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“Lo que no consiguió la política, lo logró la peste”

El filósofo Santiago Kovadloff mira con ojo crítico la reacción de Europa occidental ante la pandemia y previene de aquello a lo que la propia soberbia nos expone.





Las guerras, las hambrunas y las pestes han marcado a la humanidad hasta en los genes. Cada una de ellas cambió el mundo conocido por venir. Hoy, año 2020, cuando se creía que incluso el pronosticado “fin de la historia” había devenido en un concepto vetusto y amarillento, uno de aquellos tres fantasmas ancestrales se corporizó bajo la forma del microscópico coronavirus.

En tiempos de inteligencia artificial, realidad aumentada, proyectados viajes tripulados a Marte en menos de una década y bioingeniería para devolver la visión a una persona con ceguera congénita, esta epidemia global evoca en nosotros al andrajoso espectro dieciochesco o al más millennial Freddy Krueger de las pesadillas infantiles y los cuentos de terror.

La información, en cantidades imposibles de procesar individualmente, y por todos los canales que la tecnología habilita, no hace más que confundir o asustar si no paramos por un minuto la intensidad de nuestros temores y ansiedades. Pero ese acto de templanza no es nada fácil.

Entonces conviene volver al principio, cuando los filósofos eran los dueños de la suma del conocimiento en la Tierra y su labor consistía en luchar todo el tiempo para conjugar los avances de las ciencias con los avatares de la existencia cotidiana.
Escritor, ensayista y ante todo librepensador, Santiago Kovadloff nos da su parecer acerca de lo que estamos viviendo.

En Roma, la despreocupada actitud de unos y la incipiente alarma de otros era, hace unos días, apenas un atisbo del flagelo que caería sobre el pueblo italiano.


La previsibilidad fallida

P- Convengamos que es una situación de excepción y en este pandemónium –que no lo es solo para los argentinos, sino para todo el mundo– queremos tener la perspectiva de un pensamiento más global que salir corriendo detrás de la última noticia.
R- En primer lugar, que en una cultura que ha hecho de la previsibilidad uno de los rasgos distintivos de su concepto de la salud, irrumpe de pronto una peste que prueba hasta qué punto no se ha sabido proceder con ese criterio cauto que aconseja tradicionalmente adelantarse a los hechos. La conducta seguida por Europa occidental demuestra hasta qué punto se ha tendido a subestimar su magnitud, creyendo de algún modo que la capacidad de la idoneidad de la civilización occidental se sobrepusiera a la adversidad de las circunstancias; había de seguir manteniéndose, y no ha sido así. Lo cierto es que las grandes naciones de Europa que representan a la civilización occidental están expuestas hoy a un grado de indefensión que recuerda el de las antiguas pestes que asolaron Europa en la Edad Media.

En lo que se refiere a nuestro país se está procediendo con una sensatez relativa bastante mayor que la de los países europeos que subestimaron la magnitud de este mal”.

Santiago Kovadloff

En segundo lugar, se advierte hasta qué punto el prójimo –que habitualmente es una figura de difícil asimilación en una civilización que está fuertemente volcada hacia la competencia, hacia el conflicto con el prójimo y hacia la subestimación de la diferencia– gana de pronto un nuevo atributo conflictivo que lo vuelve sospechoso. El prójimo pasa a ser un organismo sospechoso. La proximidad con él reviste entonces un carácter angustiante, conflictivo que obliga a acentuar la distancia allí donde la combatíamos a través de una educación que, formalmente al menos, aspira a la solidaridad pero que hoy hace que la paradoja radique en que la solidaridad consista en estar más separados, más alejados unos de otros, más recluidos cada cual en lo suyo, en su espacio, y nuevamente la distancia con el prójimo vuelve a aflorar esta vez bajo la forma de un riesgo que está vinculado a la transmisión de un virus que al ser invisible a simple vista convierte a su portador –virtual o real– en un verdadero peligro para cada uno de nosotros, y así nos convierte a todos en recíprocamente peligrosos.


En tercer lugar me parece que también lo que está sucediendo evidencia de un modo muy claro que en lo que se refiere a nuestro país se está procediendo con una sensatez relativa bastante mayor que aquella que distinguió a los países europeos que subestimaron la magnitud de este mal. Hay aquí en este momento una conciencia bastante extendida de que somos vulnerables y de que de no cuidarnos debidamente podíamos vernos devastados como sociedad como España e Italia y aun Alemania y otros países de Europa, como Francia. Entonces creo que se está procediendo del mejor modo posible en el marco de una sociedad que paradójicamente subsana su grieta política mediante esta paradójica decisión de convergencia en la defensa de un ideal sanitario.

