Lo que Chávez dejó
JAMES NEILSON
Al hablar luego del asesinato de su amigo, Julio César, el Marco Antonio de Shakespeare procuró tranquilizar a los magnicidios asegurándoles que él también estaba convencido de que “el mal que hacen los hombres les sobrevive; el bien suele quedar sepultado con sus huesos” y que, por lo tanto, comprendía los motivos de Bruto y compañía. Con todo, aunque Marco Antonio sólo quería engañar a rivales peligrosos, después de más de cuatro siglos las palabras que le atribuyó el gran dramaturgo y poeta siguen resonando porque expresan una verdad ingrata, una que, por desgracia, millones de venezolanos que están llorando la muerte prematura del comandante Hugo Chávez pronto verán confirmada. Puede que el extinto presidente realmente haya querido que sus compatriotas pobres disfrutaran por fin de una vida más holgada y que haya creído que sería posible alcanzar por decreto la tan ansiada justicia social. Por ser cuestión de un líder político muy astuto, no hay forma de saber si era sincero su compromiso personal con los abandonados a su suerte por las elites tradicionales o si se trataba de una estrategia, de eficiencia probada, destinada a permitirle acumular cada vez más poder. Sea como fuere, si bien Chávez repartió muchísimos beneficios entre los necesitados, no hizo nada para que resultaran ser permanentes. Por el contrario, legó a sus sucesores un desastre económico aún peor que el que fue dejado por los hombres de la vieja clase política que había desplazado del gobierno tres lustros atrás. Los chavistas, como ciertos peronistas de otros tiempos, suponen que la pobreza, tanto en el plano interno como en el mundo, es una consecuencia inevitable de la existencia de ricos. Antes de la Revolución Industrial dicha tesis, según la cual, como decía el francés Pierre-Joseph Proudhon, la propiedad es un robo, pudo defenderse, pero desde entonces tanto ha cambiado que resulta claramente absurda. En la actualidad, la pobreza extrema se debe a la negativa de personas determinadas, grupos sociales o sociedades enteras a aprovechar la experiencia de quienes sí han logrado salir de la miseria ancestral. Por perverso que les parezca a los revolucionarios que, al estilo de Robin Hood, creen que “la solución” consistiría en despojar a los relativamente ricos para dar a los pobres, lo único que logran es perpetuar lo que juran estar resueltos a eliminar. Además de aquellos países que están dominados por elites de mentalidad ferozmente retardataria que se oponen por principio a la modernización de características occidentales, los más pobres son los más “izquierdistas” como Corea del Norte y Cuba. Puesto que Venezuela se asemeja a un inmenso pozo de petróleo, el mayor del planeta sin excluir a Arabia Saudita, no debería correr peligro alguno de depauperarse como Cuba o el campo de concentración que es Corea del Norte. Gracias a la venta de petróleo al satánico Estados Unidos, todos los años ingresa hasta 100.000 millones de dólares, el equivalente de media docena de planes Marshall, pero Chávez se las arregló para poner su país al borde de la ruina. Despilfarró la mayor bonanza petrolera de la historia latinoamericana. Venezuela cuenta con tierra fértil abundante, pero no está en condiciones de alimentarse; importa aproximadamente el 80% de lo que consume, razón por la que la devaluación del bolívar que se prevé tendrá un impacto devastador en el bolsillo raído de los pobres. El déficit fiscal se acerca al 20% del producto bruto, la tasa de inflación compite con la argentina, la corrupción de la llamada “boliburguesía” asombra incluso a los acostumbrados al saqueo institucionalizado –las malas lenguas dicen que la familia del comandante ha amontonado una fortuna de 2.000 millones de verdes–, mientras que en Caracas la violencia urbana es aún más mortífera que en ciudades como Kabul y Bagdad. Una paradoja del esquema bolivariano ha sido su dependencia del apetito petrolero al parecer insaciable del archienemigo norteamericano que, de tomarse en serio las teorías ensayadas no sólo por Chávez y su sucesor designado Nicolás Maduro sino también por nuestra ministra de Seguridad, Nilda Garré, y el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, se vengó con su crueldad habitual inoculando el cáncer al comandante molesto: se trataría de una proeza que, en opinión de oncólogos imperialistas, es imposible, pero en el universo populista tales detalles carecen de importancia. De todos modos, desgraciadamente para los herederos de Chávez, en los años últimos Estados Unidos, el fracking mediante, se ha acercado al autoabastecimiento; pronto se prescindirá del crudo bolivariano. Por un rato, Venezuela podrá contar con las necesidades energéticas de China, pero sucede que, a cambio de la producción futura, los chinos, acreedores exigentes, ya le han prestado 40.000 millones de dólares. De haberlo querido, Chávez pudo haber aprovechado la cantidad fenomenal de dinero fresco que fue proporcionado por el petróleo para dotar a Venezuela de un sistema educativo equiparable con el de Finlandia, mejorar sustancialmente la infraestructura, crear servicios públicos como los alemanes y estimular inversiones productivas pero, como buen populista, prefirió gastarlo en militancia política, una actividad que, si bien sirve para entusiasmar y, con un poco de suerte, para enriquecer a sus practicantes, es esencialmente autista. Acaso sea muy agradable participar de marchas callejeras, corear consignas antiimperialistas, vestirse de rojo, cuando no del uniforme kitsch patriótico que fue adoptado por Chávez y que siguen usando Maduro y otros jefes del movimiento, y jactarse del fervor bolivariano propio, pero la militancia teatral así supuesta no contribuye a atenuar la multitud de problemas que enfrenta la mayoría abrumadora de los venezolanos. Tampoco han ayudado a promover el bienestar de los pobres la persecución chavista de disidentes, la “batalla cultural” contra los medios aún independientes que hace mucho dejaron de ser “hegemónicos” en Venezuela, el empleo inescrupuloso de los recursos públicos para marginar a la oposición, sobre todo durante las campañas electorales, los brotes antisemitas o el apoyo brindado a regímenes dictatoriales que por alguno que otro motivo han ganado la hostilidad de Estados Unidos. A lo sumo han permitido a los partidarios de Chávez creerse protagonistas de una epopeya histórica pero, tal y como están las cosas, a cambio de haberse entregado a una ilusión emocionante, la mayoría se habrá condenado a muchos años más de pobreza humillante.
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