Lecturas: “No es un río”, de Selva Almada, una historia en profundidad

El último libro de la talentosa escritora entrerriana es la recomendación de este fin de semana de Cecilia Boggio. La prosa breve, poética, imita la cadencia de ese curso de agua en el que transcurre la historia.





Acabo de leer por segunda vez la nueva novela de Selva Almada “No es un río” Literatura Randon House, 2020. Es un volumen breve, 137 páginas que se leen de un tirón, pero se hace necesaria la segunda lectura.
Como señala María Elvira Woinilowicz, es una novela de extensión en hondura, una novela de calado profundo. Necesitamos volver para saborear las palabras, rearmar las historias y apreciar los silencios de lo no dicho.
Enero y El Negro, amigos desde la infancia ya cuarentones, y Tilo, un muchacho de unos veinte años, van de camping a una isla del río. Pescar, tomar mucho alcohol, refrescarse en el agua. Son salidas convertidas en rito que hacían con Eusebio, padres de Tilo, ahogado quince años atrás.


La isla está habitada por pescadores pobres que viven cerca del monte en escasas barriadas como Aguirre, que cuando contempla el río “un que resplandor le humedece los ojos. Y otra vez: no es un río, es este río. Ha pasado más tiempo con él que con nadie.”
No cuento más. El presente de ese fin de semana presenta muchas historias que se entrelazan en el tiempo y que el lector va conociendo de forma alternada. Lo sorprendente es el cómo la autora con el mínimo de palabras va armando las tramas, cómo aparecen los ambientes, las costumbres, las supersticiones, los conflictos, los sueños, las pesadillas.


La prosa breve, demorada, poética, un narrador en tercera persona nos muestra el mundo en el lenguaje de los personajes, el brusco y zafado de los hombres, el de las jóvenes, el de las mujeres adultas. Como señala una reseña: “hay un más allá de la palabra escrita que permite al lector conocer el estado emocional de ese pedazo de mundo…“En un universo de varones con sus modos de solidaridad, de amor, de violencia, silencio y hasta de traición, aparecen también las mujeres fuertes que quiebran la herencia patriarcal”. No hay división en capítulos, sí espacios en blanco al cambiar de trama y también en los diálogos para indicar quién habla, con un ritmo reposado para pensar y luego seguir.
Como nos han habituado las brillantes y exitosas escritoras nacionales de la llamada generación del 90, hay resquicios por donde se cuela lo fantástico.
Gabriela Cabezón Cámara comenta que Selva Almada construye una lírica de la aspereza, una lírica en la que las manos callosas de sus personajes casi no necesitan ser dichas para hacerse sentir, te tocan. Cada palabra pesa y significa.
La autora sostiene que la novela tiene un tono más cercano a la poesía que a la narrativa para mejor imitar la cadencia del río, “ríos más negros que la noche”, “espesos como la brea” donde los pescados retozan como mariposas, rodeados de montes donde “no se ve ni lo que se habla ahí dentro”, donde “las mujeres se curten antes que en el pueblo” y donde la gente siempre tiene algo para decir “y si no tiene, lo inventa”.
Yo agrego que hay otro componente también muy importante: el monte, con todos sus secretos y su vida propia que se abre o se cierra al hombre, al paso del extraño.
He aquí otra aventura lectora, creo que les va a gustar mucho.


La autora

Selva Almada nació en 1973 en Villa Elisa, Entre Ríos, estudió en Paraná primero comunicación para dejarla por el profesorado en Literatura, escribió desde muy joven, participó en talleres de escritura y luego se estableció en Buenos Aires donde concurrió al taller de Alberto Laiseca.
Ha publicado poesías, relatos y las consagradas novelas “El viento que arrasa” traducida a siete idiomas, ganadora de premios internacionales, “Ladrilleros” también con una excelente repercusión en el público y en premios y la novela de no ficción “Chicas Muertas”,
Así mismo “El mono en el remolino. Notas del rodaje de la película de Lucrecia Martel”, basada en Zama, la novela de Antonio Di Benedetto


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