María O’Donnell y «Montoneros una historia visual»: «un debate informado es lo mejor que le puede pasar al sistema democrático”
En “Montoneros, una historia visual”, María O’Donnell vuelve sobre una década de la historia argentina a través de fotografías, documentos, archivos y testimonios. El resultado no es un libro de historia en el sentido clásico: es periodismo. Una investigación que ordena diez años vertiginosos y los vuelve accesibles para quienes no los vivieron. Después de "Born", "Aramburu" y "Born y Quieto", O’Donnell reúne ahora buena parte de ese recorrido en un libro pensado también para una generación que conoce los 70 a través de relatos fragmentarios. El viernes 2 de octubre lo presenta en la Feria del Libro de Roca.
MARIA O'DONNELL PLANETA ENE 2026
Hay algo profundamente intergeneracional y familiar detrás del nuevo libro de María O’Donnell. “Montoneros, una historia visual” vuelve sobre una historia que para ella empezó casi al mismo tiempo que su propia vida y que, muchos años después, se convierte en una suerte de respuesta para sus hijas. O’Donnell nació en Estados Unidos, en 1970, apenas un mes antes del surgimiento de Montoneros. Su padre, el politólogo Guillermo O’Donnell, estaba entonces en ese país haciendo su tesis doctoral sobre el Estado burocrático-autoritario.
Aunque es licenciada en Ciencias Políticas, O’Donnell construyó su carrera entre el periodismo y la investigación. Trabajó en Página/12, fue corresponsal en Washington para La Nación, y desarrolló una extensa trayectoria en radio y televisión. Desde 2021 conduce “De acá en más”, en Urbana Play. Escribió sobre política contemporánea, pero una parte importante de su trabajo de los últimos años quedó ligada a los años en que la Argentina pasó de la movilización política a la lucha armada, de la vuelta de Perón al golpe de 1976 y, de allí, a una dictadura que desplegó un sistema de represión ilegal, secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones forzadas desde el aparato del Estado.
Su entrada a esa historia fue, más bien, casual. Llegó a Montoneros porque quería contar un secuestro. El secuestro había sido cometido por la organización y, para poder contar aquella historia, tuvo que reconstruir su contexto. Aquella investigación abrió una década de trabajo sobre Montoneros: “Born” (2015), “Aramburu” (2020) y “Born y Quieto” (2023). Ahora, con “Montoneros, una historia visual”, publicado por Planeta como toda su obra, reúne por primera vez en un mismo libro el recorrido completo de la organización, desde su aparición en 1970 hasta su desintegración.
Hay algo particular en ese recorrido. Cada libro abre una puerta distinta: un secuestro permite mirar la organización desde el dinero -el más caro y emblemático de la historia argentina, tras el pago de 60 millones de dólares-, la clandestinidad y la negociación; “Aramburu”, desde la figura del ex presidente de facto que derrocó a Perón, prohibió el uso de su nombre y luego ordenó el secuestro y ocultamiento del cadáver de Eva, antes de ser él mismo asesinado por Montoneros, y “Born y Quieto”, desde la conducción, la disciplina y las decisiones internas. Cada libro agrega una pieza.
Este último, además de la historia, incorpora fotografías, documentos y materiales gráficos que durante décadas quedaron dispersos entre archivos públicos y colecciones privadas.

Hay escenas memorables en todos esos libros. Una es esta: en Barcelona, durante una entrevista con Mario Firmenich, exlíder de Montoneros, O’Donnell le preguntó si Aramburu, cuando ya estaba frente a sus ejecutores, pudo haber dicho “proceda”, amordazado como estaba. Firmenich tomó la servilleta bordó que había sobre la mesa, la dobló en cuatro, se la metió en la boca y respondió: “Pro-ce-da”. Aunque gangoso, María le entendió perfectamente.
En «Montoneros», ese tipo de materiales se multiplica. Fotografías encontradas casi por azar, archivos privados, coleccionistas, documentos que durante décadas quedaron dispersos. O’Donnell trabajó con el historiador Hernán Confino, con archivos como el CeDInCI y la Comisión Provincial por la Memoria, con coleccionistas particulares y con fotografías de Alicia Sanguinetti y Sara Facio. El resultado es un libro que puede ser leído por alguien que conoce en profundidad la década del 70 y, al mismo tiempo, por alguien que empieza a preguntarse ahora qué fue Montoneros, por qué surgió, qué relación tuvo con Perón, cómo se transformó y qué ocurrió con sus militantes durante la dictadura.
El viernes 2 de octubre, a las 20:00, O’Donnell llega a la Feria del Libro de Roca para presentar “Montoneros”. Antes, habló con Lectón del libro, de la necesidad de un debate informado sobre nuestra historia, de la relación del periodismo con el gobierno de Javier Milei.

