Libertad

Por Redacción

GUILLERMO LÓPEZ CHAMADOIRA (*)

Hace dos siglos, con el grito sagrado “¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!” nacía una nueva y gloriosa nación. La Asamblea del Año XIII estableció su lema con las significativas palabras “en unión y libertad”, enorme legado de convivencia. El análisis comparativo de idiomas brinda la oportunidad de apreciar los conceptos desde puntos de vista diferentes, contribuyendo a develar el sentido de las palabras. Tal como ocurre con el verbo inglés “to be”, que el castellano desdobla en “ser” y “estar”, y aunque haya unidad (no es posible estar sin ser ni viceversa), la diferenciación muestra los significados concurrentes. Algo similar ocurre con la palabra “libertad”, expresada en inglés con “liberty” y “freedom”, que brinda la oportunidad de reflexionar. La etimología indica que tanto “libertad” como “liberty” derivan del vocablo francés “liberté” (raíz normanda), proveniente del latín “liber”, y que, por su parte, “freedom” deriva del vocablo alemán “freiheit” (raíz sajona), proveniente del sánscrito “priyos”. El término “liber” identifica la gente “no esclava” y está asociado a un orden reconocido y respetado que así lo establece y preserva por fuera del sujeto. El “priyos” significa “querido” y refiere al propio sentimiento y voluntad para obtener, mantener y defender “su” libertad. Así, pues, la libertad vista como “liberty” implica la existencia de un sistema normativo, como cuando se dice “la libertad de uno llega hasta donde comienza la de los demás”, configurando privilegios y obligaciones formales, mientras que, vista como “freedom”, asume un significado personal enmarcado por características de íntima convicción, que comprende la defensa de los derechos humanos y la resistencia al sometimiento e incluye el desafío a las restricciones socioculturales, como cuando se alude a “la libertad de expresión”. Allí donde “liberty” es acuerdo consensuado, “freedom” es conflicto latente. Existen múltiples disquisiciones filosóficas que abarcan desde el “libre albedrío” hasta el determinismo que lo niega. También sobre “libertad positiva” (para hacer) y “libertad negativa” (de hacer), del “miedo a la libertad”, la oposición dialéctica “libertad-necesidad” y definiciones políticas que introducen aspectos históricos, económicos, ideológicos, jurídicos y doctrinarios en que la pura libertad convive con interpretaciones. Además, otras cuestiones ingresaron al lenguaje, siendo particularmente insidiosas las nociones de “libertinaje”, “libertario” y “liberalismo”, contradicciones como “laica o libre” y “liberación o dependencia” y expresiones como “libre comercio”, “libertad sexual”, “estilo libre”, “caída libre”, “software libre”, “libre de gluten”, “mercado libre”, “canilla libre” y afines, donde el concepto de libertad queda desdibujado y resulta difícil reconocer su esencia. Nuestras ideas de libertad provienen de la Revolución Francesa, con su lema de “liberté, egalité, fraternité”, y de la declaración de la independencia norteamericana basada en los derechos inalienables de “life, liberty and the pursuit of happyness”. La conciencia derivada de estos precedentes ha sido más propia de un ordenamiento social moderno que de un enfrentamiento a la opresión y forjó una Constitución que nos permitió llegar a ser una nación importante. Sin embargo, las disputas económico-sociales, la prédica del nacionalismo y la revolución en todos sus “sabores” erosionaron el sistema constituido y sirvieron para impulsar el golpismo militar, el fraude, el despotismo, la demagogia y la politiquería, persecuciones “libertadoras”, terrorismo para la “liberación” y cuanta pamplina “liber-algo” se haya esgrimido para degradar las instituciones republicanas al estado lamentable en que hoy se encuentran, con la consecuencia visible de un país arruinado. Los gobernantes, olvidando que son circunstanciales mandatarios de la soberanía del pueblo, buscan someter la sociedad a su conveniencia bajo imperativos de “razón de Estado”. Las ideologías intentan encapsular todo razonamiento en sus propios formatos. El colectivismo pretende reducir las personas a meros integrantes de muchedumbres amorfas, sean audiencias, clientela, gente o pueblos. La elección de representantes ha quedado reducida a una puesta en escena sin análisis de la realidad ni compromisos concretos. La acción directa, política, sindical o piquetera atropella impunemente a los argentinos. El delito sojuzga una población indefensa. Las dependencias gubernamentales se han transformado en un esperpento de burocracia y restricciones. La educación es superficial y domesticadora. Bajo múltiples justificativos se pretende transformar la vida en servidumbre, cualquier acto “militante” de sometimiento de las personas es justificado y no se respeta la libertad individual a la que se difama como egoísta. Esto manifiesta la existencia de una degradación de la “liberty” que merece que le demos un oportuno refuerzo de “freedom”. Resulta imprescindible que los ciudadanos pongamos nuevos límites al poder que hoy nos avasalla con nuevas formas. Pero sepamos que el renacimiento de la libertad en nuestra patria no será sólo por lucha contra un gobierno particularmente opresivo, sino que implica el desplazamiento de una cultura masificadora y el cambio de dogmas, conductas y hábitos muy arraigados. Hace 4.300 años los sumerios legaron a la humanidad el más simple y antiguo texto que se haya escrito sobre la libertad, referido a la manumisión de esclavos, que ha perdurado desde entonces en los caracteres cuneiformes estampados sobre tabletas de arcilla halladas en Lagash y conocidos como ama-gi, cuyo significado literal es “retorno a la madre”, por el principio vital de que los seres humanos nacen libres y que la libertad es y existe para cada persona. El Libertador general San Martín arengaba sus tropas con la frase “seamos libres, lo demás no importa nada”. Está en nosotros volver a dar nuevo brillo a estos gloriosos principios. (*) Ingeniero