Llegó retando, se va agobiado
Análisis
Carlos Torrengo carlostorrengo@hotmail.com
Llegó retando. No había terminado de abrir sus petates en el Vaticano cuando llamó a uno de sus ayudantes de cámara. Le ordenó que escuchara y escribiera. Así comenzó a germinar el Dominus Iesus, un documento que en términos absolutos reserva a la Iglesia Católica el monopolio de ser la única verdad en materia religiosa. Así puso en marcha su mandato Joseph Ratzinger. Sin dejar “ningún malentendido” sobre su pensamiento, sostiene el historiador americano Daniel Goldhagen. Tres ejes vertebraban el documento. Veamos. • Ratzinger habló “con seguro conocimiento” y desde su “autoridad apostólica ratificaba y confirmaba” que es contrario a la fe considerar a la Iglesia Católica como un camino de salvación igual a los constituidos por otras religiones. • ¿Por qué? Porque “las oraciones y los ritos de las demás religiones” carecen de “origen divino o eficacia salvífica”. • En consecuencia, el documento sentenciaba que “las soluciones que proponen una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo serían contrarias a la fe cristiana y católica”. Así –vía una agresiva simbiosis de ortodoxia y dogmatismo– Joseph Ratzinger intentó reducir a polvo y espanto todo lo diferente a su ideario. No lo logró, claro. Pero no se arredró. Su gobierno es, desde su contenido y lo discursivo, permanente estigmatización de lo diferente. Prejuicio. Desprecio. Un largo rosario de descalificaciones alentadas por el miedo. Miedo al relativismo desde el cual las sociedades comienzan a reflexionar las “verdades consagradas” por el Vaticano a lo largo de siglos. Miedo a la libertad. Miedo al matiz. A la duda. Miedo a que debido a las miserias propias que durante años ha escondido la jerarquía católica siga limándose el poder de ésta. Miedo a que se expanda un fenómeno crecientemente vigente: que el católico se reafirme como tal sin la necesidad de mediaciones de pastores de la Iglesia. Miedo a todo. Un arco de miedo que incluye el divorcio, pasa por el preservativo y sigue y sigue calado de miedo hasta los confines de todo lo que es vida. Ratzinger se marcha. Agobiado por los años, sí. También agobiado por una mudanza de civilización que no puede evitar. Ratzinger ya se hunde en la noche larga de la historia. Pronto será olvido. Un olvido que jamás alcanzó a un italiano pícaro. Bonachón. Buen tomador de tinto. Alguien que supo leer los tiempos que lo habían arrojado al Vaticano. También los tiempos por llegar. Se llamó Juan XXIII.