“Nací en 1970 en Estados Unidos, un mes antes del surgimiento de Montoneros. Nací allí porque mi viejo estaba haciendo la tesis doctoral en Yale, justamente sobre el Estado burocrático-autoritario. Él cuenta esos años que precedieron al 70, mirando la dictadura de Onganía, que fue el preludio de lo que después iba a ser la dictadura del 76. Después, llegó el periodismo. Empecé a escribir sobre Montoneros de casualidad, porque yo quería contar un secuestro y lo había hecho Montoneros. Entonces, me metí en esa historia para poder contarlo. Y a partir de ahí se sucedieron varios libros, y el debate volvía. Y ya con mis hijas con veintipico de años, me di cuenta de que la historia de la lucha armada se había discutido y contado de distintas maneras, con ángulos muy distintos según estos tiempos en democracia, y que era todo muy confuso. Pensé: si tengo que encontrar en un único lugar una breve historia de Montoneros, no la encuentro. Entonces, me dieron ganas de escribir esto. Y de pensarlo con un formato que permitiese reponer una época, transmitirla, y que tuviese que ver también con este tiempo”, dice María desde el otro lado de la pantalla, un día antes de viajar a España adonde también presentará el libro.

-Trabajaste como en una mini redacción, con ayuda a nivel de diseño, edición, investigación y recolección de materiales gráficos muy interesantes. ¿Cuál fue el que más te impactó o te sorprendió?
-La tapa del libro tiene que ver con una foto que alguien dejó tirada en la calle y que recogió un artista que tenía una amiga que trabajaba en el archivo del CeDInCI, una organización dedicada a juntar material de la izquierda y que tiene también cosas de guerrilla.

Nosotros teníamos un problema: si el libro se llamaba Montoneros, la tapa no podía ser una imagen de una plaza con una bandera de Montoneros porque iba a quedar reiterativo. Pero ¿cómo transmitir esa potencia? Y, de casualidad, tiradas en la calle aparecieron esas fotos tan elocuentesdel día de la asunción de Cámpora.
Esto tiene que ver un poco con que mucho del material está en manos privadas, o sueltas. El principal trabajo fue de un coleccionista privado que es Roberto Baschetti que tiene su casa en San Miguel, un material increíble; también el CEDINCI, la Comisión de la Memoria; la fotógrafa Alicia Sanguinetti, que estuvo presa en Devoto y tiene un trabajo fotográfico maravilloso del Devotazo; el trabajo de Sara Facio sobre la vuelta de Perón, que ella hizo para una agencia internacional y que luego se expuso el Malba, hace poco. Todo ese material me encantó. Y después hay un mundo de coleccionistas privados, que nos permitió encontrar por ejemplo la cantata montonera; un mundo de coleccionistas privados y nerds, gente que guarda cosas de los 70, entonces fue entrar en ese mundo e ir encontrando cosas que, vistas todas juntas, resultan muy novedosas.
-Comenzaste hace muchos años con tu primer libro sobre este período. Te volviste una experta en este tema. ¿Te quedan aún preguntas sobre este período, sobre Montoneros o sobre los personajes?
-Sigo muy enganchada en el sentido de que fue un tiempo muy extraordinario, muy incandescente, muy breve, muy particular.
María hace referencia a una frase del libro «La pasión y la excepción, Eva, Borges y el asesinato de Aramburu» de Beatriz Sarlo, reproducida en el libro: “Desconocidos hasta mayo de 1970, sospechados por muchos en ese momento, los Montoneros sin embargo supieron tocar el nervio maestro de la sensibilidad peronista. Unieron, en una sola maniobra, las pasiones extremas del amor y del odio: el fusilador y la abanderada de los humildes. Aplicaron la ley de la venganza, lavando una afrenta y un despojo. Se festejó en junio de 1970 porque los hechos que se vengaron tenían una magnitud que justificaba moralmente la muerte de aquel que fue instituido como responsable. Además, la venganza abriría otra era: en este sentido fue un hecho excepcional, un punto en que todas las cosas salieron de su eje y nunca volvieron a acomodarse como en el pasado. Ya nada sería igual en la Argentina. La pasión había llegado a su punto de incandescencia«.

