principio no se había sentido atraído con lo que ocurría en la Igreja Batista Central, pero los amigos habían insistido. Después algo cambió, y él entendió que cuando los pastores comentaban la Biblia había una o dos cosas que lo cautivaban. El pastor Carlos, el pastor Wesley: con ellos Helio Neto entró en el mundo espiritual y de repente fue como si Dios le estuviera hablando directamente a él. Respondió, pasado un tiempo, con una ceremonia de bautismo.
Desde entonces la naturaleza de su fe se había vuelto cada vez más profunda y ahora era Neto quien organizaba reuniones donde muchas personas oraban. Él recitaba la Biblia de memoria, volvía a sus páginas una y otra vez, y le preguntaba a Simone, cuando ella le armaba la maleta para un viaje, si la había colocado dentro.
Pero no: tres noches atrás Neto no estaba luchando contra el demonio. El sueño era diferente a eso. En el sueño había movimiento. Él viajaba en un avión.
Iba con el equipo, tenían que jugar un partido. Él era el mismo que en la vida real: el jugador de fútbol al servicio del Chapecoense, un club que se había convertido en la revelación del campeonato. Era el hombre de familia. Era el padre de dos hijos.
Él era ese que había salido de Pavuna, Río de Janeiro, siendo un adolescente, empujado por el anhelo de convertirse en un deportista; era el que descubrió que para jugar al fútbol en Brasil había que vencer a miles; el que tiempo después, ya casi jugador, ya casi un hombre, se probó en Grêmio y pasó cuatro meses entrenando en Vasco da Gama sin pisar la cancha; el que por fin debutó en un equipo llamado Francisco Beltrão y en los años siguientes vistió cinco camisetas porque el mercado tiene idas y vueltas; el que jugando para Santos erró un penal decisivo en una final contra Ituano y supo que después de eso nadie le renovaría el contrato. El que tuvo una nueva oportunidad en el Chapecoense. Él era Helio Neto.
En el sueño no había luna; el cielo era un telón ennegrecido. Llovía. De un momento a otro el vuelo se complicaba. Un ruido extraño ensordecía a todos los pasajeros, también a Neto. El avión empezaba a descender bruscamente. Peor: a caer. Caía y caía, y había pánico y espanto en la cabina —caía hasta que inevitablemente se estrellaba contra unos árboles.
Muchos morían.
Neto quedaba atrapado entre la chatarra, aún respiraba pero no se podía mover. Sin embargo, veía una puerta de emergencia iluminada y, por esas cosas de los sueños, simplemente se arrastraba hacia allí. Lograba abrirla, lograba salir.
Afuera estaba muy oscuro y muy mojado y muy frío, y todo era arbustos y bosque. Neto estaba cubierto de sangre, caminaba como podía. ¿Tenía miedo? ¿Era horror? ¿O la adrenalina se volvía más poderosa que lo demás? Neto miraba hacia el avión: ya no quedaba nadie. Entonces, detrás de él aparecían cuatro personas que brillaban intensamente. Sus rostros no se dejaban ver. Parecían ángeles, pero no lo eran. Eran otra cosa: eran sobrevivientes.
Entre los cadáveres de sus amigos, rodeado por los restos de las valijas y del fuselaje, Helio Neto gritaba: «¡Dios mío, hay gente viva!».
Se despertó.
El 28 de noviembre de 2016, el avión que trasladaba al plantel del Chapecoense hacia Medellín se estrelló contra una montaña en Colombia. El equipo brasileño viajaba para disputar la final de la Copa Sudamericana, en lo que era el momento más importante de su historia deportiva. La tragedia dejó 71 muertos y apenas seis sobrevivientes: una cifra que, desde entonces, abrió una pregunta que parece imposible de responder: ¿por qué ellos lograron escapar de la muerte?
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