P- En un país que parece que viviera partido en dos todo el tiempo por la grieta, ¿no es irónico que esta crisis plantea que cuidar… en realidad es “cuidar-nos”? De lo contrario, dejaría ver una nueva grieta…
R- Por eso le digo, lo que no hemos logrado mediante el poder de persuasión de la palabra política lo logramos mediante la fuerza de persuasión de una peste.

P- Las pestes, a lo largo de la historia les han enseñado cosas a la fuerza, a la humanidad. De hecho, muchos de los grandes avances, sobre todo en materia sanitaria, se han debido a pestes.
R- Sí, no hay duda alguna que la superación de estas situaciones verdaderamente trágicas en las que la irrupción de la enfermedad y la muerte se manifiesta de forma desenfrenada son fuertemente aleccionadoras pero no debemos creer que por el hecho de poder superar aquellos males que hoy nos acosan o nos destruyen y hasta nos desorientan; no por poder superarlos a través de alguna solución científica, deja de ser evidente que la nuestra es una especie expuesta permanentemente por su fragilidad constitucional a males de toda índole y no solo a males políticos y conflictos ideológicos. Somos vulnerables y es conveniente no olvidarlo y que nuestra cultura sea capaz de incorporar esta idea de vulnerabilidad a la aparente suficiencia de todos sus logros.

La nuestra es una especie expuesta, por su fragilidad, a males de toda índole y no solo a males políticos y conflictos ideológicos. Somos vulnerables y es conveniente no olvidarlo”.

P- Lo que está sucediendo nos recuerda que todos somos vulnerables, que es como recordarnos que todos somos iguales, ¿no?
R- Es cierto. Esta paradójica semejanza que nos convierte justamente en prójimos debería trasladarse también a otros órdenes, pero no creo que eso suceda. No lo creo con demasiado optimismo. Sabremos ser solidarios en situaciones extremas, como en una guerra o una peste, pero después, cuando la circunstancias se normalizan, otra vez la suficiencia de los propios criterios que hacen que los criterios ajenos no sean tan valiosos como los nuestros vuelve a preponderar y a enfrentarnos. De todas maneras, tenemos también que tener confianza en que la política; si no puede nunca terminar de reconciliarse con la ética, debe intentarlo siempre. La relación entre ética y eficacia debe ser buscada aun cuando sea sumamente difícil conciliarla.

En Europa se ha tendido a subestimar su magnitud, creyendo que la capacidad de la idoneidad de la civilización occidental se sobrepondría a la adversidad”.

P- En circunstancias como estas, ¿qué esperan los pueblos de sus gobernantes?
R- Protección fundamentalmente, eficiencia en las medidas que se tomen para generar el descenso de la proliferación de estos males. Un gobierno eficiente en estas circunstancias lo es en la medida en que se tenga un diagnóstico certero sobre la magnitud del mal que lo afecta. En las medidas extremas que se están tomando en Francia, por ejemplo, o en España, se justifican plenamente por la magnitud que ha tomado el problema. Y entre nosotros tenemos que estar muy atentos, de todas formas, para saber si lo que el gobierno propone se ajusta a una realidad bien diagnosticada.

El presidente de la nación recomienda permanecer en el hogar, no moverse, no viajar; y la vicepresidenta de la república se va… ¡y se toma un avión!”.

P– ¿Es decir reconsiderarlo desde el ángulo individual? Pero también hay un riesgo, ¿no? De no hacer lo que nos dicen que hagamos porque juzgamos que no se aplica en nuestro caso.
R- Sí, es cierto. La soberbia personal puede hacer que se subestime la magnitud del problema.

P- Esta tensión parece seguir existiendo, pese a todo, entre el individualismo y el ánimo de ser solidarios, ¿no?
R- El poder de negación de la magnitud de una tragedia como es esta siempre es muy alto, y sobre todo lo referente a uno, que a veces tiende a creer que se está a salvo de aquello a lo que los demás están expuestos.

P- Los ciudadanos, ¿qué esperan de la sociedad en estas circunstancias?
R- Me parece que hay que ver caso por caso. En la Argentina, la impresión que se tiene es que han pasado a un segundo plano todos aquellos motivos de disensión, de distanciamiento ideológico en función de la necesidad de atender a todo lo que está ocurriendo. Sin embargo, hay conductas que son –creo yo– socialmente desconcertantes, por ejemplo, el presidente de la nación recomienda permanecer en el hogar, en las casas, no moverse, no viajar; y la vicepresidenta de la república se va… ¡y se toma un avión! Está bien, es la vicepresidenta, pero su conducta no ha sido precisamente ejemplar.

Pensador riguroso y lírico a la vez


Genuino librepensador, Santiago Kovadloff encabeza asiduamente con su firma columnas de reflexión y análisis en medios nacionales. Prefiere presentarse sencillamente como escritor, para más de dos géneros tan opuestos como el ensayo y la poesía; aunque en su alma máter, la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA), se licenció en Filosofía. Tiene 77 años.


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