La historia de Montoneros -sigue María- tiene una particularidad dentro de la historia de las guerrillas latinoamericanas: por ser católica, por haberse insertado en un movimiento de masas, por haber apostado en un momento a una salida electoral, con mucha ambivalencia también, y después por enfrentarse a una dictadura de una ferocidad única. Y están todos los dilemas humanos detrás de eso: qué se hace con una dictadura, qué se hace con una persona que delata -ya ese verbo tiene una carga-, que entrega una información. Está además el hecho de que Massera reclutara, para su propio proyecto político, a integrantes de Montoneros que estaban detenidos en la ESMA, porque eran más cultos, hablaban idiomas. El centro piloto de París: ¡llevar detenidas-desaparecidas a París a trabajar para el proyecto de Massera! La Contraofensiva. El hecho de traer de regreso a quienes ya estaban en el exilio en México y España, con la idea de que a partir de un par de acciones armadas se podía hacer tambalear a la dictadura. Todo eso es extraordinario.
Además, cuando vuelve Perón, todo el continente estaba lleno de dictaduras apoyadas por Estados Unidos, en plena Guerra Fría, y Argentina queda un poco descolocada. Entonces viene la vuelta de Perón, que muere muy rápidamente. Es un proceso que comprime casi veinte años de resistencia peronista en un momento en que el continente ya había ido para otro lado. Por eso me parece que todo junto es muchísimo.
Dividí la historia de Montoneros en cinco capítulos. Y si te fijás cómo cortan los capítulos, tienen que ver con la historia de Montoneros. No corta con la vuelta de Perón o con el golpe del 76. Una de las cosas que trabajé mucho con Hernán Confino, el historiador que fue una guía para mí, fue cómo hacer la historiografía de Montoneros. Por ejemplo, corto un capítulo con el asesinato de Rucci porque para mí hay ahí un quiebre muy definitorio. O con Ezeiza. Es anterior a la Plaza del Primero de Mayo, cuando Perón los echa -o ellos se van, como quieran contarlo-.

Pensé esa historia en diez años y cinco capítulos, cortada a partir de los sucesos más relevantes de Montoneros y de su vínculo con Perón, sobre todo al inicio.
-Hay algo impactante de Firmenich en particular, que es esa cosa tan fría que tiene para explicar todo con números, las bajas, las muertes, pero también ese cruce entre maoismo, catolicismo híper conservador y una estructura muy militar.
-Sí. Hay una parte inicial que todas las organizaciones guerrilleras tenían por su propia condición de clandestinidad. Y obviamente, a medida que la represión se fue haciendo cada vez más brutal, también era necesario tomar más recaudos.
Algunas cuestiones vinculadas con la seguridad, por ejemplo la condena a la infidelidad, tenían que ver con que convivían en casas operativas, a veces no necesariamente con sus parejas. Eran formas de prevenir descuidos de seguridad. Si alguien pasaba Navidad con su familia y su mujer no era de la organización, no se tomaban los recaudos necesarios. Ahora, creo que además había un componente propio, sobre todo en la conducción, porque Montoneros después incorpora organizaciones guerrilleras de otras tradiciones.
Pero el núcleo original es muy católico, con valores muy conservadores. Por ejemplo, hay un juicio revolucionario contra alguien que había tenido una pareja homosexual. Eso no tiene nada que ver con cuestiones de seguridad, sino con ideas muy conservadoras.

Es esa mezcla entre el maoísmo y el catolicismo, que es una rareza muy particular: la idea de que había que poblar las próximas generaciones, alimentar la revolución con las generaciones que vienen. Es una mezcla muy particular. Montoneros es muy particular.
-Hay algo que destaca Ernesto Tenembaum en el prólogo del libro que es que sos objetiva y no hay una moralina detrás. Confiás mucho en el lector…
-Eso tiene mucho que ver con que me decían: un libro así, con Milei presidente, puede que algunos de los episodios más violentos de Montoneros generen, sobre todo desde hoy, estupor y preguntas alrededor de la lucha armada, la violencia y demás.
Un caso que generó en aquel momento mucha conmoción fue el de Ana María González, que se hace amiga de una compañera de estudios porque era hija del comisario que estaba a cargo de la Policía Federal. Se hace muy amiga, y se mete en la familia con el objetivo que después cumple: poner una bomba debajo de la cama del padre de la amiga y matarlo. La idea de qué pasa con nuestros hijos, qué está haciendo la guerrilla con nuestros hijos. También porque ella era mujer, lo cual le daba un componente más fuerte.
Hoy hay un discurso sobre esto que nunca, desde el 83 hasta acá, estuvo tan cerca del discurso militar respecto de la necesidad de combatir a las guerrillas y esto como justificativo de la represión ilegal. No digo negacionismo porque sigo la línea de Confino y compañía. Si te dicen que hay dos historias, por lo menos partimos de lo básico: hay una que existió, que fue el terrorismo de Estado. Otra cosa es decir si estuvo justificado o no.
Yo sí me pregunto, como alguien convencida de que el terrorismo de Estado es distinto y merece otro tipo de castigo con relación a los delitos de lesa humanidad, porque es el propio Estado el que tiene el monopolio del uso de la fuerza y porque fue mucho más allá de matar, de secuestrar: los secuestraban, los violaban, les robaban los bienes.
Dicho todo esto, justo ahora, creo que necesitamos un debate informado. Porque además de confiar en el lector, confío en que cuando las cosas están puestas en contexto, por más que hoy las mires como las quieras mirar -no es mi objetivo decir cómo tenés que mirar-, el contexto permite mucho menos la manipulación y te permite entender por qué pasó lo que pasó.
Para mí, un debate informado es lo mejor que le puede pasar al sistema democrático. Mucho más que la desinformación, la manipulación, el miedo, traer palabras como terrorismo sueltas. Todo eso genera además una estigmatización de la protesta, de la lucha.
María O´Donnell

