Lo que está por detrás del encarcelamiento de Lula da Silva
El país se encuentra en una precaria situación de gobernabilidad y con una sociedad dividida a meses de los comicios.
El Brasil del 2018 es un país totalmente dividido en dos polos.
Como en un Boca-River, no hay indiferentes. La pasión irracional de los petistas (quienes apoyan en forma incondicional al Partido de los Trabajadores, PT) y, por otro lado, el odio a todo lo que viene del PT provocan la inédita situación de una nación casi ingobernable, sin lógica, donde una parte niega los errores cometidos por Luiz Inácio Lula da Silva en sus 8 años de presidencia y la otra atribuye toda desgracia y la escuela de corrupción al PT.
El primer equipo cree que sólo Lula puede salvar al país, volviendo a la presidencia. El segundo piensa que con Lula en la cárcel se acabaron, milagrosamente, los robos oficiales.
El capítulo más reciente empezó el miércoles, cuando la Suprema Corte negó un pedido de Lula de Hábeas Corpus, para que no fuera encarcelado. Una Corte que, como todo el país, se identifica con los lulistas o con los anti-Lula. Fueron votos políticos –y no técnicos– los que definieron el futuro del expresidente. Peor: también política ha sido la decisión del fiscal Mauricio Gotardo Gerum que, por su cuenta, pidió al mediodía del jueves al juez Sergio Moro –quien coordina los procesos de Lava Jato– que procediera inmediatamente con el encarcelamiento de Lula. “Debemos ponerlo en la cárcel como forma de interrumpir la sensación de omnipotencia del señor Lula”, justificó. Técnicamente, el pedido de encarcelarlo debería ocurrir en la mitad de mayo, según el presidente del Tribunal Federal de la Cuarta Región, juez Carlos Eduardo Thompson Flores.
Si las decisiones son pasionales, también la reacción del pueblo fue mucho más por el corazón que por la razón. Numerosas carreteras fueron cortadas en 13 provincias brasileñas el viernes, por el Movimiento de los Sin Tierra (MST), así como aparecieron tantísimas camisetas de la selección brasileña de fútbol por la calle como si fuera una defensa de la soberanía. El fin de semana anterior, cuando se recordaban 54 años del golpe militar, una ruidosa minoría salió a las calles para conmemorar y pedir la vuelta de los militares. O sea, Brasil perdió la lógica.
El responsable mayor del desastre social es ahora Michel Temer, el oscuro vicepresidente elegido por Dilma Rousseff, que armó el golpe de Estado parlamentario asociándose con la clase política de más bajo nivel ético.
Un gran acuerdo para salvar a todos de la Lava Jato, mientras el poder les garantice impunidad. Temer ha sido grabado pidiendo dinero (cohecho), su principal asesor fue filmado llevando una maleta de dinero por la calle y uno de sus principales ministros fue descubierto con más de 50 millones de reales (unos 300 millones de pesos argentinos) escondidos en una falsa pared de su departamento. Y aun así, Temer se mantiene en la presidencia. ¿Cómo esperar alguna decisión contraria de un parlamento en el que el 60% de los diputados y senadores está bajo algún juicio de corrupción?
Lula es lo que en Brasil se llama “Boi de Piraña” (la vaca que atraviesa el río antes de todos para que los peces carnívoros la ataquen y el cruce quede libre). La conmoción por su encarcelamiento es tanta que ahora mismo se podría hacer cualquier acuerdo para salvar a otros, a partir de su libertad.
El pecado de Lula ha sido sacar a 30 millones de personas de la línea de pobreza, pero no ofrecer infraestructura para recibir con dignidad a la nueva clase media. Faltan médicos en los hospitales, existen colas de niños en busca de escuelas, pero, por primera vez, esos 30 millones que salieron de la pobreza ya no tienen hambre.
Hay mucha tensión el las calles brasileñas. Están los que hacen fiesta por el fin de Lula y los que lloran y esperan su salida.
También hay, por primera vez, voces que dicen que no se harán las elecciones programadas para octubre. El capítulo final del golpe parlamentario de Temer y su gente sería quedarse un par de años más al frente del poder.
Brasil huele a una guerra civil. O una intervención militar.
6
previsiones de lo que pasará en Brasil
1 Lula da Silva encarcelado se podría transformar en un personaje político aún más fuerte, porque su crimen (la sospecha de que podría haber ganado un departamento a cambio de favores a la constructora OAS) es mucho menos grave que los delitos del actual Presidente (Michel Temer), de muchos de sus ministros y de tantos senadores y diputados. Pero todos ellos son protegidos por la impunidad parlamentaria. Si su imagen, al estilo Nelson Mandela, crece en la cárcel se hará un acuerdo político-jurídico para dejarlo libre pero sin poder presentarse a la elección presidencial de octubre.
2 La sociedad civil presiona para encarcelar a todos los corruptos, aún los que tienen protección parlamentaria. Las elecciones de octubre se transforman en un juego sin políticos tradicionales. Entre los que ya manifiestan su deseo de competir se encuentran el exministro de la Economía, Henrique Meirelles, y el ex-presidente del STF, Joaquim Barbosa.
3 La izquierda, por primera vez desde la redemocratización de 1989, trabaja la idea de competir unida para las elecciones de octubre. Al menos cuatro partidos –PT, PC do B, Psol y PDT– están en avanzadas negociaciones con este objetivo.
4 La extrema derecha, que apoya la vuelta de los militares y tiene un candidato propio, el exmilitar Jair Bolsonaro, pierde fuerza, aunque las encuestas de marzo lo apuntan con un 17% de preferencias. El hecho de ser la antítesis de Lula y del PT sirve para que se identifique a Bolsonaro el principal enemigo público de la izquierda.
5 Los candidatos de centro, como el exgobernador de San Pablo Geraldo Alckmin, a pesar de su aceptación en el centro del país, no crecen por estar identificados como anti-PT. Su partido, el PSDB de Fernando Henrique Cardoso, ha sido la principal oposición de PT en los últimos 15 años.
6 El Presidente Temer llegará al final de su gobierno como el presidente de menor apoyo popular en la historia de Brasil. Hoy día el 72% de los brasileños considera su gestión mala o pésima.
El club
de los 11 intocables
Hay un chiste en Brasil que dice que es más fácil para un brasileño conocer los nombres de los 11 jueces de la Suprema Corte que a los 11 titulares de la selección brasileña de fútbol. De repente, los integrantes del Superior Tribunal Federal (STF) se transformaron en personajes públicos, para bien y para mal. Se aplaude a unos en restaurantes así como se regaña a otros dentro un avión.
Los miembros del STF son, en teoría, los ejemplos máximos de imparcialidad y justicia. Pero como cada uno recibe una indicación del presidente de la República –con aceptación de la mayoría del Senado– su neutralidad está en jaque. El sueldo de cada uno de ellos, por ejemplo, debería ser el techo máximo del país: 33.763 reales (cerca de 200.000 pesos mensuales). Pero ninguno recibe menos que el doble, por jugadas jurídicas de ayuda para casa, estudios e hijos.
Aun la misión de ser la alta corte, el STF se transformó en un órgano político. Están también allí los lulistas y los anti-petistas. Así que el voto, en general, es bastante previsible. Y las evaluaciones no suelen ser técnicas, sino políticas. Tan políticas que el expresidente del STF, Joaquim Barbosa, jubilado con su estilo duro y determinado acaba de entrar en un partido (PSB) y saldrá candidato a la presidencia de la república.
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