Ligia Piro, con la música en el ADN

Esta talentosa cantante, hija de Osvaldo Piro y Susana Rinaldi, amplía cada vez más su horizonte. Dejó de ser exclusivamente cantante de jazz para recorrer otros caminos.

Por Redacción

Eduardo Rouillet

Cada martes, hasta agosto, a las 21, en el porteño Teatro Picadero, Pasaje Discépolo al 1800, la magnífica y expresiva voz de Ligia Piro presenta “Bohemia noche”.

Más que un concierto, un emotivo viaje por lugares donde sólo la música lleva, con la libertad que caracteriza a esta delicada intérprete. Acompañada por Fefe Botti en bajo, los vientos de Ramiro Flores y Facundo Guevara en percusión, con dirección musical y piano de Popi Spatocco, y Fabián Luca en el diseño del concepto escénico, cantará “Angelitos negros”, “Tabaco” , “Construcción”, “Te abracé en la noche”, “Carabelas nada”, por citar algunos temas de su vasto repertorio.

Nacida en 1971, Ligia es hija de Susana Rinaldi y Osvaldo Piro. Estudió en el conservatorio nacional de música López Buchardo. El primer compacto “LP” lo publicó en el 2003 con el que ganó el Konex Solista de Jazz. Anteriormente, y como actriz –formada en la Escuela de Agustín Alezzo– fue nominada para los ACE Revelación por el musical “Gotán” y Mejor Actriz de Reparto por “Vino de ciruela”. Actuó además en los musicales “Nine”, “Parafernalia infernal”, “El romance del Romeo y la Julieta”, entre otros. Su segundo disco “Baby” es del 2006. Dos años después lanzó ”Trece canciones de amor”, junto al guitarrista Ricardo Lew. En 2010 registró “Strange Fruit” con Juan Cruz de Urquiza y orquesta, y su trabajo en vivo “Según pasan los años”, grabado en el Maipo. Su primera placa de música latinoamericana es “Las flores buenas”.

Ligia, en griego, significa la más melodiosa. Así es cuando se planta entera sobre cualquier tablado…

“El proceso de encontrar mi sonido, sigue. Buscando y encontrando nuevos caminos, nuevas aristas. Desde mi primer disco hasta ahora, cada uno es una obra diferente, cada una tiene la particularidad de encerrar un repertorio totalmente distinto. Aunque se trate del mismo género, por momentos. Entre “Baby” y “Trece canciones de amor”, está el jazz, pero es muy diferente uno del otro. Esa búsqueda no va a terminar, tengo la sensación… Siempre se me plantea un nuevo desafío.

–Es que ha ido cambiando tu mirada expresiva. Como si se te fuera corriendo el horizonte, a medida que vas resolviendo inquietudes…

–Sí, aparece una nueva. ¡Tal cuál! Hay una diferencia muy drástica marcada al empezar a cantar en castellano. Yo me dediqué durante muchos años al jazz y a la bossa nova, y dentro del primero me daba licencias. Fui notando que se iba acercando gente que no tenía nada que ver con él. De hecho, nunca me consideré una erudita del jazz, simplemente comencé a cantar en forma solista y lo elegí porque era lo que más me movilizaba. De muy chica… Entonces, cuando pasé a expresarme con la voz, me doy cuenta –primero– que entraba en un ambiente súper jazzístico que me abría un panorama nuevo, desconocido; y, por otro lado, me iba cercando, acotando posibilidades. Y eso empezaba a ocurrir porque quienes se acercaban no eran del ambiente, sino mucho más que eso. Les gustaban otros estilos, la música misma… Después, me di cuenta que necesitaba cantar en mi idioma. Y dentro del repertorio jazzístico, empecé a proponer otros temas que me gustaban. Me lo tomé como licencias, hasta que dejaron de serlo y se convirtieron en necesidad. Comencé con “Barro tal vez” y la zamba del Cuchi Leguizamón y (Manuel) Castilla, “Juan panadero”, que se la había escuchado cantar a mi tía (Inés Rinaldi), toda la vida, en casa. Probé por ese lado con ganas de ampliar un poco el espectro y no quedarme solamente en el lugar donde me habían rotulado: cantante de jazz.

–Por tu edad, los temas que citaste remontan a tu infancia.

–Sí, pero aunque no lo creas, en mi niñez no escuchaba a (Luis Alberto) Spinetta. Sí música latinoamericana porque se hacía en mi casa. Había una afluencia enorme de artistas que iban y venían, poetas, pintores, compositores, músicos. Se ensayaba en casa, estoy hablando de mis cuatro, cinco años. Eran reuniones, o por algún cumpleaños, que duraban hasta altas horas. Por supuesto, los chicos nos íbamos a dormir, pero la música quedaba dando vueltas adentro… Y pasaba folclore, tango, no rock porque mis padres no tenían amigos roqueros. Mi vieja conocía a Elis Regina, entonces tenía sus discos, eran amigas, igual que Chabuca Granda. Esas voces sonaban con mucha asiduidad. Podría parecer que sólo se oía tango, pero en realidad era la forma de laburo. Lo musical pasaba por otro lado. Mucho jazz, también.

“Desde mi primer disco hasta ahora, cada uno tiene la particularidad de encerrar un repertorio totalmente distinto”, cuenta ella.


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