A mí me parece que cualquier duda que pude haber tenido me la fui sacando. Igual es un proceso mío, independientemente del momento político. Llevo diez años. Es un proceso en el que me voy haciendo preguntas. Un libro lleva mucho tiempo.
Pero independientemente de la coyuntura, que no es lo que me maneja ni lo que me mueve, creo que está bien. Me encuentro con un montón de docentes que me dicen: “Me sirve, lo llevo al colegio, me sirve para el debate, este material me ayudó un montón”. Eso me parece buenísimo. Eso me hace sentir bien
-Ya que hablás de la coyuntura, porque además de escribir, tenés un día a día que atraviesa esa coyuntura y que te pone frente ese discurso polarizado, agresivo. ¿Cómo te llevás con eso?
-Tengo una ventaja: elijo trabajar en medios que no me empujan en dirección a la polarización ni a un tipo de periodismo que a mí me parece que primero no es periodismo, sino que busca hinchadas y no audiencias. Trabajar en un streaming, o en el mundo de los canales de cable, que son sectores mucho más polarizados, genera esta lógica de las hinchadas.
Entonces, por un lado, está la elección de dónde trabajo y la posibilidad de la radio, que me parece lindísima, de generarte una audiencia que te conoce, que de alguna manera te permite que conozcan tu manera de encarar el trabajo. Yo trato de entender. Mis editoriales no bajan una línea, aunque obviamente opino, elijo, tengo un pensamiento, pero fundamentalmente trato de hacer un esfuerzo con todo mi bagaje por explicar cuál es el conflicto y entender la coyuntura.
-A vos el presidente te ha agredido muchas veces…
-Sí. Al principio me sacudió más, porque sobre todo al principio estaba muy dirigido, y no estábamos acostumbrados. Yo creo que ahora el efecto es muy diluido. Incluso me pasa que por ahí me dicen “te atacó” y no me entero. Sí me fijo lo que dice el presidente, pero porque me fijo en sus redes, porque es parte de mi trabajo. La verdad es que ahora ya siento que, por reiterado, es un mecanismo y, por extendido, un mecanismo que pierde un poco su impacto.
-¿Vas a hacer algún otro libro sobre esta etapa? ¿Hay algo que digas: esto me queda pendiente todavía sobre este período?
-Siempre que termino un libro juro que no voy a escribir nunca más uno, porque me lleva mucho tiempo y es un esfuerzo enorme. Violo permanentemente mi promesa. Es como los partos: nos olvidamos después. Siempre digo que es el último de los 70 y lo que me pasa siempre es que me van quedando cositas y después vuelvo. No lo sé, la verdad no lo sé.
Ya no me atrevo a decirte que me voy a ir seguro. Empecé con uno y no pude parar, así que no sé. La verdad, no lo sé.
Hay algo profundamente intergeneracional y familiar detrás del nuevo libro de María O’Donnell. “Montoneros, una historia visual” vuelve sobre una historia que para ella empezó casi al mismo tiempo que su propia vida y que, muchos años después, se convierte en una suerte de respuesta para sus hijas. O’Donnell nació en Estados Unidos, en 1970, apenas un mes antes del surgimiento de Montoneros. Su padre, el politólogo Guillermo O’Donnell, estaba entonces en ese país haciendo su tesis doctoral sobre el Estado burocrático-autoritario.
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